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domingo, mayo 19, 2024

Instantes

Aquel momento, ese recuerdo, ese episodio que ronda el parietal y se pasea hasta el occipital, ese capítulo imborrable que está alojado en el cráneo y habita la cabeza. Esas vivencias fueron las que llevaron al papel los estudiantes que asisten al taller de géneros periodísticos en el programa de Comunicación Audiovisual y Digital. Los invito a darle una leída. 

EL DISPARO

Leonardo Fabio Roche Largo

Lroche2@estudiantes,arendina.edu.co

Jueves 10 de noviembre del 2016. Anserma, Caldas.

En pleno avance de las noticias de las 7:00 p.m., después de terminar el programa preferido de mi abuelo, de repente sonó un disparo que entró por una de las ventanas traseras del patio que daba a la carretera. En ese momento, solo estábamos mi abuelo Ramón, mi prima Liseth y yo. El resto de la familia estaba visitando a un vecino enfermo.

El sonido del disparo nos hizo saltar del sofá de inmediato. Mi abuelo guardaba una vieja escopeta calibre 16 debajo de su cama y corrió por ella para responder. Agarré un martillo, sin saber muy bien para qué podría usarlo, pero me proporcionaba cierta protección. Salimos a la carretera mientras mi abuelo cargaba la escopeta con un par de municiones y a una cuadra de distancia, distinguimos la silueta de un hombre bajo las luces de la casa vecina. Mi abuelo gritaba madrazos y apretaba el gatillo, pero la escopeta no disparaba. Después de insistir varias veces, terminó cortándose un dedo con el gatillo, y la sangre parecía más dramática de lo normal debido a la oscuridad y a su condición médica de anticoagulación.

Regresamos a casa frustrados, la oxidada escopeta no funcionó, quizás por el tiempo guardada. La volvimos a esconder bajo la cama y salimos, esta vez hacia la casa del vecino, donde estaba refugiada la pareja y sus tres hijos. Les preguntamos quién era el hombre que acababa de bajar y nadie respondió, era como si trataran de encubrirlo o tal vez no lo vieron. Gritó mi abuelo: «¡Los vecinos que tengo no sirven de nada, dejan matar a los vecinos y ni cuenta se dan!».

Regresamos a la casa. Mi prima trató de cubrir la sangre de mi abuelo, mientras él marcaba por teléfono a mi abuela y justo después empezamos a sacar las postas que habían quedado en la pared. Al llegar ellas a la casa, habíamos terminado de sacar las postas de la pared, que eran alrededor de 38 y 3 balines. No sé si haya sido una imprudencia de nuestra parte, pero ante la falta de credibilidad en la policía, se decide llevarlas hasta el comando. A las 10:00 p.m. llegó la autoridad junto con mi abuela y mi mamá. La policía hizo preguntas respecto a los hechos. Cerca de las 12:30 a.m., se fueron con el compromiso de que al día siguiente “investigarían”. Sin embargo, pese a haber hecho algunas averiguaciones no concluyeron con nada.

A la semana siguiente, en una integración interveredal, (Nilson López) dijo de forma burlona: “No matamos al viejo hijueputa y a ninguno, pero un susto bien bueno si les pegamos”.

Hoy hace dos años; la casa donde sucedieron los hechos fue demolida y mis abuelos ya no viven allí. Es increíble pensar que pasé la mayor parte de mi infancia allí, y casi muero. Tal vez, quedaron muchas memorias positivas y negativas, pero hoy diría que fueron más las negativas…

MI ÚLTIMO AÑO NUEVO

Deivid Guerra Giraldo

El sonido de los parlantes era ensordecedor. Los viejos bafles empotrados a mitad de los andenes se empeñaban en retumbar más fuerte que su competencia vecina. Las canciones no se distinguían unas de otras, los niños corrían alegres por las calles, las madres coartaban sus travesuras, ninguna quería que su hijo ensuciara el “estrén”. Los adultos bebían, las ancianas rezaban, don Licéforo exhalaba el último cigarrillo del año, doña Marta llamaba a su hija en España que se fue hace 15 años, según ella, a trabajar como secretaria. Los perros se escondían de la pólvora mientras Andrés, mi tío, se empeñaba en quemar papeletas. En el centro de aquel caótico momento estaba yo, una inexperta alma de cinco años. Mi mayor temor era extraviarme en el supermercado al perder a mi madre de vista. 

Con la inocencia que ameritaba mi corta estancia en la tierra, no comprendía muy bien lo que pasaba. Solo sabía que quería que no terminara nunca; por alguna razón, todos eran felices. Los viejos reían como nunca, todos mis primos estaban en casa, yo quemaba chispitas y la vida no podía ser más perfecta.

La medianoche se acerca; se entona a lo lejos el himno de este magno momento. Faltan cinco para las doce; todo el mundo se reúne y comienza el conteo. Las voces corean al unísono la cuenta regresiva, haciendo las veces de banda sonora de esta película llamada Diciembre. Un nuevo año llegaba a su fin, los abrazos entre familiares eran la forma de transmitir la felicidad o resignación con la que recibían esta nueva temporada. 

Se terminó la noche; debo ir a dormir. Mi precario conocimiento mundano no me permite forzar mi cansancio más allá de lo que el cuerpo me exige.

Despierto al día siguiente. El sonido es nuevamente ensordecedor, pero esta vez no es igual. El ambiente no es tan alegre como en la noche anterior; una sensación de zozobra invade la habitación. Siento la necesidad de salir. Llego a la puerta de la casa y a lo lejos puedo ver lo que pasa. La escena no puede ser más desconcertante, mi abuela, la misma que la noche anterior había estado desbordada de dicha, ahora solo es un remiendo de persona. De sus labios resecos y delgados salen súplicas y llantos de dolor; la misma voz que en algún momento calmó mis llantos ahora los provoca. Sus maltratadas cuerdas vocales sueltan unos desgarradores ruegos provenientes de sus entrañas:

– ¡No lo maten!, ¡mátenme a mí!

Una y otra vez se escucha el alarido, sonando con la fuerza de una madre que lucha a capa y espada por la vida de su hijo. 

-¡Mataron a Juan!

Exclaman las mujeres desesperadas.

LAS SEÑORITAS BIEN NO HACEN ESO 

MarÍa José Ospina

Mospina85@estudiantes.areandina.edu.co

Un día cualquiera los prejuicios aparecen y te dicen: “Las señoritas bien no hacen eso”,“Deja de jugar fútbol con los niños”,“Las niñas con las niñas” y ahí es cuando todo se viene abajo al no entender por qué no puedes hacer lo que te gusta. Yo no era culpable de que esto me gustara, tal vez fue la moda del mundial 2014 o que mi papá me transmitió esta pasión, pero solo recuerdo que hablaba todo el tiempo de esto, pero al parecer a los demás eso les molestaba.

Las personas ponen reglas sin sentido en la sociedad y encasillan a los niños en roles y a los 10 años no es fácil entender esto, ¿pero por qué me gusta el fútbol y a las otras niñas no? Le pregunté a mi papá y él solo me contestó: “Te puede gustar lo que sea”. Con esto lo siguiente que hizo fue llevarme a un partido de fútbol, mi primer partido, donde jugaban Aguilas Pereira vs Cali, porque si en este momento Águilas era el equipo que teníamos aquí, ya que el Pereira estaba en la b, y aunque esto podría ser algo insignificante para otros, a mí me abrió el mundo, porque estar ahí compartiendo con mi papá era la prueba de que podía hacer lo que quisiera y estar donde quisiera. 

Sentir la emoción del deporte, la conexión con mi papá, escucharlo explicándome el partido, “Esto es un tiro de esquina, este es tal jugador, esta es tal jugada”. Disfruté tanto los goles y aun recuerdo que el partido estuvo tan bueno que quedó en empate, hasta puedo decir que vi uno de los primeros goles de Rafael Santos Borre. Ese día grité como nunca, lo que me sirvió para desahogarme y a mi papá para darme la lección de que todo me puede gustar. 

Hoy en día veo a mi papá y escucho a mi mamá hablar de que mi papá Jhon Jairo Ospina fue un poco machista antes, y me sorprende, pero sobre todo le agradezco que se haya logrado desprender de sus creencias del pasado, que a pesar de crecer en un mundo muy diferente al mío donde el fútbol era solo para hombres, logró cambiar, y con esto pudo transmitirme la seguridad para romper con todos mis temores, y aunque algunas veces pasa por mi mente que mi papá hubiera disfrutado más si tal vez fuera hombre, pero creo que ser mujer también hizo que algo en él cambiara.

Sin pensarlo, el gusto por el fútbol nos unió e hizo grandes cosas entre nosotros. La forma no fue la más común, pero ahora, cada vez que me siento un poco débil, solo debo recordar a mi papá diciéndome “Puedes con todo” y volverme a sentir como esa niña segura de sí misma en su primer partido, una niña que es fuerte porque la crió alguien más fuerte que ella.

 

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