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domingo, junio 16, 2024

En las riberas del Río Cauca

Al salir Eduardo Gartner se despidió de Amparo Cadavid y en voz baja le dijo: “Quién lo ve y sin dinero ni letras me ganó la batalla”.

Alfredo Cardona Tobón

Omar Jaramillo nació en la hacienda Aguasalada un martes de 1955. No se sabe el mes, aunque una tía dice que fue  después de  Semana Santa, cuando con su mamá salieron a Quinchía a comprar una ropita para el recién nacido.

La vida de Omar trascurrió en el campo, era hijo de uno de los cuarenta aparceros  que arrancaron el  sustento  en una tierra  que  fue de  Pedro Castañeda y luego  de los hermanos  Efraim y Norman Gartner que inconformes con las 80 arrobas de maíz que le pagaba cada aparcero, quisieron lanzarlos de su propiedad para establecer otras condiciones de pago..

Pero no lo lograron pues se encontraron con la resistencia de Luis Melchor, de Jorge Villegas y otros aparceros que se negaron a entregar sus parcelas. Ante tal circunstancia los Gartner vendieron la hacienda a Manuel Espejo, un costeño residenciado en Manizales  que  contrató trabajadores, sembró pasto en los lotes y echó ganado para que destruyera  los sembrados.

Por ese entonces estaba en marcha el Incora y corrían rumores de una reforma agraria frenada en el Congreso pero ejecutada de hecho por miles de familias campesinas que estaban invadiendo las grandes fincas.

Cinco líderes encabezados por  Jorge Tabarquino y Omar Jaramillo  movieron a los aparceros a no respetar cercas ni a Mara Valencia, un mayordomo templado y pantalonudo que llevó  Manuel Espejo  para  que  sacara  a los intrusos de Aguasalada.

Con azadón y peinillas los aparceros acabaron los pastos recién sembrados y sembraron plátano, maíz, aguacate y guanábana. De nada valió la demanda a la inspección de policía de Irra y las amenazas de Mara Valencia, que huyó chamuscado por los tiros de escopeta.

Empezó la caña

A los tres años de las siembras empezaron a sacar caña que beneficiaron en un trapiche cercano, fue un tiempo difícil para los labriegos acosados por el hambre y las necesidades y por las amenazas de Manuel Espejo.

Sabían que en el gobierno de Lleras Restrepo las armas oficiales no los iban a atropellar y esto también lo sabía el propietario de  Aguasalada que prefirió negociar con los invasores: Manuel Espejo les ofreció un lote de 6 hectáreas por la suma de $15.000 que era mucha plata y poca tierra. Ante la negativa Espejo propuso cambiar los lotes mejorados por otros en la montaña. Los antiguos terrazgueros no aceptaron esas propuestas pero aceptaron que un evaluador de Bogotá llegara a los predios y cuantificara el valor de los cultivos para llegar a un acuerdo.

-Pregunté cuántos racimos da una mata de plátano- le sugirió  Jorge Tabarquino al funcionario del Incora, pregunté cuantas papayas produce esa penca…  el  supuesto técnico mordió el anzuelo e  hizo las absurdas preguntas poniendo en evidencia su ignorancia.

-“Usted no tiene idea de lo que está hablando”- le dijo Tabarquino y  el evaluador a toda prisa se retiró del lugar  ante la mirada furibunda de los agricultores.

Al fallar las negociaciones Manuel Espejo amenazó con carabinas pero nada arredró a los ocupantes de Aguasalada. “Traigan los fierros que tengan para que veamos que pasa”, fue la respuesta de Tabarquino ante el despliegue guerrerista. Los Espejo demandaron ante las autoridades de Pereira buscando el desalojo de sus tierras y  los invasores acudieron a la cita con el temor de quedar presos.

 Hacía dos años que Manuel Espejo no recibía  los arriendos de Aguasalada, ante los cual los cultivadores los habían consignado en la Caja Agraria. Contra todo lo previsto el encuentro fue muy cordial; los campesinos demostraron que pertenecían a  la Asociación de Usuarios Campesinos, ANUC, y se propuso acudir a la ley  para solucionar las divergencias. Tras largas conversaciones  Manuel Espejo vendió la finca al Incora y por fin los aparceros de Aguasalada tuvieron su pedazo de tierra.

 

La finca Trujillo

Treinta y cinco aparceros laboraban en la finca Trujillo  de Eduardo Gartner de la Cuesta, corrían el rumor de una invasión  y para evitar  que los aparceros tomaran posesión de su hacienda, Eduardo Gartner pretendió echar a Pedro Pablo Gañán del lote que trabajaba para dejar a los aparceros sin su líder.

Gañán se dirigió a las oficinas del Incora en Pereira donde lo recibió Amparo Cadavid quien le  buscó cita con el doctor Camacho, un funcionario “bajito, de gafas y muy formal” a quien Gañan  dijo que lo iban a sacar de Trujillo, donde había nacido, criado y convertido en un labriego trabajador y honrado. Gañán preguntó que hacer para que él y sus compañeros no fueran condenados a la miseria.

-¿Por qué viene solo?-  preguntó Martín J. Camacho a Pablo Gañán.

-Porque los otros son riqueros y pendejos y les da miedo luchar por sus derechos-

– Venga con tres o cuatro, veremos que se puede hacer- le respondió Camacho.

A la semana siguiente Gañán regresó a Pereira con Aníbal García, Carlos Hernández y Efraim Calvo e iniciaron las diligencias para Incorar a Trujillo, una enorme hacienda de  401 hectáreas perteneciente a una sola persona.

-Primero tienen que arreglar las cuentas con el señor Gartner- les comunicó  Camacho.

-Es correcto. Nosotros le debemos los almudes de arriendo del último año. Yo por ejemplo adeudo ocho almudes de catorce kilos, pero es que no me ha quedado nada de la cosecha-

– Hombre, ustedes deben pagar para adelantar cualquier diligencia-

Los aparceros se miraron entre sí y Gañán pensó por sus adentros que hasta ahí les había llegado la dicha.

-Doctor, no tenemos como pagarle al señor Gartner-

-Bueno hagamos una cosa, yo les presto la plata-

Ese mismo día les prestaron $2000 que era muchísima plata en ese entonces. A Gañán y sus compañeros  les temblaban las manos al recibir el dinero.

Carlos Hernández llevó una  carta a Eduardo Gartner quien a la semana siguiente se reunió con los aparceros en las oficinas del Incora  en la ciudad de Pereira. Cuando el propietario de Trujillo  salió de las oficinas, Camacho estableció los últimos puntos de la negociación y dio orden de medir la finca para parcelarla.

Al salir Eduardo Gartner se despidió de Amparo Cadavid y en voz baja le dijo: “Quién lo ve  y sin dinero ni letras me ganó la batalla”.

*alcartob @ gmail.com. Historiayregion. blogspot.com.

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