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martes, febrero 7, 2023

Los cuerpos del instante

Jonathan Alexander España Eraso

La civilización occidental, tal como lo demostró el filósofo germano-estadounidense Herbert Marcuse, es represiva: desde la antigua Grecia, el mito que ha predominado es el de Prometeo que proyecta la cultura como renuncia y condena, mientras los mitos de Narciso y Orfeo estaban relegados a los márgenes de lo aparente en tanto misticismo de la pasión. No es sino hasta el Romanticismo que estos mitos adquieren, gracias a la emancipación del tiempo y de la muerte, el estatus de potencias redentoras. 

En las obras renacentistas el Nacimiento de Venus y en La Primavera de Sandro Boticelli, entre lo sublime y lo material, entre la desnudez y lo sugerente, Venus no sólo dimensiona el placer y el cuerpo, que son la desmesura en sí mismos, sino el resquebrajamiento de la represión desde Occidente mismo, que, en la poesía moderna, abanderaron William Blake y Novalis. En cada cuadro el placer es experiencia (de la mirada, de la interpretación) y el cuerpo es apertura (el desborde de la representación) que viran para recobrar lo más humano: retornar al origen donde se logra una profundidad cósmica que compone el mundo y su impulso, que, de paso, da lugar al lenguaje. En efecto, no se trata de «reinventar el amor», al estilo del poeta maldito francés Arthur Rimbaud, sino de «reinventar el cuerpo, la pasión», redescubrir qué de imaginación tiene cada perspectiva.

En el horizonte de estas intensidades, el libro Mínimas Venusinas, publicado por Editorial Avatares (Pasto, Nariño; 2022) del escritor nariñense Augusto Lozada Lince, está más cerca de la intensidad y de la carencia de la pasión. Por una parte, la correspondencia voluptuosa no suprime el abandono, aunque la una no puede ser sin la otra: la intermitencia aviva el deseo. Por otra parte, la pasión es extrema, incluso esotérica, y se abisma en la transgresión. 

De la mandola pélvica

mi badajollavepuerta

tu minilenguaojoluz.

Lozada sitúa su experiencia en el plano de las palabras. Su escritura revela una mirada magnetizada por la combustión del deseo en su más alto grado de ritualidad que se traduce en la búsqueda de una poética con un doble signo: contra lo dominante y por la magia misma. El resultado, atravesado por la prosa poética y el verso libre, se liga a la lucidez, la noche y los mitos que tienen un registro dramático que refleja un lenguaje-cuerpo que inscribe, tatúa, la mirada. 

Al otro lado del espejo

siluetas se arremolinan.

Reflejos de otras luces.

Hay que detenerse. El ritual y el conjuro vienen después en la metamorfosis de las palabras. Por ello, todo futuro lector encontrará en este libro una experiencia verbal que hace de lo cifrado y lo hermético una luminosidad honda como el cuerpo de Venus. 

En el fondo Mínimas Venusinas no trata ni de invenciones paganas ni de fiestas esotéricas: lenguaje y materia son un mándala que dibuja la intimidad y se consuma en el silencio, en la música que nos compone.

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