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viernes, julio 19, 2024

Fernando Mejía Mejía, poeta huracanado

“La poesía es tránsito y estremecimiento. Revelación y deslumbramiento porque sólo el viajero sabe cuánto ha caminado. El resto, como dice Verlaine, es literatura”, Fernando Mejía Mejía.

Conrado Alzate Valencia

Me hubiera gustado haber conocido personalmente a Fernando Mejía Mejía (Salamina, Caldas, septiembre 21 de 1929 – Manizales, abril 22 de 1987), considerado por algunos, entre ellos Roberto Vélez Correa: “…el poeta de mayor dimensión que tuvo el Departamento de Caldas” en su tiempo, pero cuando llegué a vivir en Manizales, a principio del año 1996, infortunadamente el liróforo había fallecido nueve años atrás. 

En el año de su muerte el Fondo Cultural Cafetero entregó a la luz pública el libro La heredad y el exilio, con prólogo de Álvaro Mutis. Se trata de una selección que hizo el mismo Mejía Mejía, pero que no alcanzó a ver publicada. Este fue un buen reconocimiento editorial a quien le dio, con sus apolíneas letras, tanto prestigio al departamento. Empero el agradecimiento llegó extemporáneamente, la muerte no le permitió celebrar este hecho editorial. 

Luego, se fundó la Casa de Poesía Fernando Mejía Mejía, en su honor, pero esta desapareció por falta de apoyo estatal. Antes de la obra mencionada el bardo había editado los siguientes libros: La inicial estación (1961), Cantando en la ceniza (1963), Los días sagitales (1966), Elegía sin tiempo (1978) y Perfiles y nostalgias (1983). Y aún más, su obra es tan importante que ha sido comentada por Rafael Lema Echeverri, Germán Pardo García, Jaime Mejía Duque, Antonio Llanos, Roberto Vélez Correa, Orlando Mejía Rivera, Flóbert Zapata Arias, entre otros. Y a más de esto, el poeta chileno Pablo Neruda, en varias ocasiones elogió su trabajo literario. 

Su primo segundo Álvaro Mutis expresa: “Así vivió Fernando Mejía, voluntariamente retirado en una ciudad del interior más escarpado de Colombia, dedicado a cantar las cosas de su inmediata experiencia y convirtiéndolas en la sagrada moneda con la que ha de pagarse a Caronte en el último viaje: la moneda del poema”. 

Mutis habla también del carácter del vate: “Tímido, discreto en demasía, comido ya por la secreta y devorante fiebre de su vocación de poeta”. 

Y sobre la creación, su consanguíneo y autor de Ilona llega con la lluvia, escribe: “La poesía de Fernando Mejía es una larga, medida, honda meditación sobre las gentes y la tierra…” 

Tránsito

Su vida es un ir y venir por la tierra como un judío errante. Su existencia es tránsito largo, herido, sediento. Es tránsito dolorido, que siempre apunta hacia la niñez lejana, la sangre y la esperanza. A veces Fernando Mejía Mejía encuentra por un instante reposo en la paz y las cosas sumisas del camino: “Me quedaré, ¡oh rosa!, vesperal en tu aroma”. Pero después prosigue su andar, su incesante andar “…pensando en una primavera / que llegará ferviente como un río en llamas”. 

Mejía Mejía es un pensador del camino como lo fue Porfirio Barba Jacob, el camino interminable que son sus pasos, el hombre, el olvido: “Como los caminos, / mis pasos no terminarán. / Como el olvido, / mis pasos serán siempre silenciosos, / porque son los caminos. / Los caminos que no terminan nunca, / porque son el olvido”. 

Barba Jacob recorre las sendas con el alma, luego le entrega a la posteridad su largo poema Tristeza del camino, de donde tomamos este símil: “A ver, viejo camino taciturno… / Cuéntame ahora tu congoja. Dime / de tus hondos pesares, sensitivo, / que yo soy taciturno y sensitivo / también, como eres tú, bajo la muda / penumbra de mis desolaciones…”. Y nuestro artista analizado cree que el camino y el poeta son una misma cosa, pues están hechos de la misma esencia, son: “…prolongaciones de polvo y soledades”.

Finalmente, digamos que las andanzas de nuestro rapsoda son cíclicas. Su barco de aflicción navega en círculos, hacia un puerto solitario, silencioso, donde siempre llueve: “Ahora llueve… / y se pierde mi voz ente los árboles / como un antiguo caracol de nieve”.

Estremecimiento

Confieso que muchos poetas comarcales me han estremecido, pero no con la fuerza prodigiosa de Fernando Mejía Mejía, tal vez porque su lírica, al igual que la música, tiene ciertas notas encantadoras que hacen vibrar el alma como las cuerdas de una guitarra.

“Nadie como este poeta para expresar imágenes estremecedoras. Estremecimiento que se radica en su significante y explota en su significado…”, señala el siempre útil y oportuno en el análisis de los escritores regionales Roberto Vélez Correa. 

Leer sus escritos es viajar al paraíso de la inocencia y de las primeras lágrimas. Es regresar al lugar donde dimos nuestros primeros pasos, donde jugamos con el ángel de la ternura y nos bañamos en el río azul de las ondinas. Es volver: “A la sombra de los antiguos robles, / o a los ríos azules en verano”. Es regresar con alma de niño a: “…una dorada soledad agreste”. 

Revelación

En el libro La poesía ignorada y olvidada, Jorge Zalamea, señala: “Uno de los más antiguos nombres dados a esta singular especie, fue el de vate, denominación con la cual se reconocía al poeta la facultad de vaticinar, de profetizar. Ese reconocimiento significó durante largos siglos la atribución hecha al poeta por el pueblo de una función eminentemente religiosa que lo coloca por encima de sus conciudadanos. Efectivamente, el don de doble vista que permitía al vate bucear en las tinieblas de los tiempos por venir, lo transformaba en hombre de Dios, en hombre poseído por el dios que se servía de su palabra para comunicarse con el pueblo…”.

Bien, en el Soneto prometeico, Fernando Mejía Mejía hace esta profunda revelación: “Yo provengo de un barro doloroso / amasado por hombres sin edades”. Y en el mismo canto agrega: “Cada palabra que pronuncio, encierra / una brasa de angustia y rebeldía / que desata luceros en la tierra”. Después, en dos versos de Ritornelo del azar interior nos regala esta semblanza: “Soy un fantasma delirante / ciego en un túnel de pavor”. Posteriormente en Yo volveré de nuevo, uno de sus más preciosos textos, cuenta que es un “…profeta ebrio que ha perdido el camino”, un “…nuevo profeta huracanado”. Finalmente en Retablo de infancia, con palabras llanas el augur devela: “Nací a la poesía / entre los seres más elementales. / Mi infancia fue tan simple / como un pequeño cántaro de barro / colmado de agua pura”. 

Deslumbramiento

Al poeta de las elegías lo cautivan las cosas sencillas y los seres más humildes: el cántaro, el hacha, el árbol, el labriego, la semilla, el arado, la siembra, la cosecha, el campo, el río, el sol, la lluvia, los montes, la sangre, el perro, los niños, el padre, la madre, las hermanas, el caminante, el exilio, la paz, la poesía, la soledad, la nostalgia, el llanto, la noche, el abismo, la angustia, el amor y la muerte. Y por sus cadenciosas páginas también discurren los creadores que él amó con tanta vehemencia como Garcilaso de la Vega, Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández, Jean Arthur Rimbaud, Pablo Neruda, César Vallejo, Charles Baudelaire y Federico García Lorca. 

En el prólogo de La inicial estación, Carlos López Narváez nos proporciona claves para entender por qué el aedo de la Ciudad Luz nos fascina tanto: “…el perfil y el acento líricos de Fernando Mejía son de los más puros; con una pureza que conjuga docta dulzura y melódico vigor: pétalo y savia, elación y liturgia para la fiesta azul”. Claro, su poética es delicada, acrisolada, vigorosa y hechizante; por eso atrapa al lector desde el primer renglón hasta el último y lo hunde inevitablemente en el misterio y la belleza. 

Fernando Mejía Mejía en fin, es un alfarero humilde de la palabra, quien siempre vio “…la envolvente / candela de cenizas azarosas / levantar sus infiernos” en su frente, seduce con sus metáforas de fuego, sólo de fuego como las estrellas.

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