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lunes, febrero 6, 2023

Punto y la línea sobre el cine

James Llanos Gómez

¨Nada es complejo, nada es difícil, nada es pequeño ni feo, todo tiene su perfecta proporción”

Encima de un plano en blanco existe toda la literatura a través del silencio, de la tela o la página. Puesta en escena que exige a la razón pura un diálogo entre el espíritu y la materia, un pensamiento que no cabe fácilmente en la cabeza de quien lo enfrenta, ni mucho menos de quien lo ve. El plano es una abreviatura del todo, es un área que provoca al pensador. Es una molécula gigante que lleva a los ojos del creador a recorrerlo en tan solo un golpe de vista. Es una zona que no tiene revés ni derecho, ni un arriba, ni un abajo.

     El plano es un espacio abstracto sin límite ni medida. Es un territorio creado por el marco; los límites en grados son una coacción de la cámara fotográfica, cinematográfica y del ojo; pocas veces del oído y del mismo cuerpo, empero, a veces, el oído por donde uno escucha mejor (el que se coloca en dirección del sonido que describe la magnitud del todo, entra en ondas por el ojo). Esfera con propiedades e inteligencia que avizora el peligro, atisba la belleza, la fealdad y encuentra los susurros de la imagen, que de manera oblicua ve. Ojo vigilante, sentido visual, sonido, luz y silencio, proporción y medida: líneas, sucesión de puntos que crean un ritmo y configuran las formas, espacios y localizaciones; sosteniendo la arquitectura de la composición para  quienes conocen este lenguaje por imágenes (actores, actrices, los stakeholders acompañados de objetos y entornos), una trillo-nada sucesiva de puntos que conforman fotogramas, cuentan historias y anécdotas que pueden ser de (un) 1 minuto, 180 minutos o hasta de 16 horas, deslizándose en un espacio medido por el tiempo (pietaje),  definido a la vez por un espacio pequeño, grande o diminuto, que  se desborda como una sombra, una ilusión, donde confluyen lo visible y lo invisible en el pensamiento del ser, vislumbrado con tal rapidez, que sólo es posible “entenderlo” en  la  profundidad  y densidad del inconsciente.

     Como en Blow-Up, una película italo-británica de 1966, dirigida por Michelangelo Antonioni,  con la actuación principal de David Hemmings. La historia toma como base el relato de Julio Cortázar, ¨Las babas del diablo¨, aparecido en el libro Las armas secretas, a su vez inspirado por un relato del fotógrafo Sergio Larraín. Descriptiva, perfecta, que se queda y luego se precipita sin permiso para poderse ver, desde instantes donde sobresale entre un millón de chispitas neuronales. Leonardo da Vinci afirmó: ¨…El ojo, por la experiencia de su oficio, ha sido, hasta mi propio tiempo, definido por infinitos autores de un modo: pero encuentro, por experiencia, que es otra cosa¨. (Naranjo Mesa, 2009)

     Y posteriormente Kandinsky también sostuvo que mientras el punto solo es tensión, la línea es tensión y dirección. Las rectas se caracterizan por una cualidad expresiva de rigor formal.

     Al volver sobre estas dos citas, escritas por dos expertos y separadas en las antípodas del tiempo, se complementan de manera decisiva. El primero es el detalle y el segundo la síntesis, pero resaltando lo mismo: la importancia del cómo mirar y de lo que se mira, elementos protagónicos que nos ayudan a entender el tema en cuestión.

     

La película

En la realización de una película se entrelazan múltiples elementos: La producción, la comunicación, la destreza; además de las acciones, composiciones y signos que cohabitan en un mismo espacio, no sin esfuerzo: dibujos en parajes y estrías sobre un terso suave, realizados y construidos para cada uno de los que participan en él. Todo movimiento es una composición gráfica, continua y efímera. De la misma manera conviven múltiples dramaturgias: el guion, que no es el único discurso. La música, que es un verdadero discurso. La dramaturgia actoral, que indaga sobre esa relación orgánica, emocional del cuerpo con la imagen, con la palabra, con el objeto y con la vida misma, capturando esas relaciones que ubican al actor o actriz de una manera determinada en la escena. “No olvides que el objetivo final es llegar a poseer el secreto escénico, secreto que consiste en crear otra belleza”, postulado este del gran Gordon Craig; ya nadie después de él dejó de pensar en la tridimensionalidad, aportando el concepto de luz y corporeidad escénica; vasos comunicante de la dramaturgia visual, donde el director de fotografía, propicia el equilibrio y densidad de la imagen, la profundidad y la apertura de la luz, pero ante todo descifra la ecuación en el que se concentran las masas determinantes en puntos, líneas entrecruzadas y trianguladas para consolidar una obra de arte que se compone cada segundo.

     Lo anterior lo recuerdo cuando me pasmé al ver con ojo hábil a Betty Blue, la película francesa dirigida por Jean-Jacques Beineix que fue estrenada en 1986 con el título “37°2 Le Matin”, al igual que la novela.

     El arte cinematográfico, el teatro y las artes visuales se condensan en el universo de un solo punto:

     “ese punto es de tanta maravilla (…). Qué profunda necesidad, todas las excepcionales características que participan en el todo, de las causas, son un milagro. La vista en retoñar y recobrar en su extensión; escribe cuanto hay en tu diámetro en las imágenes del ojo y cuanto se separan en el cristalino”. (Naranjo Mesa, 2009)

    Volviendo al genio de Vinci en el siglo XV, este hablaba de 10 propiedades que el ojo y sus características anatómicas tenían, me parece que son definitivas para la conceptualización y consolidación de lenguajes que definen la estética de quien emite y recepta: lo que es bello, espectacular, feo, profundo, visual, trascendental y filosófico, violento o sencillamente tierno o excelso, estas son:

     ¨…las tinieblas, la luz, la corporeidad y los colores, la figura y la situación, la distancia y la propincuidad, el movimiento y la quietud. De estos oficios del ojo mi pequeña obra será un tejido, que recordará al pintor con qué reglas y de qué modos debe imitar con arte todas estas cosas, qué son obra de natura y qué son ornamento del mundo¨.

   

  Lo anterior tiene mucho que ver con lo que es cultura sintética y sistemáticamente, la observación como afecto. ¿Y la cultura? La cultura es un estadio del ser humano que permite entender el mundo desde distintas orillas: el saber, la espiritualidad, el arte, el oficio, el horror, la reflexión y fundamentalmente, la sensibilidad, entre otros, a través del cuerpo. Todo pasa por el cuerpo. Esta característica se construye y se nutre desde la visualidad del mundo extenso y sencillo. La serenidad del corazón, sentir-pensar, relación que abre los canales del ser en el entorno y su relación con él, incluyendo animales y plantas, desde la conexión e intuición sin subterfugios.

     El tema que nos ocupa, está muy rumiado y desmenuzado por hombres y mujeres que nadan en aguas profundas y dan fe, que esta categoría (cultura) encierra muchas aristas. Ser culto no es aquel que esté desbordado de conceptos, filosofías, métodos de investigar o que tenga una biblioteca de 3000 libros. No, ser culto es una condición corporal, un estado espiritual, una mirada compasiva de admiración y afecto por todas las cosas, formas, colores, acciones o performance y arquitecturas sociales que han desarrollado un mundo de complejidades y a la vez de simplicidades, esto es lo que llamamos diversidad y amplitud del pensamiento en el mundo de las ideas.

     Lo anterior incide en los instrumentos plásticos para proponer lenguajes de plano en el plano, para llevar todo al inmenso mundo de las imágenes (fondo-figura, plan moyen – plano medio, gros plan – primer plano, términos que, aplicados a una composiciones, sirven para representar una acción), que limitan con el razonamiento o que simplemente roba una exclamación de admiración y asombro (lo emotivo), esto es la magia del séptimo arte desde lo básico hasta lo complejo: el punto y la línea sobre el cine son los protagonistas. 

     Tres cosas han pensado genios y estudiosos de la imagen, que son preponderantes en el mundo del arte y, con perfecta insistencia, en el universo asombroso del cine. El punto, la línea y, ahora, la perspectiva como ley artificiosa enseñada por los expertos en aritmética para entender el mundo de las imágenes dentro de los espacios. Estas son tres, apoyadas en el punto y la línea, en las que me detendré por un instante:

La linealidad del espacio

La perspectiva lineal es solamente del ojo, un factor que le corresponde al órgano rector, definir las cosas que observa y que no ve; lo digo así, porque hay mirones y miradores, cosa que se cree es lo mismo, pero no: el mirón es primario y ordinario y el mirador, por el contrario, concluye, compone, acomoda, busca y encuentra; en este orden de ideas, en la segunda se concentra el afecto.

     La visión de las personas comunes y corrientes (los mirones) son más lo que escuchan que lo que ven, otros ven y escuchan y, otros, los que pertenecen a la cinefilia, ese acrónimo del vocablo cine y filia, una de las cuatro añejas palabras griegas para relatarle al amor, definen el asunto y, con mayor razón, los cineastas que son miradores: escuchan y analizan de manera unida y complementaria para lograr conclusiones del contenido, para corregir o aprobar un momento construido en 24 x segundo y luego magnificarlo; esto se debe a la perspectiva lineal, que es especialista en la disminución de los cuerpos distribuidos, instalados o asociados que permiten darle conceptos a la imagen en movimiento, que se está viendo con profunda seriedad, es la que define el ojo, este sentido que da proporción y equilibrio: el ojo es como los otros sentidos, pero asimismo se diferencia, por su jerarquía frente a los mismos. 

La atmósfera en la mirada

Con una seria convicción, destreza, pero más con respeto, sentado como espectador frente al arte bidimensional, veo con precisión las gamas, los efectos y colores en el cine, muchas veces en la plástica y la claridad en la dramaturgia, asimismo el color que escucho de algunas voces silvestres o las del cuero del tambor.

     En la pantalla, el color me extasía y me detiene, me descompone y también me conmueve; el punto y la línea como un principio de cómo ver siempre me emociona, despierta en raíces tangibles la contundencia de mis secretos (no sé si también el de los espectadores), de esa telilla que contiene cosas, formas y relatos con profundidad, que dice y desdice de las acciones, tienden lazos visuales en ángulos, aprestando el ojo para ver las composiciones; actos que golpean y hasta generan dolor, precisan una idea, un concepto o rasgan el ojo del director. La perspectiva lineal superada por la perspectiva atmosférica de una acción pictórica, teatral o cinematográfica, es mágica, una ficción lograda dentro del espacio-tiempo. Al entrar el actor en el espacio, la lectura del ojo del espectador no es más que una mentira bien contada, un instante conceptual de una profundidad cobijada de la romántica palabra, de la filología cromática que se queda intensamente o no, en los ojos del público.

     La belleza que genera el color en el cine, en la plástica o la dramaturgia, es casi la misma lindeza que la gama tonal gradualmente sensible y bucólica, que detiene el pensamiento en un niño, un joven o un adulto con o sin experiencia para ver arte.

     El Guernica ha generado y llevado a la crítica a concebirlo como una obra maestra con la fuerza del blanco y negro de Picasso, como sinónimos de muerte y desastre.

     Una considerable cantidad de obras del maestro malagueño las realizó a blanco y negro, un excelente dibujante; el color se caía de sus cuadros, para él el color no era necesario. Con lo anterior, parece decir el artista que todo contado en la atmósfera del color, en gamas del claro-oscuro dentro de un espacio, revestido de preciosidad, no solo es potente, sino que evoca el pasado y despierta el respeto por la luz y la sombra, una estela atravesada de billones de fotones, puntos y líneas, destellos y rayos que iluminan, que despiertan el deseo de conocer del espectador.    

La perspectiva de la desaparición

Si antes ha habido, ha sucedido la aparición, es posible hablar ahora de desaparición: la ley de todo acto hecho por el ser. La desaparición es el episodio que crea asombro, inquietud y miedo, una narrativa en el cine, el desviamiento de un suceso dentro de la linealidad del tiempo, del relato o la historia… aquí la forma, el color, el punto como referente y la línea delimitante se vuelve abstracta.

     La perspectiva alcanza el juicio del ojo en el momento donde comienza el trayecto entre una masa y la otra o el desplazamiento de un punto a otro hasta disminuir de tamaño, todo se pierde en el horizonte, como los pájaros de Vincent Van Gogh en su último cuadro. Los ojos no han de ver el cuadro del pintor holandés, si antes no escucha el disparo, es ahí donde desaparece el cuadro y surge el sonido… como el actor o la actriz cuando, sin aparecer, ya el espectador sabe que está y no se observa, la imagen de la no imagen. Uno se vuelve el juez, tanto de las cosas que están lejos, como de aquellas que están cerca, o cuando todo aquello se ve desaparecer, al punto que no sabemos cuándo se termina la película; todo desaparece, pero en el recuerdo, de manera inmediata, surgen las imágenes, los episodios, los momentos que conmueven y desgarran el corazón del espectador, por los efectos mismo de la narrativa.

     Los colores, la luz para el cine y el teatro no son solo los colores del pintor, los colores que se ven, son las atmósferas que generan las partículas de polvo o las gotas de agua que vuelve los colores lejanos en azules lapislázuli o cercanos verdes, color ambiguo como los violetas del fondo y los mismos del primer plano. Lo magnífico de todo esto es que la imagen cinematográfica es un montón de información en micras, las millonésimas partes en un tiempo-espacio, que conforman, en un  segundo, un movimiento que descarga una gran explosión de impacto para el mirador, esto es lo que hace el punto, la línea y el cine.   

      Si quitamos el punto y la línea como piezas claves del ajedrez, se eliminan los puntos de referencia, de los límites, no hay cómo encontrar las líneas imaginarias entre los dos actores, la línea es como un río en la geografía, si eliminamos estos insumos no hay cómo comenzar y menos cómo medir un espacio; se acaba la composición, la ubicación y el encuadre, ellos son los ejes centrales del arte y en el cine, son el punto final.

   

*La corrección de estilo del presente texto y colaboración, es de la dramaturga y directora del Laboratorio Teatral ¨La Metáfora¨, maestra Aléida Tabares.

Referencias bibliográficas

Gordon Craig, Edward (1987). Del arte del Teatro. México. Colección ‘Textos de Humanidades’. Edición: Escenología

Naranjo Mesa, Jorge Alberto (2009). Leonardo da Vinci: Textos escogidos. Medellín, Colombia. Editorial Universidad de Antioquia.

Farocki, Harun (2013). Desconfiar de las imágenes. Buenos Aires, Argentina. Caja Negra Editora.

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