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Pereira
lunes, enero 30, 2023

El último en salir paga

Deyvi Gutiérrez

Aún no se anunciaba el alba y de los carros de basura se bajaban esos trajes verdes abotargados, con franjas reflectoras horizontales en las mangas y estómago, para levantar las canecas con las que alimentaban esos grandes escarabajos metálicos que por el momento eran los únicos en llenar de ruido la madrugada del domingo. La música se apagaba a nuestras espaldas mientras observábamos a esos abnegados trabajadores de la empresa de aseo. Pensé en lo poco preparado que estaría yo para esas amanecidas intrépidas y despiadadas. Había algo poético en ellos a esa hora, bajo la luz de unos tragos y el frenesí nocturno que teníamos. El centro de la ciudad era como el estómago de un cuerpo más grande, donde se concentraban más desechos, y necesitaba esos organismos que en las horas adecuadas lo ayudaran a procesar y expulsar el sobrante. Recordé que en mi bolsillo había guardado la envoltura de una chocolatina Jet y antes de que levantaran una bolsa negra junto a un poste, metí el empaque por un agujero al lado del nudo sintiéndome un ciudadano suficiente.

Unos minutos antes, los ruidos salían de dos lugares contiguos en la esquina de la calle 27 con carrera 5ta. Ruidos que llegaban sofocados hasta el andén donde me fumaba un cigarrillo mientras pensaba en si quedarme en uno de los lugares o pasar al otro: estaba San Gregorio, tras de mí, en la acera de la esquina y del cual la música salía con más o menos rabia por las puertas; diagonal hacia arriba por la calle 27 estaba La Sonora Ponceña de donde por momentos atrapaba el ritmo y la letra de «La temperatura» de los hermanos Lebrón, cuando ya se acercaba el final de la hora legal de fiesta en Pereira.

Expulsados de la música cálida, fuimos mermando conforme las resonancias también lo hacían: resonancia de la música, del baile, las palabras, los rostros recién conocidos. Fuimos hasta el parque Gaitán que siempre tiene una sonrisa nocturna, unos brazos de sus árboles meados que hacen señales de bienvenida con sus ramas. Quedábamos Juan José, el poeta Dufay y una mujer que recién había conocido. Todas las sillas del parque estaban ocupadas. Antes de ingresar en él identificamos el primer grupo de conocidos que pronto nos ofreció un festivo saludo a la distancia. Yo tenía un paquete de papas vacío en mi mano izquierda y una colilla de cigarrillo en la derecha que tiré al suelo antes de que Dufay comentara: «El cigarrillo es un vicio muy curioso, los que fuman tiran eso por ahí folklóricamente, como si…», se interrumpió en elipsis sardónica que yo no tardé en completar mentalmente: «… como si desapareciera». Sí, yo lo aceptaba y al tiempo sofocaba la imagen de esa falta en mi cabeza; estaba mal acostumbrado. Agarré la colilla, triste por ser tan consciente de ello, pero tranquilo por hacer lo que debía. Y junto con el empaque de las papas tiré todo en la caneca que estaba a unos metros. Mientras lo hacía pensé en esa costumbre adquirida que llevaba haciendo hace algunos años, la de guardar pequeñas basuras en los bolsillos o en el bolso antes de encontrar donde dejarlas. Al principio me sentía un ciudadano diferente, más cívico, luego lo seguí haciendo sin pensarlo mucho. Incluso luego de haber ido al relleno municipal y salir escéptico de allí al ver que ese esfuerzo no tenía la repercusión que yo le daba; el fin de esas basuras sería el mismo de las otras.

Poco antes me había invitado el ingeniero Luis A. a revisar la posibilidad de un proyecto tecnológico dentro del relleno de Combia, lugar donde iba a parar toda la basura de Pereira. Vi secciones copadas, que eran cubiertas con capas de tierra que parecían no ser suficientes cuando veías los tractores y excavadoras empujar y tirar los terrones sobre los desechos. Pensaba en si era un precio necesario de nuestra civilización, cuando Luis me trajo de regreso con sus palabras y gestos. Su mano estirada y su dedo apuntaban a unos árboles agradables y uniformes. « Mira ese bosquecito», me advirtió. Giré y asentí. «Fue el primer lote usado para almacenar basura, era como esos otros que viste allá». Antes de que le preguntara sobre los árboles me dijo que era un tipo importado cuyas raíces eran superfluas y jamás alcanzarían la basura que tenían debajo. Los otros montes también tendrían su tapete y su bosquecito en un futuro. Tapando una basura que tardaría por lo menos mil años en descomponerse. En lugar de pájaros cantando, las ramas se llenaban de gallinazos custodios. Pronto necesitarían comprar terrenos de vecinos para cumplir con la misión, escuché que me decía Luis sin pudor cuando regresábamos a Pereira.

Es una manera de manejar las basuras que tarde o temprano nos saldrá al paso. La gente deja sus canecas y bolsas para ser recogidas, como cuando se tira una colilla de cigarrillo y se espera que haya desaparecido del suelo así como lo ha hecho de la mente al abandonar nuestras manos.

En ese tema sucio no deja de estar implícita una filosofía de nuestra especie, un acento espiritual. Confiar que lo que sigue luego de botar nuestros desechos va a ser ideal, queriendo ignorar que en últimas esa pequeña cantidad va a engrosar milímetro a milímetro alguno de los rellenos periféricos. Es una fe humana que deposita la responsabilidad en otros, empezando con figuras cercanas hasta fuerzas incorpóreas y definitivas. Desde pequeños es en nuestros padres. Hay una confianza total en su infalibilidad, que se va desgastando mientras nos vamos abriendo hacia el mundo. Lejos de perderse esa vocación, es como si se depositara como una vía natural en otras autoridades: quienes nos educan. Lo que nos van depositando en la cabeza cada año debe ser el conocimiento supremo de la especie, ¿por qué no lo sería? Con algunos desacuerdos propios de ciertos momentos, también depositamos confianza en quien nos gobierna, para no preocuparnos mucho sobre si en realidad nos llevan por el camino correcto; como la administración municipal, a la que le confiamos el manejo de las basuras.

Si de golpe volvemos a aquel momento en el que queda en evidencia la posibilidad de fallo de nuestros padres que antes todo lo podían, sabríamos que para las otras autoridades aplica la misma regla. Le pasamos a alguien el problema, este se lo delega a alguien más capacitado que finalmente se lo deja totalmente al encargado. Cada cual libre de responsabilidades, naturalizando así una forma de proceder. Al final el encargado valiéndose de sofismas, estándares, protocolos que podrían variar los próximos 15 o 20 años da por concluido un asunto, dejando en realidad un problema que apenas acaba de empezar. Es escalar en las responsabilidades porque hay otro que se hace cargo y cuando quisiéramos saber del último encargado solo encontráramos al penúltimo para ofrecernos los hombros recogidos. El problema del mundo. Incluso esos, quienes están convencidos de dirigir el destino de la especie, de estar por sobre la mayoría ignorante y confiada, no se salvan de que siempre haya un responsable más. Uno oscuro, difuso e indefinido.

Volví al parque Gaitán después de irme un rato con la idea de las basuras a pasear por mi cabeza. La música que había dejado de oír por un rato volvió a agarrar consistencia en mis oídos. Poco después de que el alba se anunciase abordé un taxi, de esos que se hacen a un costado del parque; algunos amigos que quedaban hicieron lo propio. Conforme el taxi atravesaba Pereira, luego el viaducto para seguir a Dosquebradas y continuar sereno por la vacía avenida Simón Bolívar de esa hora, yo sabía en qué lugar me iba a bajar, y pensaba en el mundo, en si este sabrá bajarse en algún punto.

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