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lunes, julio 15, 2024

Foto de infancia (cuento)

“Memoria itinerante: cuentos reunidos”, último trabajo del escritor caldense, es la reunión de una veintena de relatos y cuentos cortos, cuya diversidad de enfoques temáticos y estilísticos dan cuenta de experiencias e historias de personajes habitando mundos y emociones diversas. Presentamos hoy uno de esos relatos que rescata memorias de historias de exilios y desplazamientos.

Carlos Arturo Arbeláez Cano
Tiempo inclemente. Una cortina de niebla densa, inexpugnable ante mis ojos, amenazaba mi sosiego. Mi madre me apretaba a su cuerpo mientras el motor del camión tronaba a punto de reventar, pujando y empujando, en su ascenso al Páramo de Letras.
En la cabina del camión, cargado de corotos y muebles y antigüedades, que mi madre se empecinó en empacar con sumo cuidado, el chofer maniobraba un enorme volante mientras de vez en vez acercaba el cigarrillo a sus labios para chupar y emitir bocanadas de un humo denso, peor que el de la neblina del páramo. Al hombre parecía importarle muy poco el tiempo aciago, mientras tuviera entre sus labios el pucho humeante.
Incluso mi madre parecía ciega, mirando la nada; y es que hacía tiempo había tomado la decisión de irse para Bogotá, huyéndole a mi padre por borrachín y mujeriego. Respecto a mi padre, siempre lo miraba tan erguido, tan elegante en su simpleza, tan cariñoso con mi madre, tan humilde con su cartón de bachiller del Colseñora de Manizales de 1934, que creía que ser borrachín y mujeriego no era para tanto.
Luego fue Cerro Bravo; la carretera se internaba en el corazón mismo de la montaña hasta encontrar, en una curva cerrada, el bramido de una inmensa cascada a punto de arrastrarnos, o por lo menos de ensordecernos con su estruendoso fragor. Después de un corto ascenso volvíamos a ver el cielo azul, abierto ante mis ojos incrédulos, insinuándose, a lo lejos, el valle del Río Magdalena.
No eran siete horas de viaje; eran más de catorce horas con paradas intermitentes aquí y allá por lo estrecho de la carretera o por los continuos derrumbes que encontrábamos. Mis dos hermanos mayores viajaban en la plataforma del camión donde mi madre les organizó un verdadero dormitorio con todas las comodidades de primera clase. Menos el servicio de baño, que también contaba en lo concerniente a las paradas para comer y hacer chichí.
La llegada a Bogotá fue apoteósica a pesar del frío inclemente del Altiplano. Llegamos a vivir en un apartamento en el centro de la ciudad, donde nos recibieron las tías ya casadas y organizadas en sus hogares. Era un edificio de cuatro pisos, ladrillo a la vista, con una escalera interior de caracol en granito pulido y balaustradas en hierro forjado, rematadas con pasamanos lacados de cedro o caoba, por donde nos deslizábamos a hurtadillas del conserje hasta el primer piso. Las escaleras subían y terminaban en una inmensa terraza desde donde, además de contar con vista a toda la ciudad, se ubicaban los espacios comunales de lavandería. Desde allá veía la Avenida Décima con su nutrido flujo vehicular. Por allí, frecuentemente, ocurrían protestas y manifestaciones populares con quema de buses y persecuciones de la fuerza pública a los huelguistas, estudiantes y obreros. Eran los años cincuenta, avanzados ya los tiempos de La Violencia, que aún no cesan.
La separación de mi padre fue muy traumática. Era un tema vedado en la casa y mi madre se entregó a su trabajo haciendo de él su refugio, y el cuidado de los hijos, su pasatiempo. Las tías la apoyaban en todos sus emprendimientos y su trabajo de estilista en el Salón de Monsieur Gastón, en pleno centro de la capital, le daba la oportunidad de conocer a personas importantes que la contrataban para cortes de pelo y peinados espectaculares a domicilio en los barrios de clase alta. Chapinero, Teusaquillo, Quinta Camacho, La Merced, Palermo, etc. Mi madre cargaba conmigo a todas partes y era una suma de experiencias gratas para mí.
Pocos, pero largos meses después, con inmenso regocijo, me enteré de que mi padre estaba en Bogotá. La Tía Emilia, que vivía en el apartamento contiguo al nuestro y parecía una actriz de cine, se refería, de manera muy teatral y si se quiere histriónica, a alguien que había llegado de Manizales a vivir en un barrio de poetas, muy cerca del centro. El barrio Santa Fe guardaba una bella arquitectura de casas de estilo inglés con techos a dos aguas, mansardas, lucarnas y fachadas con pórticos clásicos, dinteles y gruesas puertas de madera maciza. Los antejardines reverberantes de hortensias y de magnolios eran franqueados por rejas de hierro forjado.
A pesar de verme conminado a atender mis juegos y evitar meterme en las conversaciones de los mayores, notaba sospechosos los gestos y guiños de ojo que mi tía y mi madre intercambiaban. Pensaba con mi deseo, y suponía con fervor que cosas buenas me ocultaban. Efectivamente, comenzaron a darse movimientos de mis hermanos, ya adolescentes, que me insinuaban que algo bueno estaba pasando. Llegaban después de una o dos horas de ausencia con juguetes, regalos y unos rostros de satisfacción verdaderamente envidiables.
Mi madre tuvo que gastar muchos argumentos para conseguir la aprobación de mis tías que eran nuestras protectoras. Ellas aceptaron con cierto escepticismo el reencuentro con mi padre. Sería el domingo siguiente. Yo iría con mis hermanos, que una semana antes me habían revelado accidentalmente de dónde venían tan contentos. “Vas a ver a tu papá el domingo que viene”. Esa vez mi madre, con su voz pausada, me acarició desde los oídos hasta lo más profundo de mi alma. También descubrí en su rostro un gesto, casi imperceptible, de alegría.
Conducido de la mano por mis hermanos, anduvimos unas cuadras que me parecieron muchas hasta llegar a la habitación donde vivía mi padre. Era un pequeño apartamento con escritorio, libros, cocina y baño, todo integrado para que viviera dignamente cualquier solterón abandonado por borrachín y mujeriego.
Luego del abrazo tan ansiado, mi padre me giraba en el aire con alborozo. Me mostró el uniforme de trabajo. Un sastre azul impecable con los símbolos de la Empresa Distrital de Transporte Urbano de Bogotá, las corbatas, las camisas de cuello almidonado y los zapatos de un lustre espectacular y, algo que dignificaba al máximo a mi héroe, un quepis con el escudo de la empresa en el frente. Y es que mi padre era chofer de camión en Manizales, no había mucho por hacer en una ciudad incipiente aún y alejada de todo. Fue maravilloso; mis tristezas y un carácter taciturno y melancólico cambiaron por el de la alegría y el desparpajo de un niño reencontrado en la placidez familiar a partir de entonces.
Todo parecía volver a su cauce. Mis padres hacían planes, pues vivir en el apartamento de mis tías no era prudente. Teníamos que mudarnos de allí; era tanta la alegría que el tiempo llegaba siempre con premura para que ocurriera lo que deseábamos. Celebraciones todos los fines de semana. Caminatas por la Séptima, “El Septimazo” decían, El Teatro Colón, La Candelaria, tardes de helados cremosos, Parque Nacional, Biblioteca, Monserrate, el aeropuerto y los pesados aviones luchando contra la gravedad mientras los seguíamos echados en la grama; Sibaté y mi miedo a la locura, El Salto del Tequendama y sus cuentos de ultratumba contados por los suicidas, los despechados o los borrachines y mujeriegos abandonados; eran tardes alternadas por soles caniculares o helajes penetrantes que hacían de la nueva vida una delicia.
La nueva casa, modesta, en el sur de la capital, construida con la participación de los futuros propietarios, era de acción mutua dentro del proyecto urbanístico. Mis padres, y todos los padres que vendrían a vivir allí, trabajaban los domingos en la obra y ese día era el día de los trajes de gala para nosotros y los portacomidas para el almuerzo familiar en la obra. Para entonces, y muy a mi pesar, ya venía en camino mi hermano menor.
Ocurrió entonces lo que tenía que pasar. Una tarde cualquiera, cuando mi padre atendía asuntos del trolebús en los patios de parqueo de la empresa, por el altavoz, una vos fuerte y autoritaria lo citaba a la oficina. Ahí le notificaron que la señora Rafaela y su hijo de 15 años, venidos de Manizales, estaban allí reclamando su asistencia, pues decían ser su legítima esposa y su legítimo hijo. Qué tonto había sido. Qué candidez, qué romántico el pensar que podría ocultar esa realidad solo poniéndole unos cientos de kilómetros de distancia a una verdad.
Fueron muchas las sesiones hasta completar su relato, y siempre lo acompañó aquella foto de infancia. En la foto estamos mi hermano mayor y yo; cabalgando sendos corceles de cartón piedra, emperifollados con finas gualdrapas de seda, guarniciones brillantes, correas y frenos de metal lustroso. Era en la Plaza de Los Mártires, donde un profesional del arte de congelar la imagen para siempre, y por unos cuantos centavos, le dio ese eterno placer a mi padre.
Él les sobrevivió a las dos, a Rafaela cuatro años, durante los cuales hizo de chofer exclusivo y personal de Josefina, mi madre. Fiel, puntual, elegante con su vestido de corbata, un taxista de profesión. A mi madre le sobrevivió tan solo un mes; cumplió lo que me dijo alguna vez: “… a tu mamá no la abandonaré nunca, ni después de que ella muera. Me iré detrás de ella…”, y así fue.
Un mes después de la muerte de mi madre y de depositar en una urna sus cenizas, recibí la llamada que anunciaba la agonía de mi padre. Acudí para escuchar sus últimas palabras: “Hijo, tu madre quedó en la urna E-455 del pabellón B, de la iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá, te pido que mis cenizas queden en la urna contigua a la suya”. Salomón dejó de respirar, así que no tuve cómo explicarle la complejidad de su pedido. Las cenizas de mi padre estuvieron varios meses en una mesita auxiliar, en mi biblioteca, en un cofre de madera, mientras se iban ocupando, al ritmo de más muertos, las urnas que precedían a la de mi madre: “era cuestión de orden”, me dijo el cura.

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