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domingo, enero 29, 2023

Sepultar tu nombre, dura novela de la violencia

En la primera entrega de esta novela, Daniel Ángel persigue el origen de nuestra violencia cuyas raíces se entierran en el olvido de un país, como se sepultan también los nombres de sus muertos.

Alberto Rivera

Tras la muerte de Gaitán, Erasmo Soler decide dejar sus estudios en la capital y volver con sus padres al oriente del Tolima. Junto a los campesinos liberales, Soler se convierte en el teniente Sombralarga, nombre que arrastra por los años que dura la guerra de Villarrica y Sumapaz. Cuando la violencia le arrebata a su esposa Azucena y a su hijo Carlos León, Sombralarga se renombra como el poeta León Villa Paz, quien al inicio de esta historia recibe una carta que cambia todo lo que cree que sabe sobre sí mismo. Esta es la historia de aquellos a quienes la guerra los obligó a tener muchos nombres.

Erasmo Soler se convierte en el teniente Sombralarga y luego pasa a ser el poeta León Villa Paz. ¿Cómo pasa todo esto?
Es una metamorfosis, la metamorfosis de la guerra, ya que en esta no solo cambian los seres humanos, la forma como ven el mundo, el orden de los valores, sino el mismo valor de la vida. También es una tranformación de los nombres, porque a pesar de que se cambie la forma cómo nos llaman y el mismo individuo deba ser otro, en el fondo permanece algo que nunca se borra: ¿la identidad?, ¿la bondad?, ¿el amor por el otro? En este caso se trata de un mismo personaje que debe huir de sí mismo para sobrevivir. Primero es Erasmo Soler, un campesino que emigra a la ciudad para estudiar en la Universidad Nacional, allí lo atrapa el Bogotazo, por lo que decide regresar a su tierra, al oriente del Tolima para conocer y cuidar a sus padres. Sin embargo, allí lo que encuentra es el paso nefasto de la guerra que se aposta con rudeza. Las fuerzas gobiernistas de Laureano, primero y de Rojas Pinilla, después, los persiguen. Los liberales limpios, aquellos que no aceptaron las ideas de los comunistas; y los chulavitas empiezan a cercar y a matar a los campesinos, y tras ellos a su tierra, que se fue convirtiendo durante la década de la Violencia en un camposanto de tierra seca por las quemazones. De este modo, el jovencito amante de la poesía que regresa a Villarrica no encuentra otra salida que unirse a los demás campesinos para defender, no ya su tierra, la cual fue arrebatada, sino sus vidas. Pero como quien vive es otro que quien pelea, debe cambiar su nombre y llamarse teniente Sombralarga. Este alias es como una máscara que desfigura lo que alguna vez él fue, y sus manos que en años anteriores escribieron poesía, en adelante se convirtieron en soportes de las armas que activó, en la herramienta de la muerte. Hasta que arribó a él el desenlace de toda guerra: muerte, destrucción, abandono de los otros y de sí mismo, pierde a su joven esposa y a su pequeño hijo durante la última gran confrontación de esta guerra a mediados de 1955. Los busca sin hallarlos, hasta que al fin decide de nuevo huir de la guerra y también de sus antiguos nombres, para llamarse León Villa Paz, un hombre, un anciano que lo único que desea es olvidar, pero la palabra ni la poesía se lo permiten.

Literatura y guerra, a lo que estamos acostumbrados en el país. ¿Qué nos descubre en sus páginas?
A la bondad de los seres humanos y a la conmiseración de quienes deben padecer las atrocidades de la guerra. Mis personajes no son buenos o malos, son buenos y malos a la vez, es el medio, el contexto, las situaciones las que los arrojan a cometer barbarie o actos heroicos. Sin embargo, para mí es importante que la literatura conserve, por un lado su tono poético y yo como lector de poesía lo intento, y por otro lado la ternura que nos cobija como especie. Por más ruindad que se erija alrededor, mis personajes siempre tienen dos cosas: amor y odio por el otro, y motivos para seguir adelante, y cuando estos últimos se acaban, aparecen los otros personajes para decirles que no todo está perdido, que siempre habrá otra oportunidad. Entonces, la literatura, mi literatura persigue incansablemente la poética de lo humano, la belleza que nos arroba en los momentos más difíciles, la luz que nos permite continuar en medio de las penumbras. Por ejemplo, en este libro el personaje principal pierde a su primera esposa y a su hijo, y sin embargo continúa. Y luego, ese niño que se pierde tras un bombardeo infernal al que son sometidos los campesinos del oriente del Tolima en 1955, encuentra amigos que le ayudan a edificar un futuro, sea bueno o malo, pero un futuro.

Una novela en la que resuena el absurdo de la violencia, pero también la belleza de crear, amar y de estar vivos…
Exactamente. Hay que ver que el personaje del libro es un sobreviviente, es un joven que todo lo perdió: a su familia, a sus amigos, su tierra, su esposa, su hijo, y a pesar de todo ello, continúa, no declina, y decide con mayor vehemencia escribir poesía. Allí está la esperanza, en lo que pervive, en comprender que a pesar de la inclemencia propia de la existencia y peor aún de la guerra, siempre habrá motivos para crear, porque la belleza está a la espera del ser. Por otro lado, aunque el libro es “fuerte”, esa ha sido la expresión que más han usado los lectores que me han dado sus apreciaciones, también me han dicho que es bella, que el tono poético es alto, y que a pesar de las escenas desoladas, de parajes funestos, ya que hasta la misma naturaleza y las condiciones geográficas son violentas, el libro mantiene una profunda belleza que deviene del lenguaje con el que fue escrita. Entonces hay dos tipos de belleza en el libro: por un lado, la belleza de la existencia, la de sabernos fuertes, valientes, capaces de reconstruir vidas a pesar de la miseria que nos circunda. Y, por otro, la belleza del lenguaje, de las descripciones de los escenarios, de las voces de los personajes que siguen cantándole a la vida a pesar de la tragedia.

¿Por qué decide escribir la novela, qué le llamó la atención?
Siempre me ha parecido interesante el fenómeno derivado del Bogotazo: el inicio de una oleada de violencia sin precedentes en el país. Tenemos las más de 15 guerras civiles que se dieron durante la segunda mitad del siglo XIX y que finalizó con la guerra de los mil días y ya durante el siglo XX unas cuantas más. Pero no habíamos visto un incremento de la violencia, en este caso política e ideológica, tan brutal como la que nació luego del asesinato de Gaitán. Mucho se ha hablado de lo ocurrido en Bogotá y hasta en Cali, cuando aparece en primera plana Gustavo Rojas Pinilla, pero no se había hablado tanto de lo que pasó en el oriente del Tolima y en el Sumapaz. Entonces decidí investigar para encontrar figuras como las de Juan de la Cruz Varela, un líder campesino que movilizó masas, la del monstruo Laureano Gómez y la del propio Rojas Pinilla. Este país es experto en laverle la cara y la historia a los personajes siniestros. Lo intentaron hacer con Laureano, pero no pudieron, ya fue muy evidente su nivel de ensañamiento en contra de los liberales, la mayoría de ellos campesinos en estado de indefensión; incluso su hijo Álvaro Gómez Hurtado goza de buena reputación, sin tener en cuenta que desde su atril en el congreso fue el responsable de matanzas y criminalización. Y hay un fenómeno político al que más le han lavado el rostro y es a Rojas Pinilla, un genocida que sin contemplaciones firmó acuerdos de paz que incumplió, que persiguió a los liberales, los cazó y los asesinó de las formas más aberrantes. Siempre he considerado que a la literatura no le corresponde contar la historia de su pueblo, sino la de mantener la memoria de su pueblo. En estos dos fenómenos hay una profunda diferencia. Cercas, el escritor español, dice que mientras la Historia es colectiva, la memoria es individual, y claro, la Historia es un relato modificado por quienes vencieron para mantener determinados valores o creencias dentro de sus sociedades, a diferencia de la memoria, que es tan frágil, porque le pertenece al hombre y a la mujer de a pie. Entonces, la literatura usa esta última para que todas las vidas sean valiosas y la Historia sea una construcción edificada por todos, y no solo por unos cuantos.

¿La segunda parte nos va a sorprender tanto como esta primera novela?
Estoy seguro que incluso más, porque en esta segunda parte se empiezan a anudar las hebras con las que tejí la historia. También, esta segunda parte titulada Los asesinos del monte, puede llegar a ser más cercana a los lectores de hoy, porque hay un extenso relato que transcurre en el 2018, con la búsqueda del niño perdido en 1955. Además, es más poética, hay una exploración más abarcadora del espíritu humano. Hay más reflexión sobre nuestro pasado, pero como una forma de explicar nuestro presente.

¿Quién es Daniel Angel?
Daniel Ángel es un lector, es un ser arrojado a la palabra, a las palabras de los otros. Es un ser que le pertenece a sus amigos, a sus estudiantes, a su esposa y a su familia. Trabaja como profesor de literatura y de creación literaria. Ama su trabajo y cada día busca nuevas formas de acercar a las personas a la literatura, de ayudarlas a emanciparse. Y, ante todo, Daniel Ángel es un escritor que se levanta a las cuatro de la mañana a escribir, a sumergirse de nuevo en esas aguas insondables que son sus historias y las historias de sus personajes que trasiegan por la desgracia. Sufre mucho al ver padecer a sus personajes, pero está convencido de que la labor del narrador es, justamente, la de hacer enfrentar a sus personajes al infortunio para que reaccionen y tomen decisiones. De ese modo, él, Daniel, también encuentra fortaleza para seguir adelante.

El autor
Nació el 2 de agosto de 1985 en Bogotá. Además de poeta y narrador, es docente de literatura y artista formador de Idartes para el área de creación literaria.
Es autor de las novelas Montes de María (2013, ganadora de la convocatoria de novela del Festival Internacional del libro de Saltillo, Coahuila, México), País de colores (2015), Rifles bajo la lluvia (2017). En esa noche tibia de la muerte primavera (que ganó el II Concurso Nacional de Novela UIS 2017, reeditado por Seix Barral con el título de Silva), y Sepultar tu nombre (2022) Seix Barral, y antologador del libro de cuentos La muerte tiene tos (2022).
Ángel ha publicado artículos en las revistas Casa Tomada (Nueva York), y El Malpensante, en el diario El País, en El Espectador y en el mensuario Desde abajo.
Sus poemas salen en el libro Poetas que hay que morir antes de leer (México, 2014) y aparece en la antología nacional de crónicas sobre el conflicto armado Nosotros no iniciamos el fuego (2017).

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