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Pereira
sábado, mayo 18, 2024

Poemas de Germán Ocampo Correa

l

Si vinieras una tarde cualquiera a mi cuarto.

Verías como se ha decolorado

Tu foto en la mesilla.

Notarías que le han faltado hojas secas

Al último otoño,

Ausencia de calor y vida al verano,

Le faltan canciones a la primavera…

Si regresaras una tarde,

Verías que me he quedado estancado

En el pozo profundo del invierno.

ll

El ritmo de los astros

Es siempre el mismo

Un constante fluir

De intrincados mecanismos.

La indescifrable paradoja

es presentir

¿por qué estas máquinas mortales

que somos,

son tan inexpugnables?

lll

Me detengo

En el reloj de arena de tu cintura

Para medirle el pulso

A los astros de mi deseo.

IV

Por la selva de mi casa

Camina al acecho un felino

Esperando atrapar mi corazón.

No me resisto y soy víctima

De su ansia de mí…

Mientras me devora

Soy feliz porque me mezclo

Entre su sangre, su fuego y su deseo.

V

De todas las pócimas

De todos los conjuros

De todas las fórmulas mágicas

La única que retengo segura

Es la palabra que no te dije

Y el beso que se me olvidó.

VI

Estoy

Transportado a otro planeta

En la nave espacial de tus ojos.

VII

La oficina es un desierto

De ventanas amontonadas

Sin espectadores del paisaje.

Allí se reciclan las emociones,

Se guardan y amontonan

En grandes archivadores…

Está prohibido hablar de flores,

Amores, cielos constelados y lunas.

Todo se reduce a fórmulas simples

De hipocresías y palabras de protocolo.

De vez en cuando alguien se enamora,

Entonces pierde su trabajo,

Su vida y sus sueños.

VIII

Presentí tus pasos en mis sueños…

Llegaste bucanera y asaltaste todas mis defensas.

Yo rendí mi ejército de viento

Ante la nube amenazante de tu boca,

Los corsarios desbandados de tu risa.

Los mortales morteros de tus manos.

El casco invencible de tu piel.

Sucumbí.

Todo ha quedado arrasado.

Ahora baja la brisa de tu voz de tormenta

Para imponer tus condiciones.

Yo claudico, y dulcemente me duermo a tu lado…

Ya vendrá otra batalla para alimentar nuestra guerra.

IX

Muerdo tu espalda y toco tu seno.

El mar y el cielo lamen una ostra que es el universo.

Tu espalda es el cosmos que señala sueños lácteos

En la redondez de mi mundo.

Eres el gigante Atlas que soporta mi orbe.

Beso tu espalda y muerdo tu seno.

Toda la ilusión de un nido habita en la tibieza de tu piel.

Dando tumbos por todos los planetas

Siempre regreso al resumen del mundo y las constelaciones…

Tu seno y tu espalda.

X

Llueve lejos.

Llueve cerca lejos.

Porque presentimos en el aire las lágrimas del viento.

Cerca, porque la mirada alcanza a percibir el pañuelo

Blanco donde se moja el aguacero.

Toda tormenta ocupa un espacio cercano en nuestro interior.

Hay tantos espejos donde se mira la lluvia,

No queda más remedio que llorarnos con ella.

Mientras vamos recogiendo gotitas de agua

Y lagrimas que se escapan sin querer, de los pozos del alma.

XI

De la luz no sé nada.

Aprendí a valorarla por un prisma y un caleidoscopio.

De libertad, muy poco.

Nunca aprendí de piratas ni de barcos fantasmas.

Del amor, supe por el veneno y el lloro permanente

De un ave sin puerto seguro en la noche.

Andamos sin ojos, a tientas

Extendemos las manos para asirnos,

Para tocarnos, para no hundirnos…

Los caracoles somos así.

XII

Pasó lejano el cometa…

Hay un abismo de oscuridad que no me permitió

Contemplar su luz.

Pasará de seguro, sin que lo presienta en mis ojos

Pero quizá habite en mis sueños.

Tanta frivolidad nos ha cegado.

Tanta vanidad nos ha hecho creer

Que detrás de nosotros no hay nada.

Ciegos de ciegos.

¡Diógenes, préstame tu lámpara!

XIII

No cabe la espuma del mar en un poema.

Porque tu recuerdo,

-que es menos que la espuma-

No deja de azotar con furia

Todas las playas de mi alma.

XIV

“Venid a mí”. Dijo el cirujano.

Acudieron mujeres percudidas por el uso y la costumbre.

Hombres calvos que querían pelo y peludos que creían que los calvos eran sexis.

Llegaron flacos que querían ser gordos y obesos que no querían ser glotones.

Carilargos que querían estrechar su rostro y mofletudos que ansiaban imitar su sombra.

Llegaron bizcos a enderezar su mirada y miopes a acercar la distancia.

Unos con corazones rotos, no pudieron ser reparados porque se agotaron las mentiras.

Otros querían ser ambidextros, otros zurdos, unos pocos de izquierda

Y de derecha, un gran montón.

El buen cirujano operó con su escalpelo de esperanza todo cuanto estaba por arreglar.

Al finalizar su extenuante jornada constató que todos quieren repararse algo…

Pero nadie quiere arreglarse el alma.

 

El autor

Germán Ocampo Correa nació en Risaralda, municipio del departamento de Caldas y es especialista en Informática, gestor cultural y miembro de número de la Academia Caldense de Historia. Ha publicado varios libros en los géneros literarios de la poesía y del cuento, entre los cuales figuran «Antología de las horas muertas», Poesía, «Conjuros para ahuyentar la soledad», Poemas, «Señales de humo en la luna», Cuentos, «Pacho Trukos…el rastro del mago», Novela y «Los espejos de la imaginación», poemas.

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