La irrupción creativa de Pere Portabella, El verdadero autor de una película es aquel que la mira y entra en el juego

Omar Ardila

El director, productor y guionista Pere Portabella, nació en Figueras en 1927 y aún hoy se encuentra activo a través de su productora Films 59. Aunque su infancia transcurrió durante el periodo que algunos historiadores han llamado como La Segunda República Española, la llegada a la adolescencia estuvo marcada por las restricciones que trajo la dictadura a toda la España que había soñado con el fortalecimiento de la democracia. Fue el periodo en el que se suprimieron libertades básicas como la lectura de ciertos autores, el derecho a reunión y asociación, la actividad sindical y hablar catalán o euskera. Asimismo, se cerraron periódicos y centros culturales, y para muchos que no habían quedado en el bando de los vencedores, no les quedó otro camino que el exilio. De ahí, que la apuesta creativa surgiera en Portabella como un levantamiento, como una manera de aunarse a las voces que veían con urgencia y necesidad, la transformación social, la apertura hacia las vanguardias que, con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, querían borrar en toda Europa, la noche oscura del genocidio y abrirse a la renovación y a la reconstrucción de la confianza. Sin embargo, en España la represión continuaría en alza y la posibilidad de sumarse a ese espíritu vanguardista resultaría más complicada.

La primera irrupción de Portabella frente a ese cuerpo institucional, familiar y católico, estuvo mediada por el carácter desafiante y experimental de la música; después de terminar el bachillerato, se aventuró como guitarrista y baterista en un grupo de jazz, con amigos que se abrían al mundo creativo. Luego vino su traslado a Madrid, a estudiar una carrera científica que no logró entusiasmarlo. Curiosamente, fue en la capital, donde tuvo el primer contacto con los paisanos catalanes que habían conformado el grupo Dau al set desde 1948, y aunque no hizo parte de este grupo, sí mantuvo un acercamiento con varios de ellos, especialmente con Joan Brossa, Antoni Tápies, Joan Ponc y Modest Cuixart, quienes, además, residían en un mismo trozo de la calle Balmes en Barcelona. Su paso por Madrid, también le permitió el contacto con el grupo El Paso, el cual había surgido en 1957, con el fin de revolucionar el sentir de la época de posguerra en los ámbitos de la plástica, juntando la vanguardia con la modernidad. La cercanía con estos ambientes renovadores de los medios de expresión artística caló profundamente en Portabella, pues desde ese momento empezó a ser consciente de que no se sentía a gusto con el sistema y que requería espacios para manifestar su inconformidad.

Su posterior retorno a Barcelona le hizo pensar en el cine como un espacio donde podría canalizar sus ideas renovadoras, sin embargo, encontró unos mecanismos y entidades institucionales que le ponían trabas a las nuevas apropiaciones de la cinematografía. Aún pesaba un veto sobre las temáticas, ejercido por la Comisión de Censura y la Junta de Clasificación de Películas, con lo que se prohibía la reproducción de imágenes que pudieran ir en contra de las tradiciones y las buenas costumbres que mandaba la fe católica.  Su apuesta, entonces, fue por el documental. Hacia 1958, al lado del fotógrafo Leopoldo Pomés, empezó un proyecto con miras a documentar intensidades de la práctica del toreo, el cual no lograría su finalización. Sin embargo, con el mismo Pomés, insistieron en hacer un corto documental sobre el baile y el canto flamenco. Allí, por primera vez, Portabella actuaría como productor, mientras que la dirección estuvo a cargo de Carlos Saura, a quien invitaron a sumarse a este proyecto puesto que provenía de la Escuela Oficial de Cinematografía. La presencia de Saura en este trabajo, le permitiría a Portabella conocer el lenguaje y la técnica cinematográfica. A partir de este momento, empezó a pensarse como productor con el fin de realizar filmes que, desde su propuesta estética, hicieran una lectura crítica de la realidad y dieran a conocer diversos aspectos políticos y sociales. Obviamente, esta era una tarea difícil de realizar si se acogía a los mecanismos de financiación que provenían de las instituciones cinematográficas, por lo que optó por empezar sus producciones con financiamiento de personas ajenas al medio fílmico, pero que tenían cierta sensibilidad cultural. Fue así como logró desarrollar los emblemáticos filmes, Los golfos y El cochecito, aunque, posteriormente, volvió a tener dificultades para su distribución, pues no hubo una aceptable acogida, debido a sus características fílmicas, las cuales respondían a una apuesta política frente a la realización cinematográfica.

En 1959, el director catalán inscribió en la sección de productores del Sindicato del Espectáculo, la marca Films 59 – Pedro Portabella, y desde ese momento, inició el rodaje de sus dos primeros proyectos: Los golfos, dirigido por Carlos Saura y El cochecito, dirigido por Marco Ferreri. Ambas obras gozaron de importante circulación internacional, una en el Festival de Cannes y la otra en el Festival de Venecia; sin embargo, tuvieron que esperar un par de años para su estreno en España, en versiones mutiladas por la Junta de Censura. Justamente, el paso de Los golfos por Cannes, permitió el primer contacto de Portabella con Luis Buñuel, con quien posteriormente realizaría Viridiana, como co-productor; filme que se alzaría con la Palma de Oro en 1961, pero que en España fue borrado y prohibido, dejando a Portabella sumido en un silencio cinematográfico que duró 2 años, mientras pensaba cómo retomar su práctica, a la cual volvió, pero por fuera del sistema legal, sin acogerse a los controles administrativos, a la censura, a los permisos para el rodaje y a la protección económica.

1966 marca el inicio de Portabella como director. Antes había tenido un trabajo al lado de Francesco Rosi, que le sirvió para profundizar en la artesanía del cine. Con estos antecedentes, se propuso desarrollar un lenguaje cinematográfico que lograra integrar la realidad del momento con una apuesta ética, y siempre abierto a la renovación de las dinámicas expresivas. En esta búsqueda, dirigió la mirada, en principio, hacia el poeta Joan Brossa, con quien realizaría el primer cortometraje titulado, No compteu amb els dits (1966) y más adelante se acompañó de otros artistas e intelectuales de la posguerra, quienes habían optado por procesos autodidactas y coincidían en la creación de un discurso que desnudara lo que hacía el franquismo.

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