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viernes, mayo 24, 2024

Fantasmagórica, un cuento de terror “para escuchar”

José Fernando Ruiz Piedrahita*

La música popular que sonaba en las cantinas cuando yo era apenas un niño, por allá en los años 70, me trae a la mente un mundo sórdido y oscuro, recuerdos que se asociaban al barrio donde vivíamos, que, a pesar de ser muy tradicional, ya empezaba a verse invadido por cantinas y sitios de diversión. El barrio estaba en un sector residencial donde los vecinos nos conocíamos y convivíamos en paz y con seguridad, pues nunca hubo hechos de violencia que perturbaran la tranquilidad de la vida barrial hasta que, en mala hora, abrieron en el lote frente a mi casa una cantina construida con guaduas y techo de zinc; allí se daban cita mujeres y hombres que tomaban licor y escuchaban música de corte popular a la que solíamos llamar de “puñalada y media”. El lugar empezaba a atormentar la tranquilidad del sector desde las cuatro de la tarde hasta bien entrada la madrugada. No solo era el atronador volumen de la música; se sumaban también los gritos de las mujeres, las peleas diarias de borrachos, los insultos y la continua visita de la “bola” que era la patrulla de la policía de aquella época, que venía a requisar a los clientes. Desesperados, los vecinos solicitaron al dueño del antro que por lo menos le bajara el volumen a la música que allí sonaba con intensidad infernal. El dueño por su puesto se negó y adujo que tenía todo el derecho de ganarse la vida y que tenía el permiso de la alcaldía para desarrollar su actividad económica. 

Horror… empezaron a ponerse de moda canciones que sin ningún pudor usaban malas palabras, insultos y dramas que invitaban a la violencia. La música empezaba a desdibujar sus mensajes con palabras violentas y desagradables que se convirtieron en el fondo musical de nuestras vidas. Este espanto duró casi seis meses, en los que la tortura era diaria de domingo a domingo. Nadie descansaba en ese antro, ni las mujeres que servían las mesas, ni el que ponía la música. Mi padre, a quien le había costado levantar nuestra vivienda, empezó a decirnos que estaba viendo unas casas en otro barrio porque ya era imposible vivir allí. Sentí enorme tristeza por la posibilidad de perder a mis amigos y empecé a suplicarle a Dios que nos hiciera el milagro para que algo pasara, que obligara a cerrar el muladar. Mi Dios oye siempre a los niños, a los borrachos y a los bobos. Seguramente escuchó mi súplica infantil, aunque la respuesta no fue la que esperaba. 

La bulla como siempre había empezado temprano en la tarde y el saludo del que pone los discos en la cantina fue una canción con madrazo incluido, lo que ya nos dejaba ver que el infierno abría sus puertas para engullir a las pobres almas desbocadas sin Dios y sin ley. No pasó mucho tiempo y empezamos a escuchar los gritos de las mujeres que allí trabajaban a causa de una pelea que se había suscitado, seguro por celos, mientras las rancheras hablaban de darle balazos a la amada y romperle la espalda con las tablas de la cama. Varias muchachas de faldas muy cortas salieron corriendo del bar dando alaridos, y detrás de ellas, algunos clientes que aprovecharon la gresca para volarse sin pagar los tragos. Adentro, una voz masculina pedía auxilio. Ya “la bola” anunciaba con su sirena que estaba cerca. Los policías atendieron el caso, pero el agresor había escapado calle abajo. 

Los testigos, les dieron a los policías la descripción del que “se voló”, y fue capturado cerca del río a varias cuadras de nuestro barrio.  Con suma alegría vimos llegar al inspector que se había sentado con su máquina de escribir para atender la situación y con su voz recia dijo:

—Este bar queda cerrado hasta nueva orden. 

Los vecinos mostraron su sonrisa de satisfacción; por fin podríamos descansar. Y así fue que el paraíso volvió a nuestra calle… por solo tres días. Estaba sentado en mi habitación que daba a la calle, al frente del malhadado antro, cuando escuché el sonido de las cadenas que aseguraban la puerta del bar, y presintiendo que la paz se acabaría, me asomé para comprobar con decepción que el dueño del bar abría nuevamente el negocio y que las tres mujeres que allí atendían también entraban a arreglar las mesas, y con ellas, una chica muy joven y hermosa que no había visto. Sortearon entre ellas quien iba a limpiar la sangre seca del piso. La nueva se llevó el premio y sin rechistar, se puso en la ingrata labor de pasar el trapero sobre el charco seco de sangre. La música empezó de inmediato con más volumen de lo acostumbrado, seguramente por la rabia que tenía el dueño contra los vecinos, pero esa noche escasearon los clientes. Mi madre estaba desesperada con el ruido, los vecinos empezaban a reunirse en mi casa para tomar medidas drásticas y acabar con el lugar que estaba convirtiendo a nuestro barrio en un sitio peligroso. Vi como tipos sin mayores miramientos daban dinero a las meseras para que se dejaran tocar, inclusive a ella, la joven bonita. Vi malandrines vendiendo lo que supuse era marihuana, la única droga que se conocía por esos años. Desde hacía varias semanas se apostaban en la esquina de mi casa grupitos de jóvenes a fumar y beber descaradamente haciendo escándalos, lanzando improperios e insultos a los parroquianos. Pasaba la patrulla y todos desaparecían como por arte de magia, y al rato, volvían. Habíamos perdido definitivamente la paz y la tranquilidad.

Ya contábamos un mes desde la nueva apertura del bar. Mi padre nos dijo una noche que había tomado la decisión de mudarse de la casa porque era insoportable la vida después de las cuatro de la tarde. Yo no quería irme de allí a pesar de la desgracia diaria de ese bar tormentoso, pues con los amigos del colegio salía a jugar y a intercambiar revistas de aventuras. Estaba triste por la posible mudanza, cuando desde mi ventana logré ver que tres hombres se bajaron de un carro en medio del ruido de la música grosera. Se sentaron cerca de la entrada en una de las mesas y pidieron el aguardiente con pasantes. Dejé de mirar, porque sí o sí tenía que hacer la tarea. Oí que llegaron más hombres y escuché las voces de las chicas recibiendo a los clientes. A fuerza de oírlas supe que la joven se llama Rosalba.  Yo me concentré lo mejor que pude en la operación aritmética cuando oí las voces que se elevaban hasta llegar a los gritos y ustedes ya saben que “la curiosidad mató al gato, pero la satisfacción de saber, lo resucitó”. Los tres hombres que había llegado primero se habían levantado de la mesa y se estaban peleando por una de las chicas, por la más joven, por aquella que había lavado la sangre seca del primer herido en el bar y que me había sorprendido mirándola porque era muy linda. Rosalba estaba pálida y muy asustada, escondida detrás de las mujeres que la defendían de uno de los hombres. El dueño del antro les pedía que se fueran, así, sin pagar el licor y los pasantes. Entonces, de un momento a otro, uno de ellos sacó una pistola y empezó a disparar contra sus dos compañeros de copas y contra el dueño. Los otros dos también sacaron las suyas y yo me tiré al piso. Oí a mi madre gritar en la sala y escuché las carreras, gritos, maldiciones, cosas que caían en medio de los tiros. Dos balas pasaron por mi ventana donde hacía menos de diez segundos estaba fisgoneando la escena. Salí de la habitación gateando y temblando me lancé a los brazos de mi madre.

—Dios, santo, fuerte, santo inmortal, líbranos de todo mal —oraba mi madre temblando también. 

Luego el silencio… los llantos de las mujeres y el quejido de algunos que estaban heridos. A lo lejos, la sirena de la policía anunciaba su arribo hasta que oí que los agentes se bajaron gritando que nadie se moviera. No era necesario asomarse, las voces y los sonidos eran suficientes para describir la escena. La policía tomó el control de la situación. Tres muertos, dos de los hombres que habían llegado primero y Rosalba, el motivo de la pelea. El corazón se me encogió dentro del pecho cuando oí los gritos de una de ellas que pronunciaba su nombre. Los agentes entraron en las casas de los vecinos investigando qué habíamos visto u oído. Sacaron dos proyectiles de mi habitación y por fin un juez determinó que el bar se cerrara definitivamente. La desgracia de unos, es la bendición de otros. Para el dueño, las meseras y quienes trabajaban allí, fue el fin. Para nosotros, significó recobrar la tranquilidad. Volvimos a oír el canto de los grillos en la noche durante mucho tiempo. La muerte de Rosalba me puso triste, pues odiaba verla en ese trabajo infame.  

Una tarde escuché con extrañeza que un camión grande llegaba con incomprensibles artilugios al mismo sitio. Aprovechando el lote abandonado y la vetusta construcción donde habían muerto tres personas, a alguien se le ocurrió poner allí una ciudad de hierro. Un parque de atracciones mecánicas. Pusieron una rueda de Chicago con seis canastillas, un tiovivo con cuatro maltrechos caballos en posición de salto, unas feas y deslustradas tazas de café para dar vueltas hasta el mareo, una pista de tiro al blanco, un castillo del terror, la taquilla y un puesto de algodón de azúcar. En menos de dos días el gran parque de atracciones estuvo listo. Y arrancó un nuevo tormento. Allí el ruido era peor, no había música popular, grosera y ofensiva, pero los casetes con los mismos temas grabados empezaban a enloquecernos. El rechinar lamentoso de los juegos se volvió la nueva banda sonora de mi vida. La función empezaba a las tres de la tarde y terminaba a las nueve de la noche. Los gritos de los niños en el castillo del terror eran tan puntuales que ya sabíamos el horario: a las siete, a las ocho y a las nueve en la última función. El parque era exitoso, mucha gente venía de otros municipios a montar a sus niños en los juegos mecánicos.  Empecé a tener alucinaciones porque en varias ocasiones, vi sentada en una de las canastillas de la rueda de Chicago a Rosalba, con un trapero y un recipiente lleno de agua sangre, que me miraba con lágrimas rosadas que bajaban por su mejilla pálida y seca. Una noche me habló y me dijo con una voz burbujeante: “lo siento”. 

No volví a mirar por la ventana por temor a verla de nuevo dando vueltas y vueltas con su trapero ensangrentado; además, esa imagen fantasmal no era el mejor recuerdo que deseaba tener de ella.

Nos estábamos acostumbrando a la bulla de la feria cuando una noche, a eso de las siete, cuando los niños gritaban dentro del castillo del terror, se sumaron a las exclamaciones otros gritos diferentes. Tenía palco de privilegio para ver pasar la vida frente a la ventana por lo que fui testigo de cómo la rueda de seis canastas con espacio para dos personas se desprendía de su eje, y quienes gozaban de la atracción, salieron volando por el aire para caer de mala manera en el suelo fangoso. 

Por fortuna la rueda no era muy alta y el hecho de ser impulsada por la fuerza muscular de los que trabajaban allí, había disminuido el impacto de lo que pudo ser una tragedia, pero sí hubo huesos rotos, contusiones y mucho miedo. El parque tuvo que pagar los daños y aunque no cerraron de inmediato, la gente dejó de ir. En menos de quince días escuché que volvió el enorme camión y sin necesidad de asomarme a la ventana, intuí que estaban recogiendo los restos de lo que seguramente fue la última función del parque de atracciones.   

Cuando nos mudamos, el lote siguió baldío. Ahora, cuando paso por el frente de la que fue nuestra hermosa casa, veo ese lote que nadie usa, ni se compra, ni se vende. Hace pocos días pasé muy cerca de ese sitio que me traía tantos recuerdos extraños, pero esta vez tuve una visión impactante: alguien trapeaba el pasto crecido, y escurría la suciedad en un balde lleno de un líquido extraño color rosa oscuro; era una mujer de mi edad que levantó sus ojos muertos, me miró fijamente y me sonrió con su boca negra, llena de dientes musgosos. En ese instante comprendí que aquel lote y lo que allí pasó, sería una maldición en mi vida.

*Comunicador social y periodista

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