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miércoles, abril 24, 2024

La aventura de los libros

Mauricio Ramírez Gómez

Sobre las bibliotecas personales

Hay a quienes les resulta extraño que alguien decida coleccionar libros. No porque no los consideren objetos de culto, sino porque argumentan que ese “desenfreno acumulador” es muestra del más puro egoísmo, pues los libros están hechos para compartirse, no para atesorarse. Tienen razón esas personas en que un libro sin lectores es un objeto sin sentido. Sin embargo, esos “anticoleccionistas” ignoran que los libros siempre encuentran sus lectores y que una biblioteca personal es en el fondo un acto que se emprende con plena conciencia de que su dueño no está solo en el mundo ni su ejercicio va a durar eternamente. Reunir libros en una biblioteca personal es un ejercicio que siempre involucra a otros, inevitablemente.

Una biblioteca personal está compuesta por libros que ya leímos, es decir aquellos que encontramos en la biblioteca de un amigo o en una biblioteca pública, que nos estremecieron y que queremos tener cerca para recordar esa buena experiencia. Alguien los compartió con nosotros y nosotros los adquirimos para compartir nuestra experiencia con alguien más. Luego, están los libros que alguien nos recomendó leer, en una conversación, en una conferencia, en un programa de radio o televisión. Esos libros son posibilidades, coqueteos, invitaciones a vivir un día más para disfrutar de su lectura. Los buscamos porque queremos compartir la experiencia del lector que nos los recomendó. Por último, están los libros que nos regalan y aquellos que tomamos de otras bibliotecas. Esos nos atan a esas personas y sus historias. A veces se convierten en un intercambio.

Tener una biblioteca personal es como vivir en una ciudad imaginaria, en la que decidimos cada día a cuáles vecinos saludar y frecuentar. Cada libro es una casa en la que tenemos una cita pendiente para conversar. “Para eso están las personas”, se me dirá, pero las personas, amigos o amantes, no tienen la paciencia que nos tienen los libros.

El despropósito de tener una biblioteca personal es que como toda ciudad, moverla es una empresa titánica. Por esa razón sí comprendo que alguien califique de loco a quien posea una biblioteca. Para tener una biblioteca personal es necesario tener una casa propia. Aunque los especuladores de suelo y los ingenieros cada vez nos confinan más, a la gran mayoría de los humanos, a vivir en espacios minúsculos, rodeados de cristales, para ahorrar la energía que de todos modos derrochamos en infinidad de inútiles aparatos electrónicos.

Claro que incluso la posibilidad de hacer una biblioteca denota los desequilibrios del sistema económico, porque es cierto que los libros en Colombia son demasiado costosos. Pero por eso mismo, hacer una biblioteca es un acto de rebeldía.

Solo queda por decir que difícilmente los libros de una biblioteca personal permanecerán reunidos eternamente. La biblioteca supera a quien la hace y sus piezas van a parar a menudo a otras muchas bibliotecas personales, aún con las señas de nuestras lecturas o autógrafos. A diferencia de los humanos, los libros son al mismo tiempo humildes, pacientes y generosos. Están siempre para quien los necesita y cualquier lugar es propicio para ellos –excepto el agua, claro-. Así que a quienes les parece que antes de atesorar deberíamos poner a circular los libros una vez leídos, resta decirles que eso ocurrirá irremediablemente, incluso contra nuestra voluntad. No sean impacientes. Sigan frecuentando las librerías de usado.

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