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lunes, enero 30, 2023

M. C. Escher: Pensar el infinito

Nos nos hace ver cómo una cosa puede estar al mismo tiempo dentro y fuera. El arte negro quizá sea el más indicado para pensar el infinito dentro de los límites del dibujo.

 

Alan González Salazar

Maurits Cornelis Escher (1898-1972), estudioso de la perspectiva, hacía habitar a sus personajes un mundo propio, en constante movimiento, en él, como en el poeta Edgar Poe, la estructura del espacio, el paisaje, los mundos extraños se compenetran mutuamente. Los cuerpos matemáticos serán los temas referenciales de su obra, los elementos que se repiten. El relleno regular de una superficie y la metamorfosis será para el artista holandés objeto único de admiración. Por ello el contraste blanco y negro, con su paralelo en el principio dualista que caracterizó su modo de pensar.

     Escher perfeccionó la técnica del dibujo hasta el punto de hacer de él una ilusión potenciada mediante la cual es posible crear objetos imposibles con tal facilidad, coherencia y claridad, que el espectador se ve obligado a desconfiar de sus ojos. En la partición periódica de la superficie, puedo Escher aproximar al espectador al infinito, al dar cuenta de las leyes matemáticas –independientes- que en sus grabados forman las estructuras rítmicas –de las cuales solo existen 17 clases de figuras-, de las que parten metamorfosis y ciclos de animales o seres imaginados que, con gran satisfacción, vuelven sobre sí mismos.

     En el dibujo se influyen mutuamente tres campos gravitacionales: lo mismo le sucede a los astronautas –véase la litografía Cubo de escalera, 1951- y allí los ojos no encontrarán descanso. No pueden decidirse entre dos puntos de vista equivalentes. Se trata, por lo tanto, de un dibujo infinitamente complejo, construido, no obstante, con un mínimo de material. Un mundo extraño, si se quiere, en que las líneas que estructuran la composición parten del centro y vuelven a precipitarse en él. Escher hace coincidir el cenit y el nadir el centro del dibujo, funda una nueva perspectiva en la partición cúbica y la creación de seres imposibles. Como el poeta Edgar Poe, Escher parte de la realidad y la idealiza, no excluye al entendimiento o a la “razón” de la contemplación de sus dibujos, crea dos o tres mundos y los hace coexistir en un mismo lugar. Por ejemplo, en el grabado de 1937, Naturaleza muerta con calle, el artista domina a la perfección una lógica visual que podemos calificar de contundente, gracias a que lo imposible se vuelve posible:

     “Si buscamos un paralelismo en la literatura, lo encontraremos –por lo que a Escher concierne- en la novela policíaca. En tales novelas no sólo se plantea un enigma. Este sólo tiene sentido en la medida en que haya también una solución más o menos sorprendente”. (Bruno Ernst, 2018)

     Escher nos hace ver cómo una cosa puede estar al mismo tiempo dentro y fuera. El arte negro (mediatinta) quizá sea el más indicado para pensar el infinito dentro de los límites del dibujo, dentro de los límites de la piedra litográfica.

La inmortalidad

    En su alucinante juego intelectual con la perspectiva y el infinito, Escher recrear los principios que rigen la inmortalidad, ya que  “inmortalizar”, antes de la invención de la fotografía, era una función exclusiva de las artes plásticas. En Mano con esfera reflejante, una litografía del año1935, logró el artista una expresión tan concentrada de este fenómeno que bien podríamos calificarla como la reflexión esférica por excelencia. Dibujos en los que las imágenes reflejadas tienen la finalidad de sugerir la coexistencia de mundos simultáneos. Veamos, por ejemplo, el árbol deshojado que se refleja en la superficie en Ondulaciones en el agua, de 1950, donde el artista transforma las ondas concéntricas en elípticas sin afectar la intención, esta es, la de juntar mundos heterogéneos y hacer que se compenetren y coexistan, como en Cascada, una litografía del año 1961.

      ¿Qué posibilidades hay de representar en una superficie finita una estructura infinita? Esta pregunta supo conducir a Escher a grabados como Serpientes, de 1969. Por ello no es de extrañar que sus primeros admiradores hayan sido matemáticos, cristalógrafos y físicos, ya que su arte resulta, para muchos, una permanente glorificación de la realidad, pues reconoce, como pocos, con su intuición poderosa, las estructuras y ritmos de las formas naturales. Como artista no termina de agotar todas las posibilidades que encierra el espacio, las imágenes creadas hablan un lenguaje elocuente y cautivador, quizá porque no estamos en condiciones de imaginar algo que estuviese “vacío”, en el sentido de que el espacio cesa de existir, como él mismo dijo: “nos aferramos a la idea de una extensión infinita del espacio, porque el hombre sueña otra vida después de la muerte”.

Cuatro sesiones

En la litografía Relatividad, de 1953, podemos ir de arriba a abajo, de izquierda a derecha, ver adelante o atrás. El artista solo necesitó cuatro sesiones para representar estos tres planos que contrastan con los tres puntos de fuga que se encuentran por fuera del cuadro, formando un triángulo equilátero de dos metros. Cada uno de estos puntos puede ser interpretado de tres maneras distintas, ya que las dieciséis figurillas que aparecen en él representan situaciones independientes. De esta manera al espectador le resulta imposible adoptar un punto de vista neutral. Es la situación de alguien que se busca a sí mismo, como diría Escher irónicamente.

     Estamos ante un artista que dibujó paisajes llenos de poesía, que ilustró ciertas construcciones de geometría hiperbólica y psicodélica, alucinatoria –si se quiere- para recordarnos la conjugación de los contrarios, de la razón y el delirio. El lector podrá cerciorarse y ver, como muestra, en la litografía Balcón, de 1941, la planta de cáñamo en el centro del dibujo. Mediante el énfasis puesto en el motivo, quizá Escher habría querido llamar la atención sobre el tema del hachís, según Bruno Ernst, para insinuar de este modo la intención psicodélica de su obra.

     No olvidemos que los matemáticos griegos sabían ya que sólo son posibles cinco cuerpos regulares. Tres de ellos, delimitados por triángulos equiláteros (tetraedro, octaedro, icosaedro), uno por cuadrados (cubo) y el otro por pentágonos regulares (dodecaedro). De esta reflexión surgió el famoso grabado en madera de 1948, Planetoide tetraédrico, siempre que fueron las figuras platónicas, según el artista, las que guiaron su meditación en torno al infinito. Las reprodujo en sellos, decoraciones murales y billetes, en dibujos al humo, como un perpetuum mobile que lo hacía girar en el universo.

Referencia bibliográfica

Ernst, Bruno (2018). El espejo mágico de M. C. Escher. Colonia, Alemania. Editorial TASCHEN.

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