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Pereira
sábado, enero 28, 2023

La aventura de los libros, De azar y omisiones está hecha la memoria

Mauricio Ramírez Gómez

Se ha dicho que las guerras civiles del siglo XIX produjeron, entre los pocos hechos positivos, que los combatientes conocieran el país e incluso decidieran radicarse en territorios ajenos a sus pueblos de origen. Tal fue el caso de Pereira, adonde las guerras de 1876, 1880 y 1899 atrajeron a jóvenes aventureros y perseguidos políticos, algunos de los cuales se convirtieron en impulsores de grandes obras de infraestructura y pioneros de la actividad intelectual. Un testimonio de la manera como muchos de quienes luego serían sus prohombres hicieron contacto con este pequeño pueblo en formación, nos lo ofreció Ramón Correa Mejía, en una conferencia sobre la fundación, dictada por invitación de la Sociedad de Mejoras, a comienzos de la década de 1930. Dice:

“(…) en una tarde de hermoso crepúsculo, entre los ardores de un sol de oro que lanzaba sus postreros resplandores sobre la todavía y pequeña población, entraba yo, a la cabeza, de un lujoso ejercito de jóvenes antioqueños, que dirigía sus pasos hacia el Cauca en solicitud de las fuerzas que sostenían la regeneración, y sus anhelos y su alma hacia la capital de la República donde el gran traidor vendió la Patria a los que habían sido siempre sus enemigos y donde un falaz gobernante pisoteaba su juramento azuzado por la Marosia del Sergio III del abatimiento de la patria. Una vez que quedó el batallón colocado en sus cuarteles, salí en compañía de Emilio Ángel, el futuro mártir del insigne asesino Aristides Fernández, y Fidel Cano, el valiente publicista que inmortalizó su nombre con la publicación de “El Espectador”, periódico lleno de talento, de patriotismo y de vigor. Recorríamos las hasta entonces solitarias calles del poblado cuando al pasar por el destartalado edificio que había ocupado el templo que levantaron los españoles como testimonio de su fe y sus creencias, entramos a ver esas ruinas y allí pudimos contemplar la pila del agua bautismal recostada a las raíces de un viejo lembo (no conozco el nombre científico del árbol) y aún estaba allí el resto del naranjo que alcanzó a fructificar entre las ramas del grueso vegetal que le servía de sostén y abrigo. Solo había casas de teja donde hoy se halla la del Señor Nepomuceno Vallejo, que había sido construida por el señor Toribio Robledo y a la que pertenece doña Elvira de Londoño y por último la entonces baja, destartalada y sucia casa municipal. Los caballeros con quienes departimos en la plaza principal fueron Dn. Enrique Posada, Dn. Delfín Cano, Dn. Eusebio Londoño, Dn. Juan María y Dn. Valeriano Marulanda y algunos pocos más, parte de los cuales siguieron con nosotros al Cauca en defensa de sus ideales políticos. Las calles, llamadas así por ironía, que conducían a la plaza del actual parque de La Libertad, eran una senda peligrosa llena de barrancos y ciénagas, producidas estas por la fuentecitas que se hallaban y hoy han desaparecido, la una en la tercera cuadra arriba de la plaza principal a las 25 varas de la esquina al lado izquierdo. La otra se hallaba en el extremo de la calle de Jorge Robledo (carrera 8ª) hoy casa del citado señor don Nepomuceno Vallejo”.

Similares a estos relatos, debieron ser los de quienes hicieron parte de esa especie de ‘segunda oleada’ migratoria en la que llegaron médicos, abogados, comerciantes y educadores, con intereses tan particulares como. Un nombre que hoy no nos dice nada, pero que se destacó en esos postreros años del siglo XIX como uno de los primeros intelectuales, fue Antonio Isaza Palacios. De él dice Ricardo Sánchez en una de sus crónicas, que “era espiritista y carpintero”. Se sabe que este hombre sirvió de imprenta con su caligrafía, para el primer periódico que tuvo la ciudad, “El Átomo”, que redactaba Martín Sánchez Arenas. Luego, lo vemos colaborando en “El Esfuerzo”, con invitaciones al progreso intelectual, como esta del 20 de enero de 1906: “En Pereira, como en todas partes, hay uno como núcleo artístico, inactivo hasta ahora por falta de cultivo, a la vez de estímulo, pero de gran vuelo si hubiera de encontrar amparo, ya en la sociedad o bien en aquellos sobre quienes recae el manejo y la dirección de las cosas públicas. Para terminar, objetamos que no se deben echar en olvido las bellas artes, siempre que en ellas está vinculada una gran parte de nuestro adelanto, como que son la joya más preciada de nuestras sociedades”. No dejó obra publicada, salvo estas pocas páginas y quizá otras que se perdieron con los periódicos que no se conservaron.

El azar atrajo a esos hombres a este territorio para ayudar a construir ese ‘progreso’ del que nos sentimos tan orgullosos los pereiranos. Nos queda a nosotros descifrar su importancia a través de los retazos de sus voces e incorporarlos a nuestra memoria.

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