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domingo, mayo 26, 2024

Historia de Pereira: Epopeya de civismo y solidaridad

El pasado 28 de marzo se conmemoró el centenario de nacimiento de José Consuegra Higgins (1.924-2013), rector-fundador de la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla, quien era miembro de las academias nacionales de la Lengua, Historia y Ciencias Económicas. 

Fue, además de economista con amplio reconocimiento en el nuestro país y el exterior (especialmente en América Latina, como exponente de la Teoría Propia del Desarrollo), escritor castizo e historiador notable, actividades en las que desarrolló también una intensa actividad intelectual, con amplia producción bibliográfica. Sin embargo, pocos saben que, en su juventud, tras obtener el título de Economista en la Universidad Nacional de Colombia, él residió por algún tiempo en Pereira, donde investigó su historia desde la colonización antioqueña y, por tanto, sobre la fundación misma de la ciudad, a la que llamó “Hija mimada del Otún”.

Así consta en el artículo adjunto, cedido a Las Artes por Jorge Emilio Sierra Montoya, uno de nuestros habituales colaboradores, quien lo tomó del prólogo de Consuegra Higgins a uno de sus libros.

José Consuegra Higgins

La historia de Pereira es una epopeya de civismo y solidaridad humana. A diferencia de otras ciudades del país, que soportan en sus orígenes la huella del conquistador sanguinario, quien primero destruyó para después construir o “fundar”, la hija mimada del Otún nace de manera definitiva cuando irrumpen, en sus tierras vírgenes, hombres de la misma patria, que llegaban a sus predios atraídos por las bondades del suelo y la belleza del paisaje.

Es cierto que hay lucha en su génesis, pero no la inhumana y rapaz protagonizada por europeos, sino entre el hombre y la naturaleza, entre el hacha y la selva, entre el trabajo, la voluntad creadora y la espesura agreste y tupida.

Repasar los relatos históricos de Pereira es ponerse en contacto con páginas hermosas y ejemplares de comprensión ciudadana, de justicia social y de ingenio creador.

En el nacer de Pereira, la ayuda mutua, el espíritu cívico o lo que hoy llamamos “acción comunal”, brota espontáneamente: al lado de la labor necesaria conjunta que adelantan los colonizadores, y que tan gráficamente relata Carlos Echeverri Uribe en sus “Apuntes para la historia de Pereira” -retrato implacable de la hermandad de los que llegaron a tierras extrañas para hundir sus raíces- aparece la actitud racional y consciente de los brillantes organizadores que establecen, desde 1.867, el trabajo subsidiario (especie de sábados comunistas), por medio del cual los vecinos adultos trabajaban gratuitamente un día cada año en la limpieza de la plaza y el embellecimiento general de su poblado.

Pereira florece, además, sin pecados de injusticias sociales. En ella se logra con plenitud, desde su nacimiento, lo que apenas ahora vuelve a intentarse en el país, con dificultades y parsimonia: su vida arranca con una reforma agraria, distribuyendo la tierra, que era lo único que importaba, de manera equitativa entre sus moradores.

Se reparten los bosques en parcelas de 32 a cien hectáreas; se obliga a los beneficiados a cultivarlas y a residenciarse en sus predios, y se prohíbe su venta a otros propietarios con más de cincuenta hectáreas para impedir, sabiamente, la concentración de la propiedad. 

Y, aún más: se dan otros detalles de refinamiento en la justicia social para esos tiempos: A las mujeres que no tuviesen familia, pero que no dependiesen de ninguna persona, se les otorgaban iguales derechos a los de otros vecinos, agraciados con la posesión de solares.

Para dominar la naturaleza y obtener comodidades, los primeros pereiranos aprovechan los recursos del entorno. Con la guadua construyen casas, conducen las aguas, fabrican los muebles e intentan instalar acueductos.

La capacidad intelectual de estos nuevos moradores se adapta prodigiosamente al medio. Y la caña silvestre, la guadua, es trabajada por manos rústicas de artistas y artesanos pioneros que convierten su figura nudosa, larga y hueca, en asientos típicos, vasijas irrompibles, techos y cielos rasos protectores, en fin, en objetos decorativos y de usos en el hogar.

Y hay hechos que, desde la alborada de la historia de Pereira, imprimen los rasgos característicos y el carácter de la ciudad del presente.

Desde 1867, cuando apenas la aldea abría los ojos, se organizan las finanzas para atender necesidades colectivas. Un primer presupuesto público de 252 pesos destinó el 48% al pago de maestros. Y tres años después, el Cabildo ordena la construcción del primer acueducto.

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