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jueves, febrero 2, 2023

Las mil caras del poder

Gustavo Colorado Grisales*

En el principio la mirada fue vertical. Los hombres elevaban la mirada al cielo y se sentían amenazados por truenos, centellas y chubascos. Creían que la ignota divinidad los castigaba por pecados todavía no cometidos. Los antepasados de Zeus, el Júpiter tonante de los romanos, hacían de las suyas en lo alto.

En su tentativa de conjurar esas fuerzas inventaron ritos, danzas, cantos y plegarias que, con el paso del tiempo, se constituirían en piedra fundacional de las expresiones artísticas.

De ahí el talante mágico que todas las culturas les atribuyeron a los artistas: ubicados entre el sacerdote, el médico y el chamán, sus peticiones podían aplacar o al menos mitigar la furia de los dioses. Lo suyo era, pues, algo así como un contrapoder.

Pasaron los milenios y la presencia de los dioses se hizo abstracta, metafísica. Por eso, algunos geómetras-teólogos de la iconografía cristiana representaron a Dios como un ojo encerrado dentro de un triángulo: la vigilia eterna confiriéndole una estructura ordenada al caos del universo.

De cualquier manera, la mirada seguía siendo  vertical. De abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo: todo dependía de la posición ocupada en el ordenamiento jerárquico del cosmos.

Faltaban muchas guerras, cataclismos, rebeliones, debates, teorías y paso de cometas antes de que la mirada se hiciera horizontal y los hombres descubrieran al otro, ya no como partícula de una masa gobernada por la divinidad, sino como semejante, todavía no igual, pero semejante después  de todo.

Fue la intuición de un horizonte común la que propició el cambio  de perspectiva en el que muchos ven hoy el germen de la democracia y la tolerancia, traducidos en el proverbio cristiano de “ No hagas a los demás lo que no deseas  que te hagan a ti”.

Pero pronto surgió la idea de que ese otro podía ser dominado y aprovechado en beneficio de un individuo  o un grupo de poder con la suficiente capacidad de intimidación para hacerse con el control.

Así surgieron las primeras castas, en principio sacerdotales y luego expresadas  en formas de dominio sobre la tierra y el cielo, sobre los animales, las cosechas, las fuentes de agua y el resto de los elementos.

En todos los casos la clave fue el miedo. Miedo a desatar la furia y a perder el favor del poderoso. Y, lo peor: a perder la propia vida y la de los miembros del clan. Ya lo advirtió un espíritu lúcido:“En últimas, el poder es el poder de matar”.

 A la élite religiosa se sumaron entonces las castas política, militar y cortesana.

A estas alturas del siglo XXI, con todo el instrumental tecnológico a su disposición, la omnipresencia del poder es tal que la gente ni siquiera lo advierte o, si lo hace, lo considera normal en el orden de las cosas: “Siempre ha sido así”, es el evangelio básico de todas las formas de sumisión. El poder y sus secuelas es visto como una fatalidad y no como  un hecho social, político y económico susceptible de ser combatido.

En la casa, en la escuela, en las iglesias, en el lenguaje cotidiano, en la publicidad y en los medios de comunicación multiplicados por las redes sociales, el poder se manifiesta y cambia de rostro a un ritmo que el mismísimo Proteo de la mitología clásica envidiaría.

Mimetizado entre la masa que se cree autónoma, esa ventaja lo ha vuelto más letal. Cámaras de vigilancia ubicadas en todas partes, ubicación georeferenciada de toda criatura viviente o inerte, acceso a los datos personales, así como campañas de publicidad y mercadeo que crean gustos y tendencias , ha dado lugar a engendros  tan  sutiles y peligrosos como “ciudadanos de bien” que  disparan contra otros ciudadanos inermes, para no hablar de caudillos de tres al cuarto que fabrican apocalipsis para erigirse acto seguido en redentores. Despojado de su autonomía y  carente de todo sentido crítico, el “consumidor feliz” de nuestro ha tiempo es una  nave al garete que cualquiera puede enrutar  en su provecho.

Por si eso no resulta suficiente, asistimos hoy a la creación de  empresas cuyo único objeto económico es  diseñar mentiras y distribuirlas en un mercado creciente. Cuantificar el  número y la naturaleza de los clientes puede cortarnos el aliento.

Instalado de esa manera en la vida cotidiana, el poder rara vez precisa de acciones extremas y puntuales… aunque si toca ya veremos. Sus métodos son  sutiles. Todo parece ser tan libre y democrático. Desde la escogencia de un jabón de tocador en la góndola de un hipermercado hasta la decisión de votar por un candidato en las elecciones locales o nacionales, pasando por la sofisticación del trabajo desde casa, cada una de las caras del poder ejecuta su plan de persuasión y encantamiento con una habilidad tal, que las decisiones finales de los individuos parecen de veras actos de la voluntad y no expresiones de la alienación extrema del que hace mucho tiempo perdió el control de su vida.

*miblogacido.com

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