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jueves, febrero 2, 2023

Prometeo y Sísifo, la etopeya del héroe maldito

El castigo fue ejemplar: Sísifo es condenado a subir por la ladera del Acrocorinto, aún en su ceguera y su vejez, una enorme roca que rodará cuesta abajo, de manera intermitente y a perpetuidad.

 

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Prometeo es uno de los personajes más cautivantes y misteriosos de la mitología griega. Escritores de distintos géneros narraron su etopeya heroica: Hesíodo (“Teogonías y “Los trabajos y los días”), Esquilo (”Prometeo encadenado”), Luciano de Samosata (Diálogo de los dioses”), Mary Shelley (“Frankestein o el moderno Prometeo”) y Calderón de la Barca (“La estatua de Prometeo”); Friedrich Nietzche (“El nacimiento de la tragedia”), Franz Kafka (“Prometeo), André Gide “El Prometeo mal encadenado”) y Brian Aldiss )”Frankestein desencadenado”). Poetas cantaron su absurda osadía a través de líricos matices y variaciones: Johann Wolfgang von Goethe (“Prometheus”)…

Giacomi Leopardi (“La promesa de Prometeo” y Lord Byron (“Prometeo”). Artistas esculpieron o encalaron su gloriosa y dramática ofrenda: Pedro Pablo Rubens, Frans Snyder, Jan Cossiers, Theodor Rombouts, Gregorio Martínez, Richard van Buren, Auguste Moreau, Rubén Orozco, Nicolás Sebástien Adam, Paul Manship, Jacques Lipchitz, Auguste Rodin y Rodrigo Arenas Betancur. Músicos de todos los tiempos con sus inmortales arpegios, bordaron sobre sus pentagramas la trama y urdimbre de aquel acto insurgente y su trágico final: Carl Orff (“Prometheus”, Beethoven (“Las criaturas de Prometeo” y Frans Liszt (Prometheus S 99”), entre otros.

Ciencia, creación y rebeldía

Prometeo simboliza episteme (ciencia), poiesis (creación) y antarsía (rebeldía), pero también personifica la revolución fallida, el sacrificio inútil y el irremediable fracaso; el acto creativo, irredento y libertario, pero también el imperativo categórico y la inexorable sumisión al poder. Conocido como ese titán protector de los humanos a quienes a través de una sublime y heroica hazaña devolvió en un haz de cañas el fuego divino (símbolo griego de la razón). De esta facultad Zeus privó a los mortales haciéndoles regresar al estado salvaje. Prometeo urdió el engaño: viajó a la isla de Lemnos donde vivía Hefesto que conservaba la lumbre en una fragua para robarla y devolverla a los mortales.

 

 

 

 

 

Esto provocó la ira del autocrático dios quien ordenó encadenarlo a una montaña del Cáucaso donde un águila devoraría sus entrañas en un fatídico vuelo nocturno y luego, dada su inmortalidad, el titán las recuperaría al día siguiente. Este desgarrador episodio que resume el periplo absurdo del héroe, el sinsentido de la inmortalidad, además de su trágica intermitencia, deja sentidas connotaciones para quien analiza su cruenta secuencialidad. Heracles a su paso por el Jardín de las Hespérides, consternado por la aterradora escena, disparó una poderosa flecha derribando al ave rapaz y terminando así, con el suplicio al que había sido sometido el intrépido prohombre.

Prometeo aún liberado, tuvo que llevar como castigo, pro témpore, un anillo con un trozo de roca que le recordaría la magnitud de la afrenta, la impagabilidad de una deuda de gratitud y el recuerdo de su atrevido y doloso intento. Nuestro trágico y demencial héroe transversaliza la dimensión espacio–temporal  en la cual han vivido los seres humanos y representa lo que ha sido a lo largo de la historia, definida como la crónica de su búsqueda libertaria, el despertar de la conciencia creativa e insurgente, la irrupción del deseo, el desafío del eros, el pathos y el thanatos enfrentando al daimón, el logos y la legis y su fatal desenlace donde prevalecerá el castigo, el remordimiento y la culpa… la mismidad.   

Mitología griega

En la mitología griega Sísifo fue fundador y rey de Éfira (nombre antiguo de Corinto). Promotor de la navegación y el comercio, fue un individuo avaro, mentiroso y ambicioso hasta el punto de asesinar a viajeros y navegantes con el sólo fin de incrementar su riqueza. Desde los tiempos de Homero, Sísifo fue considerado el más astuto de los hombres, una especie de héroe y villano. Cuenta la leyenda que cuando Tánatos vino a buscarle, Sísifo lo encadenó liberando un buen tiempo a la humanidad de su destino inexorable. “Hades no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso”. Ares enviado por éste, llegó luego, emancipó a Tánatos y puso a Sísifo bajo la férula de aquél.

Antes de morir, utilizó una coartada: convenció a su esposa de que en su obituario no ofreciera el habitual sacrificio a los muertos. Pidió a Mérope, como prueba de amor, que arrojara su cuerpo insepulto en medio de la plaza pública. Sísifo, “irritado por una obediencia tan contraria al amor humano”, se quejó en el Tártaro y ante Hades del incumplimiento de los deberes de su esposa y por ello se le permitió regresar a Corinto en misión de castigo y desagravio, compromiso que infringió, al preferir el mar y el sol del golfo, a cumplir con la preceptiva moral indicada, además de revelar los designios secretos de los dioses a los mortales. Sísifo fue regresado de manera violenta al infierno por Hermes.

El castigo fue ejemplar: Sísifo es condenado a subir por la ladera del Acrocorinto, aún en su ceguera y su vejez, una enorme roca que rodará cuesta abajo, de manera intermitente y a perpetuidad, cuadro doloroso representado por Polignoto en sus frescos de Lesche en Delfos. Sísifo, el padre de Odiseo y del dios marino Glauco, fundador de los juegos Ítsmicos, pasó a representar, algunas veces, el disco solar en su rutinario periplo estelar, otras tantas, las olas en sus vigorosos ascensos y súbitas caídas e incluso la volubilidad del mar. Sísifo pasa a ser el héroe mítico del absurdo tanto por sus pasiones como por su tormento, su desprecio por los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida.

Todo ello le valió ese suplicio inefable en el que todo ser se dedica a no acabar nada, alto costo que hay que pagar por las pasiones terrenales, “por un destino, quizás trágico, pero propio” (escritor argentino Marcelo Zamora, escritor argentino). Otros tales como el humanista alemán Carl Theodor Welcker, piensan que la leyenda sisifiana es un símbolo de la vana lucha del hombre por alcanzar la sabiduría. Albert Camus comienza su ensayo sobre el mito de Sísifo parafraseando un verso de la lírica coral de Píndaro, el poeta amado  de Grecia, en sus “Epinicios Píticos”: “Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”.

Imputaciones tales como el hecho de haber divulgado los designios secretos de los dioses a los mortales… Estas y otras incriminaciones motivaron el execrable juicio y la brutal sentencia: Sísifo es condenado, viejo y ciego, a subir por la ladera del Acrocorinto empujando una enorme roca hasta la cima que luego rodará cuesta abajo de manera intermitente y a perpetuidad. Su fobia necrofílica, su desprecio por los dioses y las normas y su pasión por la vida, obligaron a nuestro mítico héroe a pagar un alto precio como fue el de sobrellevar una existencia inútil y sin esperanza alguna como la que llevaban en la vida moderna, -según Camus-, obreros y empleados en fábricas y oficinas.

Los dioses no pudieron vencerlo al no ser capaces de arrancarle aquellos recuerdos y ensoñaciones de los que hizo su sempiterna morada. En su indócil ensayo retrató el inconformismo, la iconoclastia antiestoica, la depredación de “la moralidad esclava”, la exhortación revolucionaria a enarbolar el estandarte de las luchas libertarias que intentan romper las oprobiosas y antediluvianas cadenas éticas y políticas de la época. El mito de Sísifo sigue vigente en nuestro ignominioso mundo psicosocial embriagado de múltiples violencias, intolerancia y muerte, pero anhelante, a su vez, de equidad, justicia y libertad;

gonzalohugova@hotmail.com

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