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lunes, mayo 27, 2024

Flora Alejandra Pizarnik

Este 29 de abril se conmemora el natalicio número 88 de uno de los genios más trascendentales y emblemático de las letras hispánicas.

Luis Elías Collantes*

Nació en 1936 en la ciudad de Avellaneda, Argentina, hija de emigrantes judíos-ucranianos que escapaban del nazismo y que habían perdido la mitad de su familia en la guerra. 

Alejandra desde muy niña desarrolló el amor por los libros; su madre, Rezla Bromiker, lectora apasionada, les daba monedas a Myriam, la hermana mayor, y a Alejandra, ellas corrían felices a la librería “Letras» que estaba cerca de su casa a comprar libros.

La poeta muy joven lee a Rimbaud, Emily Dickinson, Antonin Artaud, Kafka, y Silvia Plath, aprende el yidis y se enamora de la lengua francesa. En 1954 estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y se inscribe en Escuela de Periodismo, además toma clases de pintura con el pintor Juan Batle Planas y se entusiasma con el surrealismo que luego se verá reflejado en toda su obra.

Durante su estancia en la universidad conoce a Juan Jacobo Bagarlia, quien la animaría con sus versos y corregiría lo que sería su primer poemario «La tierra más ajena» que con la ayuda económica de su padre Elías Pizarnik sale en 1955, el mismo año del bombardeo a la Plaza de Mayo. Posteriormente en 1956 publica «La última inocencia» y en 1958 «Las aventuras perdidas».

En su lucha contra el insomnio y sus preocupaciones por un posible sobrepeso; experimenta el fenómeno psicodélico de las anfetaminas, porque en ese tiempo se vendían libremente en las farmacias con soportes publicitarios como si fueran aspirinas. 

La obra de Pizarnik está impregnada de un intimismo profundo, de desvelos, de preguntas y miedos, de silencios y sombras, de originalidad y rebeldía, de una soledad que no está sola, de una locura creativa y atractiva que juega con las palabras y la muerte.

París, la felicidad

1960 y 1964 fueron los años más felices de Alejandra Pizarnik; trabajó en la revista «Cuadernos» que dirigía Germán Arciniegas, tradujo a Henri Michaux, Antonin Artaud, Margarite Duras y Paul Eluard, entre otros.

Su trabajo como traductora complementa e influye en el estilo y las temáticas de su escritura poética. Ella estudió historia de la religión y literatura francesa en la prestigiosa Universidad de la Sorbona. 

Se fusionó de una manera descollante en el ambiente literario y cultural de París, publicó poemas y críticas literarias en varios periódicos y revistas, conoció a Julio Cortázar, con quien sostendría una amistad hasta los últimos días de su vida, con Aurora Bernárdez, su esposa, con el pintor Miguel Ocampo, Elvira Orphe, Ítalo Calvino y su esposa la traductora Judith Singer, Octavio Paz y el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán con quien tiene un corto romance con promesa de matrimonio que terminó por su muerte en un accidente aéreo en 1962, hecho que afectaría la extrema sensibilidad de la poeta.

En ese mismo año publica «El árbol de Diana» con prólogo de Octavio Paz; este poemario es considerado uno de los más importantes y fue punto de partida para su reconocimiento en el ámbito internacional, es innegable que en París encontró su propio estilo.

Su regreso

El regresó a su país fue el comienzo del fin; en 1965 gana el premio municipal de poesía con su libro «Los trabajos y las noches».

«Alguien entra en el silencio y me abandona. 

Ahora la soledad no está sola. 

Tú hablas como la noche, te anuncias como la sed».

Se marca una angustia existencial, pues la autora es más grande que la soledad, después, en 1968 publica su poemario «Extracción de la piedra de la locura».

«Veo crecer hasta mis ojos figuras de silencio y desesperadas. 

Escucho densas voces en el antiguo lugar del corazón»

Sus palabras inquietan, pintan una autoconfesión en una lucha interna de expresión universal con una gran síntesis verbal.

No hay nadie

En 1969 gana la beca Guggenheim en artes para América Latina y el Caribe, viaja a Nueva York y de allí a París, en una breve estadía dónde ya no encuentra ni a sus amigos ni la bohemia, pues París está sumida en protestas estudiantiles.

De regreso a Buenos Aires tiene su primer intento de suicidio seguido de otros más. En un proceso terapéutico mejora temporalmente y publica «La condesa sangrienta» (prosa) e «Infierno musical». En ese mismo año ganó la beca Fulbright patrocinada por la oficina de asuntos educativos y culturales de Estados Unidos.

Finalmente, en el amanecer del lunes 25 de septiembre de 1972 en la calle Montevideo 980 de Buenos Aires, en un descanso de fin de semana del psiquiátrico, Alejandra Pizarnik ingirió 50 pastillas de Seconal Sódico.

Antes, había escrito su último verso:

“No quiero ir nada más que hasta el fondo”.

Siempre quiso ser poeta, jugó a ser maldita, decía que era la Maga de la novela Rayuela de Julio Cortázar, hay una mezcla de locura genial, suicidio, que encendió una luz y formó una leyenda, que siempre perdurará a través de los tiempos. 

Gracias inconmensurables Alejandra, por tu legado, por ese eco que es el grito que todos llevamos dentro. 

¿Que tiene para decir ese mundo que es la poesía, de los otros?

¿Es comparable Alejandra Pizarnik?

¿Se piensa que el malditismo sea un rótulo atractivo? 

Dice Octavio Paz: «Una cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional y lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas».

*Poeta y Gestor Cultural. cuervodiego742@gmail.com

POEMAS DE ALEJANDRA PIZARNICK

LA CARENCIA

Yo no sé de pájaros,

no conozco la historia del fuego.

Pero creo que mi soledad debería tener alas.

19

Cuando vea los ojos

que tengo en los míos tatuados.

23

Una mirada desde la alcantarilla

puede ser una visión del mundo

la rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos.

AMANTES

Una flor

no lejos de la noche

mi cuerpo mudo

se abre

a la delicada urgencia del rocío.

LA NOCHE

Poco sé de la noche pero la noche parece saber de mí, 

y más aún, me asiste como si me quisiera, 

me cubre la conciencia con sus estrellas.

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.

Tal vez la noche es nada y las conjeturas sobre ella nada

y los seres que la viven nada. 

Tal vez las palabras sean lo único que existe 

en el enorme vacío de los siglos que nos arañan el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria 

que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas. 

Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas 

sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos. 

Su lágrima inmensa delira y grita que algo se fue para siempre.

Alguna vez volveremos a ser.

FUENTES:

Poesía Completa, Alejandra Pizarnik

https://historia.nationalgeographic

Memoria Iluminada: Alejandra Pizarnik YouTube

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