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jueves, julio 25, 2024

Literatura al paredón

Recuerdo de niño, que se prohibía leer a José María Vargas Vila por su irreverencia y crítica a las alianzas entre la iglesia y el gobierno de ese entonces, pues sus personajes se debatían entre el pecado y el virtuosismo.

José Fernando Ruiz Piedrahíta*

Cuando supe que algunas personas estaban pidiendo a gritos la censura de obras literarias que señalaran a personas por su raza, religión, posición política o económica, estuve parcialmente de acuerdo, sin embargo, una obra literaria que haga estos señalamientos puede estar mostrando precisamente lo que no se debe hacer y servirnos de marco de referencia para ver cómo ha ido evolucionando la humanidad. Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre. La historia, que se cuenta también a través de la literatura, nos muestra que no todo ha sido color de rosa, que ha existido y sigue existiendo el racismo y las injusticias de toda índole, pero se trata de ejemplificar lo que sucede en la cotidianidad, en los colegios, en las casas, y eso, hay que mostrarlo, escribirlo y no negarlo. 

La falta de criterio para entender la literatura y el acervo histórico que contienen los libros, ha obligado a editoriales a quitar palabras como “negros” al referirse a los esclavos que fueron arrebatados de sus tierras en la época del esclavismo. No se puede ahora decir que una familia era “pobre” porque según los grupos de “cristal” ofende a quien se sienta aludido. Un ejemplo de lo que se reclama es el siguiente: Si se hace referencia a un personaje que es pobre económicamente, debe hacerse la referencia como “persona de bajos recursos adquisitivos” como si la palabra pobre no existiera en el diccionario o fuera prohibida por la ley.

Según los demandantes, no se puede escribir que un personaje hombre o mujer sea “gordo” o “gorda” porque las personas que sufren algún tipo de obesidad pueden ofenderse y sentirse despreciadas, de igual manera tampoco se puede describir a una persona de poca masa corporal y delgadez como “escuálido”. Hay otra cosa peor, ya no se puede decir si una persona es hombre o mujer, porque según parece, podría tener cualquier preferencia sexual. 

¿Recuerdan las películas “Matilda”, “Charlie y la Fábrica de Chocolate” o “Brujas”? Son basadas en los libros de Ronald Dahl, un escritor inglés que fue censurado por sus declaraciones anti israelíes y según Puffin Books, editorial que se encarga de la producción infantil de la gran casa Penguin Random House, eliminó términos como “feo” “loca” “calvo” porque pueden ofender y destruir la auto estima de personas que tengan esas condiciones de género, violencia y salud mental. Yo soy calvo y feo, pero los personajes del libro también, y por ello no voy a demandar a nadie ni me siento mal conmigo mismo. 

No lean

Nadie lea entonces que hay países donde le cortan la cabeza a los asesinos, no lean que un papá llamó la atención de su hijo por intentar prenderle fuego a las cortinas, no lean que hay lugares en el mundo donde existen los pedófilos, no lean que hay esclavitud todavía hacia las personas negras, y que también la hay contra los llamados blancos, que hay libros como los de García Márquez donde palabras como puta, malditos y otras más son comunes, y eso que ganó el nobel de literatura. El idioma es el idioma, pero hoy, por ejemplo, a una persona sorda, no se le puede decir así. ¿Entonces qué significa esa palabra? Frente a estas premisas “delicadas” de las nuevas generaciones, y no quiero generalizar, que dicen defender la raza, las personas con diferencias sexuales, o que insisten en imponer géneros neutros a lo que es femenino o masculino, hay que hacerles caer en cuenta que la historia es lo que es y que por más que deseemos taparnos lo ojos y los oídos, no podemos negar las diferentes barbaries humanas. Olvidemos entonces al maldito de Adolfo, al que le dio por exterminar al pueblo judío.

Es decir, que los cuentos de los hermanos Grimm, Charles Perrault, Andersen, Dahl, Rafael Pombo y cientos de los grandes de la literatura, no podrán ser leídos por mandato de autoridades débiles y mojigatas. El lobo feroz según estas sociedades de Cristal, debería ser sometido a tratamiento sicológico para averiguar por qué le gustaba devorar niñas y abuelitas, y en el mismo orden de ideas, habría que arrestar y juzgar por crueldad al leñador que mató al lobo feroz. Otros aseguran que a quien hay que enviar al psicólogo es a Charles Perrault por escribir algo tan perturbador, lo que nos indica que los escritores debemos frenar nuestra gramática de la fantasía y darle explicación a la misma, para evitar que el lector se traumatice.

En paz a los libros

Mi posición es que haya respeto y paz en la sociedad, que no juzguemos al otro por diferente, pero que dejemos en paz a los libros y a quienes los escriben. Permitamos que la fantasía de los cuentos de siempre y los que faltan por escribir nos inunden el alma y nos permitan gozar de historias sorprendentes e ingeniosas por siempre. Nada más enriquecedor que dejar volar la creatividad y la fantasía en las noches en que nos reunimos con los niños a contar o leer cuento. Mi abuela me contaba historias de niños desobedientes que el diablo se llevaba, me contaba historias de hombres malvados que recibían castigo por sus malas acciones. Decía que existe una justicia poética en la que finalmente se encontraba la verdad cuando la injusticia imperaba. Entonces ¿debemos condenar a mi abuela por contar esas historias tan perturbadoras que otros escribieron? Todo hace parte de nuestra historia. 

Desde tiempo antiguos la censura a la literatura ha existido, Calígula prohibió en su reinado que se recitaran los versos de la Odisea porque consideraba peligroso que las gentes tuvieran ideas de libertad. En la China se quitó de las bibliotecas el libro Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carrol porque los animales hablaban y tenían pensamientos propios, lo que ofendía la condición humana de los ciudadanos. 

La iglesia creó el Índex librorum prohibitorum, la lista de libros prohibidos que consideraba perniciosos para la fe, entre ellos los de Descartes, Nicolás Copérnico, Víctor Hugo y Honorato de Balzac. Recuerdo de niño, que se prohibía leer a José María Vargas Vila por su irreverencia y crítica a las alianzas entre la iglesia y el gobierno de ese entonces, pues sus personajes se debatían entre el pecado y el virtuosismo. Así pues, el censor recomienda al escritor que escriba sin sangre, sin licor, sin fantasmas aterradores, sin dolor, sin parásitos ni suciedad, (un escritor de vieja guardia decía que en Colombia no se podía escribir sobre terror y alienígenas) que escriba cosas bonitas que no asusten ni ofendan, que escriba sobre personajes a los que no les sucede nada para que nadie se traumatice, esto es también censura. 

No lea En agosto nos vemos porque se trata de una mujer que solo quería follar, tampoco lea El exorcista porque pone en duda la fe, ni se le ocurra leer a Howard Philips Lovecraft porque puede terminar en un manicomio. Quite de su biblioteca las obras de Edgar Allan Poe porque son historias aterradoras con personajes miserables. Tire a la basura esas bobadas de Julio Verne porque nadie podrá viajar al centro de la tierra a ver monstruos inmundos. No piense siquiera en abrir los cuentos de Charles Perrault porque son perturbadores y no cite a Ernest Hemingway porque destruye la moral de cualquiera con sus obscenidades y menos a Federico García Lorca que murió fusilado por escribir en contra del dictador Francisco Franco y era evidente en su homosexualidad. Así que, para no asustar, traumatizar u ofender, habrá que ponerle mordazas a la literatura, a los medios de comunicación y al cine. 

Ahora les invito a tomar un marcador y ponerle censura a este escrito, porque tiene muchas palabras prohibidas y es posible que alguno piense que puede causarle daños psicológicos. Ni tanto que queme al santo, ni tan poco, que no lo alumbre.

*Comunicador Social. Miembro honorario de la Academia Colombiana de Historia, literatura y Arte. Stephenkiniano con altas dosis Lovecraftianas.

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