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domingo, junio 16, 2024

Minicuentos de Harold Kremer

La suicida

La muchacha se tira por una ventana del piso veinte porque está triste y desencantada de su novio que ya anda con otra. Al caer, nota que caía otra, y más allá otra, y otra, y muchas más, entonces piensa que esas son ella misma que se suicida muchas veces ya que está muy decepcionada de su novio, mejor, de todos los hombres porque no son más que una mierda. Y como tiene tiempo para meditar, pues son veinte pisos, recuerda que la mamá le dijo que no se metiera con ese hombre, que no le convenía, pero ella siguió adelante convencida de que lo iba a cambiar, que con amor todo se logra en la vida. Entonces saluda a las otras que caen con ella y empiezan a hablar de la vida, de los proyectos que tienen y, claro, también de ese hombre que las traicionó. Y de pronto se pregunta porque no cae de una vez: ¿cambió la ley de la gravedad y se hizo más lenta? o ¿qué sucede?

Y abre los ojos y se da cuenta que todavía no se ha tirado, que está al borde de la ventana del piso veinte y que, mejor, pensándolo bien, decide no suicidarse porque ningún hombre vale la pena y, además, en el barrio donde vive llegó un muchacho muy querido que, ella lo sabe, la miraba en la tarde de ayer.

Delirio

Una mujercita vive sola y escribe todos los días acerca de hombres y mujeres que viven vidas dobles, vidas que en cualquier momento pueden cambiar de rumbo. Es feliz y teclea y teclea y teclea en el computador que heredó de su padre.

Pero cuando ella duerme, me despierto yo, que también soy feliz, me siento frente al computador y tecleo y tecleo y tecleo, y llevo un poco más allá esas historias: cuando ella escribió que una mujer rechazó a un hombre porque olía feo, al despertar los encontró felices haciendo el amor. Y cuando el detective logró incriminar al asesino serial de mujeres, encontró que todo es al revés, y el detective terminó encarcelado. Cuando escribió de su padre con amor y cariño, al despertar se encontró con un padre abusador que la golpeaba y la violaba. 

Todas las mañanas, hecha una furia, me maldice y, con un cuchillo en la mano, me busca por todo el apartamento. A veces pasa por mi lado y ni siquiera me ve. Y sigue buscando y maldiciendo hasta que se calma, se sienta otra vez frente al computador y teclea y teclea y teclea hasta bien entrada la noche. Yo me hago atrás de ella y voy leyendo lo que escribe y desde el primer momento ya sé cómo voy a cambiar las historias. Cuando la mujercita se levanta, se siente feliz y se va a la cama con una gran sonrisa.

Yo me quedo quieta observándola, sonrío y me digo que la mujercita no debió haber dejado de tomar sus medicamentos

Desnudo sentado con cojines

El hombre va por la calle y se cruza con la mujer. Nota que ella ha llorado y se acerca sonriente. Ella, a pesar de todo, también le sonríe. Se van a un bar en San Antonio y se cuentan sus vidas. Ella es una ama de casa tiranizada por su marido. Él es un hombre solo: es pintor. La mujer se maravilla, nunca había conocido a uno y, de pronto, le da porque el hombre la pinte. Él dice que no, que ha tenido malas experiencias. Ella le pregunta cuáles, qué puede pasar si se pinta a alguien. Él calla, pide otra ronda de ron. Señala que prefiere no hablar de pintura. Entonces, la mujer, como está un poco ebria y feliz, habla de sus deseos: “Quiero viajar”, dice mirándolo coquetamente a los ojos. “Y me llamo Matilde”, agrega. El hombre ríe: “Me llamo Orlando”, y pide otra ronda. De repente la mujer dice que ya no quiere volver con su marido. Le pregunta si se puede ir a vivir con él. Orlando le recomienda no vivir con un artista porque todos son una mierda, incluido él. Pero Matilde insiste, se le acerca, lo besa apasionadamente. A él le gusta. Después de muchas rondas de licor se van por esas calles de San Antonio, abrazados, cantando y bebiendo.

 Al llegar al apartamento del pintor, casi no logran entrar porque el pasillo, la sala, la cocina, los cuartos, en todos los espacios están sus pinturas. Lo primero que hace Matilde es desnudarse porque piensa que esa relación tiene que empezar de una vez. El pintor va por una botella; a pesar de que ella se le insinúa, él le dice que espere, que beban unos tragos más. Entonces ella piensa que no debe presionarlo, que le debe dar su tiempo, su espacio, y se sienta en unos cojines. De pronto Orlando se queda mirándola: “Así desnuda estás muy bella y, aunque no quiero, me dan ganas de pintarte”. Ella lo entusiasma, le dice que la pinte de una vez. Él se resiste, pero ella insiste. “Quiero ser tu musa, tu modelo, tu puta”. Vuelven a beber y Matilde sigue insistiendo, hasta que el pintor va por una tela, la paleta y unas pinturas. Ella, entusiasmada, habla, habla y el pintor le dice que calladita, porque se distrae. Ella sonríe. Él empieza a pintarla por partes: las piernas, el pubis, de abajo hacia arriba. Al rato, Matilde se da cuenta que no puede moverse, que no siente las piernas ni los muslos ni el pubis. Se mira y se da cuenta que ya no tiene ni piernas, ni pubis, que está desapareciendo, y empieza a gritar, pero el pintor le dice que se calle, que lo deje concentrar, y sigue pintándola hasta que Matilde desaparece por completo.  

Aparición 

Patricia se levantó y fue a la cocina. Una figura que pasaba la llenó de terror. Bebió agua y se tranquilizó. Al volver, vio otra vez la figura. Corrió a la cama y se abrazó con Daniel. El hombre le susurró unas palabras tiernas y volvió a dormir.

Al despertar, volvió a la cocina y supo que la figura del amanecer era ella misma reflejada en el espejo. Pero, de pronto, un terror repentino la estremeció. Corrió a la habitación y espió desde la puerta: la cama estaba vacía.

Todo estaba bien, sí, pero… ¿quién diablos era Daniel?

Contra natura

Había una vez un hombrecito que nunca había visto una sirena. Como es sabido de todos, las sirenas se aparecían en todos lados, hasta en los sueños, y la gente estaba harta. Cuando escuchaba lo que los hombres contaban sobre ellas, el hombrecito asentía con una leve sonrisa, sin atreverse a decir que nunca había visto una sirena.

Entonces, empezó a preocuparse. Se preguntaba qué le sucedía. Creyó que eran sus ojos y fue al oftalmólogo que le dijo “todo está bien, vuelva en tres o cuatro años”. Y aunque no era religioso entró a una iglesia y se confesó.

—Eso no es pecado —le dijo el cura—. Pecado sería si te dejaras tentar por ellas porque sería contra natura. Las sirenas no son mujeres, son arpías, seres malignos que llevan al hombre a la perdición y la muerte. Y mejor que no las veas, eso habla de tu pureza, de tu alma transparente y limpia.

El hombrecito se fue contento a caminar y cuando iba por una calle escuchó una melodía que le recordaba a su primer amor. Entró al bar de donde salía la música y se sorprendió al ver a muchas mujeres cantando la canción que a él le gustaba. Y la verdad es que no eran mujeres sino sirenas, y el hombrecito no se percataba de nada. Se sentó en la barra y pidió un ron doble. Y luego otro y otro. Era ya de noche cuando dos de ellas lo sacaron borracho del bar y lo dejaron tirado en la calle, después de darle una buena paliza.

—Maldito maricón —dijo una de ellas, y le pegó un puñetazo.

Los rimbombantes

Los rimbombantes corren por toda la ciudad hablando de lo transcendentales e intelectuales que son, de las mujeres que consiguieron y, en general, de todo lo que sea para llamar la atención. Van en taxis, en buses, en bicicleta, a pie, en patinetas. Les interesa que los escuchen, que alguien reconozca su importancia y por eso no se quedan quietos: buscan siempre un imbécil que les lance alguna lisonja. Y cuando la escuchan corren a otro lado en busca de un nuevo piropo. Por eso se les ve agitados, desesperados. Y si no encuentran a alguien que los escuche se sienten maltratados, excluidos por los amigos, la familia y la sociedad. Pero bien pronto se recuperan y se lanzan otra vez a conquistar incautos. Les encantan los barrios pobres porque allí pueden ostentar lo que no tienen y (por unas pocas monedas, sí, de vez en cuando pagan para ser escuchados), recibir los elogios que esperan, aunque a veces esta gente no los tolera y si los alcanzan (los rimbombantes son buenos corredores), les dan una paliza.

Los rimbombantes viven en la casa de la madre porque, además de no trabajar, son incapaces de establecer una relación y, si la tienen, al poco tiempo la mujer los abandona sin ninguna explicación. Ellos dicen que esa mujer no los merecía y que pronto llegara Melisa (o Juliana o Carolina o Judith o Natalie) desde el extranjero, mujer o mujeres, que de verdad valen la pena. Cuando se encuentran con un poeta hablan de los libros inéditos que guardan bajo llave, y que ya fueron reconocidos por importantes poetas, pero que por modestia y consideración con sus colegas aún no han publicado. Si pueden salir de la ciudad van a eventos de cualquier tipo: de publicidad, de pedagogía, de salud pública, de cine, de emprendimiento, de literatura, de deportes, de vitrales, lo que sea con tal de conseguir los elogios que tanto necesitan.

Un rimbombante no tolera a otro rimbombante. Se reconocen por vista, olfato y oído. Si ya hay uno en un salón y llega el otro, el primero, sin dejar de hablar, frunce el ceño, sube la voz y sus glándulas odoríferas emiten un olor que solo el otro logra identificar. Enseguida se miran, hacen un gesto con la mano hacia la cintura (como si fueran a sacar una pistola) y, por una ley tácita, el recién llegado abandona el recinto.

Se dice que en Buga hay mujeres rimbombantes, y que cuando se encuentran con un hombre rimbombante actúan como mujeres normales y se dejan galantear y seducir. Pero un día cualquiera, hartas de este personaje, saltan sobre él y con uñas, golpes, mordiscos y maldiciones lo expulsan de sus vidas.

El fin de la felicidad

 El bandido de ojos verdes se le acercó, le apuntó con una pistola y le pidió el dinero de la caja. Juliana lo empacó en una bolsa y la entregó. Antes de marcharse, le dijo que también le daban ganas de robársela a ella. Juliana sonrió, lo miró y le dijo que por qué no, que ella estaba aburrida en ese pueblo de mierda, del gerente, de la gente y hasta del vigilante. El bandido le dijo que saliera y cuando estuvo frente a ella, se subió la máscara, la tomó por la cintura y la besó. Tenía barba de tres días, una mandíbula cuadrada y dientes relucientes.

Huyeron en el carro que manejaba su compinche, perseguidos por la policía. Juliana iba atrás, con algo de miedo. El bandido de ojos verdes apuraba al otro a manejar más rápido, a esquivar los otros carros y a meterse por caminos peatonales y parques. Pero el otro parecía no escucharlo. Entonces le disparó y, en un ágil movimiento, de una patada lo sacó del carro que iba a toda velocidad. El bandido piso el acelerador y se metió al parque Cabal para tomar un atajo, pero una piedra hizo saltar el carro y terminó estrellado contra uno de los samanes que rodean el parque. Se bajó del carro, arrastrándose, con una pistola en una mano. La policía no esperó a que se rindiera y dispararon hasta que el bandido de los ojos verdes, después de mirar a Juliana y guiñarle un ojo, murió acribillado por las balas de la ley.

Juliana se bajó del carro y arrastrándose se acercó al cadáver. Como no sabía su nombre lo sacudió, gritándole que despertara, que como así que la dejaba abandonada y con ilusiones. Le dijo al oído que no se muriera, que lo visitaría en la cárcel y lo esperaría los años que fueran. Y como no contestó, tomó la pistola que estaba a un lado y, sin querer, apuntó a la autoridad que se acercaba.

Los policías se tiraron al suelo y dispararon a discreción hasta que Juliana soltó la pistola y, maldiciéndolos por dañar su felicidad, cerró los ojos y murió.

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