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Pereira
jueves, agosto 18, 2022

La aventura de los libros

Mauricio Ramírez Gómez

En su libro “Literatura Risaraldense” (1988), la escritora Cecilia Caicedo señalaba como un problema para el estudio de la producción literaria local, que esta es “una expresión cultural sin historiadores ni críticos”. Efectivamente, hasta entonces los únicos intentos de abordar la creación literaria como una expresión de la vida social, se debieron a Jaime Jaramillo Uribe y Hugo Ángel Jaramillo. En su “Historia de Pereira” (1963), Jaramillo Uribe dedicó un capítulo a la vida intelectual, en el que reunió algunos datos generales sobre la educación, las imprentas, el periodismo y los primeros escritores, entre los cuales destacó a Julio Cano Montoya como “el más logrado de los numerosos poetas que tuvo la ciudad entre 1900 y 1930”. No se adentró, sin embargo, en el análisis de las circunstancias de la producción literaria ni en las representaciones del escritor vigentes durante la primera mitad del siglo XX, aun cuando alude indirectamente a ellas en otro de sus capítulos. Tampoco lo hace Hugo Ángel Jaramillo, quien en su capítulo dedicado al despertar intelectual, en su libro “Pereira, proceso histórico de un grupo étnico colombiano” (1982), resuelve el problema del escaso interés por la producción intelectual como una consecuencia de la decisión del grupo humano que pobló la ciudad, en el sentido de inclinarse irremediablemente por el comercio, antes que por las “actividades del espíritu”. Ofrece información valiosa sobre los escritores y algunas instituciones culturales, pero tampoco problematiza la creación literaria.

Antes de los autores mencionados, los historiadores de Pereira solo aluden a la literatura al referirse a la educación, significando casi siempre la escasa importancia que se le daba en ella a la creación literaria. Carlos Echeverri Uribe (1909) hace mención de las imprentas y los periódicos, mientras que Fernando Uribe Uribe (1963) hace hincapié en el uso didáctico de géneros como la poesía, muy en boga también en Colombia. Por lo general, cualquier intento por explicar el escaso interés de los pereiranos en la producción literaria de sus semejantes se resuelve con la misma sentencia que hizo carrera en la ciudad y que acuñó Euclides Jaramillo Arango al afirmar que en Pereira las únicas letras que importan son las letras de cambio.

 

Ha sido quizá Rigoberto Gil Montoya quien hasta ahora se ha ocupado de manera más consistente en estudiar las circunstancias en las cuales crearon sus obras los escritores pereiranos de la primera mitad del siglo XX, a partir de su investigación sobre la obra Alfonso Mejía Robledo. En sus libros “Nido de cóndores”(2002), “Pereira visión caleidoscópica” y en la edición crítica de la novela “Rosas de Francia”, Gil Montoya enfatiza en la manera como los escritores incorporaron en sus obras el discurso de la ciudad y en esa medida, aportaron a la construcción de una memoria colectiva. “En estos propósitos –dice- cuenta la toma de posición como lugar y territorio, la reconfiguración de un espacio hecho de versiones y de anhelos, de intereses comunes y necesidades individuales, como las del escritor de ficción, las del poeta, las del transeúnte, testigos del tiempo y su memoria”. Naturalmente, la manera como los escritores han insertado en sus obras la vida social es apenas una vertiente -quizá la más relevante desde el punto de vista literario- de la investigación sobre la producción literaria. En esa medida, los aportes de Rigoberto no pueden entenderse sino como una invitación a continuar explorando un periodo y unos autores de los que por demás no conocemos sino generalidades.

Las nuevas investigaciones deberían continuar les sendas propuestas, intentando aportar elementos de juicio que permitan en el futuro comprender por qué las obras de los autores pereiranos no se han convertido en un bien social apreciado por esta comunidad y en consecuencia su circulación ha sido escasa a nivel nacional. En la pregunta hay implícita dos afirmaciones: la primera, se ampara en una queja constante de los escritores en todas las épocas, y la segunda, en la ausencia de los autores locales en los manuales y estudios de literatura colombiana, así como de las colecciones editadas por entidades públicas y privadas, a nivel nacional.

 

 

El juicio crítico sobre los valores estéticos de las obras publicadas también es importante, pero considero que será más certero si conseguimos primero hacernos una idea de lo que ha sido el proceso creativo en la ciudad. Después de todo, ninguno de nuestros escritores ha sido, es , ni será Adán en el paraíso. Siempre tenemos detrás una historia que nos condiciona –no nos determina- y que podemos cambiar.

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