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martes, febrero 7, 2023

El Séptimo Sentido, viaje filosófico a la Polinesia

Se trata de conectarnos con la naturaleza en vez de intentar controlarla; de solidarizarnos con el otro en lugar de competir con él; de preferir la humildad en vez de la autoglorificación.

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

La Polinesia es algo más que un conjunto de minúsculos paraísos insulares dispersos por el océano Pacífico. Algunos la llaman “Meganesia” para describir con mayor precisión su tamaño. En los mapas modernos se aplica este nombre a todas las islas que se encuentran entre el archipiélago de Hawai’i Nei (islas Hawai), Rapa Nui (isla de Pascua) y Aotearoa, un par de enormes fragmentos continentales con pequeñas islas adyacentes que componen Nueva Zelanda. Son muy conocidas algunas de ellas: Samoa, Fiji, archipiélago de Tahití, Cook, Tonga y Chatham y los dialectos malgache, tahitiano, maorí y hawaino, entre otros, todos pertenecientes a la troncal lingüística y cultural malayo–polinésica.

Este mundo cultural paradisíaco que parece muy lejano, nos ofrece una manera sencilla y radical de pensar y vivir basada en una sabiduría de dos milenios de antigüedad: la de los kanaka Maoli (hawainos de pura raza). Ésta se ha adelantado a muchos avances científicos recientes en física, psicología y medicina (PNI o Psico–neuro–inmunología y PNC o Psico–neuro–cardiología). Los habitantes de la Polinesia (alrededor de dos millones), conocían los secretos de una vida dichosamente conectada y los practicaban a diario. Son los científicos más completos que nos podamos imaginar: comprendían el rumbo de los planetas y las estrellas, interpretaban el oleaje marino, construían piscifactorías, etc.

Lo que se conoce como “el triángulo polinesio” es más un modo de vida que un accidente geográfico. No está representado con exactitud en los mapas occidentales: no tiene límites; no es un territorio que se deba proteger o conquistar; no tiene fronteras para ser vigiladas. La Polinesia es una representación oceánica tridimensional, una trinidad venerada compuesta por humanidad, divinidad y naturaleza.

Hacían largas travesías en canoas muy pequeñas con sus instrumentos de navegación. Sabían descifrar amorosamente las indicaciones de las olas, las estrellas y las criaturas del mar. Cientos de años antes de que los vikingos se hicieran a la mar para conquistar y saquear a otros pueblos, los polinesios ya habían navegado el ancho océano Pacífico a base de aprender de él y de aceptar alegremente sus insondables misterios. Los polinesios, unidos por una cultura común y por lenguas semejantes entre sí, se dispersaron sobre miles de millas marinas en un archipiélago triangular invisible que cubre una tercera parte de la superficie terrestre.

Aquellos isleños tenían algo que conmovía extrañamente a los exploradores e incluso los entristecía, pues quizás veían en ellos sus propias posibilidades desaprovechadas al tratar de hacerse a una vida más dichosa. Para los polinesios la vida no es lineal. Son hijos de la tierra y su concepto del aloha ’aina (amor a la tierra), es esencial dentro de su concepción integral de la vida. “Estamos en nuestro hogar. Aquí vienen muchas personas que parecen perdidas y sin hogar emocional o espiritual. Se mueven constantemente de un lado a otro, pero no son capaces de vivir en ninguna parte. Nos encanta el hecho de estar en nuestro hogar que es el mar… Nunca nos marcharemos, porque nosotros somos este lugar”.

Un nativo hablaba sobre el encanto de estos parajes insulares: “Muchos creen que somos unas islas lejanas en el mar, pero nosotros no lo vemos así. Los continentales viven en ciudades y en países separados por fronteras terrestres. Nosotros formamos parte de una gran familia conectada por el mar. Viajamos por caminos de agua. Tenemos unas islas pequeñas alejadas de las islas mayores que los occidentales llaman continentes. Sus “continentes” no parecen unidos por nada.

Piensan en términos de rayas y fronteras… Quizás fue eso lo que les hizo creer durante tanto tiempo que la tierra era plana. Nosotros sabemos desde hace miles de años que la tierra es una isla en el mar cósmico. Todos somos navegantes aquí, no propietarios. Todos vamos en una canoa por el cielo”. Los polinesios son unos Peter Pan del Pacífico. Han desarrollado un sistema “sanitario” para vivir juntos, resolver sus problemas y encontrarle placer a la vida de una manera muy diferente y superior. Un kupuna (sabio anciano hawaiano) afirmaba: “Decían de mi gente que eran unos salvajes. Ahora que vemos cómo viven esos occidentales, nos preguntamos quiénes son los verdaderos salvajes…

El modo en que la salud y la felicidad no solo están conectadas entre sí, sino ligadas con el mundo que rodea al ser humano. Aquí se enseña un nuevo camino al bienestar, “un hula sano”, es decir, aprender a bailar con los demás al ritmo alegre y armonioso del tambor de la vida diaria. Ese hula nos ayuda a conservar el pono (equilibrio) y a mantenernos en pololei (conexión) con los demás. Los polinesios nos enseñan lo que los estudiosos de estas culturas, llaman “la salud por el placer” o “la receta del placer”. No se trata de hacer gravosos esfuerzos físicos o mentales o de mantener extenuantes dietas alimenticias. La propuesta estriba en presentar un camino alternativo y novedoso.

Los cinco principios del aloha como forma de vida, tomados de los actuales kapuna (ancianos), kumu (maestros) y kahuna (sanadores o guardianes del secreto) polinesios son: la paciencia expresada con perseverancia (Ahonui); la unidad expresada armoniosamente (Lokahi); la cordialidad expresada con simpatía (’Olu’olu); la humildad expresada con modestia (Ha’aha’a) y la amabilidad expresada con ternura (Akahai). Estos principios, según ellos, aportan salud, bienestar, felicidad y longevidad. La plenitud está basada en abrazar la vida compartiendo su carácter sagrado con los demás. Allí, la vida diaria se caracteriza por preferir la paciencia y dejar a un lado las toxicidades de la urgencia…

Se trata de conectarnos con la naturaleza en vez de intentar controlarla; de solidarizarnos con el otro en lugar de competir con él; de preferir la humildad en vez de la autoglorificación; de ser empáticos obviando la hostilidad que nos aleja de los demás. El agotamiento mental y físico de millones de personas estresadas y agotadas por el trabajo cotidiano conduce a lo que los polinesios llaman “una vida haole” (ha: aliento, hole: sin). La vida haole es una existencia precipitada que busca un “mejoramiento” inalcanzable y deja a la persona desconcertada y fatigada. Los nativos de las islas del Pacífico afirman que para llevar una vida alegre y sana debemos seguir nuestro “séptimo sentido”.

El aloha es ese impulso instintivo que nos mueve a hacer lo agradable y sano (alo: compartir, ha: aliento). Significa compartir el aliento de la vida. El séptimo sentido es un conocimiento que está más allá de los sentidos físicos y psíquicos. Nos conduce a lo más básico y necesario para vivir una vida verdaderamente sana y dichosa y nos aparta de las cosas que nos despojan de nuestra capacidad natural para el placer. Existen planteamientos alternativos que buscan resolver el síndrome del “estar quemados” (karoshi en japonés), ese agotamiento que padecemos debido al dis – estrés. El mundo occidental ha diseñado varias técnicas de control del estrés, pero no llega a1 afrontar las fuentes del mismo.

En consecuencia, la reducción del estrés pasa a ser una de los imperativos categóricos de la vida. La filosofía oriental considera que vivir sumido en este estado, es señal de fracaso lo que impide llegar a la auto–iluminación y afirma que la introspección puede aliviarlo. Los polinesios sostienen que, cuando nos dedicamos a mirar hacia dentro de nosotros, descuidamos nuestras relaciones interpersonales y con el mundo lo que nos sumirá en una inmensa soledad. Una conciencia del todo nos cura, en muchos casos, pero sólo podemos sanarnos de verdad cuando nuestro yo deja de existir. “Cuando tengas dolor, ábrete; cuando llores, aguanta; cuando tengas miedo, aférrate; cuando llegue el momento, renuncia.

“Mahalo nui loa” (muchas gracias) por compartir con nosotros este viaje a la filosofía de los polinesios en esa frágil y fugitiva búsqueda de un nuevo camino (“el séptimo sentido”) hacia el bienestar personal y la felicidad que sólo los lograremos a través de ese trasegar por el sendero de las penas, las alegrías y las experiencias compartidas… “A hui hou n” (hasta pronto)

gonzalohugova@hotmail.com

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