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martes, febrero 7, 2023

El furor divino en Octavio Escobar Giraldo

Alan González Salazar

Con una minuciosidad de detalle que no deja escapar ni un alfiler, Octavio Escobar Giraldo sorprende al lector con un relato intenso, en donde dibuja las cordilleras, las colinas a las que el viento erosiona sin clemencia, la niebla de Manizales, en su libro Después y antes de Dios el puñal busca el corazón, es un libro que enseña a escribir, ya que se adentra en el crimen y en los aspectos sombríos de la psiquis humana con un estilo mesurado, con un don de análisis al mismo tiempo fuerte y minucioso unido a un humor y a una gracia fecunda, el autor sabe ser ágil en los momentos dramáticos, asunto bien difícil cuando el hilo de la ficción lo resuelve un personaje terrible, el conocido “héroe negativo” de la literatura, una mujer de la “alta sociedad” caldense, persona por demás perversa, de la especie mística, es decir, la más peligrosa, que prefiere morir antes que enfrentarse al descrédito y la miseria, que quiere vivir la intensidad del pecado y la magnificencia del perdón.

     Narrada en la intimidad de la primera persona, esta voz nunca devela su nombre, los demás personajes se dirigen a ella con el apelativo de “doctora”, quizá por su formación en Derecho y el “abolengo” familiar, la novela despliega todos los elementos de la locura y el crimen –propios del género negro en el que se ha especializado el autor- esto en el primer capítulo, escrito con maestría, ya que las cuatro partes restantes del relato solo son el desarrollo del primer acto –dividido en cinco partes, al igual que la tragedia clásica- hay proporción y ritmo y fuga:

“Me gusta la desolación de los almacenes cerrados; cruzar el centro morosa, ensimismada, para después subir a Chipre y hundirme en la niebla.”

     La ciudad de Manizales y el carnaval, la Feria, sirven de telón de fondo, la vida pública, la novela transcurre entonces en los primeros días de enero y a finales de los años noventa, en el clímax del conflicto armado –la guerra entre paramilitares, la guerrilla y el Estado-, este es el escenario en el que la “doctora” ofrece su sacrificio, después de confiar toda la fortuna familiar –y un crédito bancario- al párroco de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús, Daniel Ardila, quien, bajo la promesa de un alto rendimiento económico, al fin decide fugarse con el capital de varias familias adineradas de los barrios Palermo y Sancancio… En fin, la trampa en que muchas personas caen por ambición, de forma cíclica sucumben los adoradores del dinero y el prestigio social.

La novela, sin lugar a dudas, toma muchos de sus motivos de la prensa roja, de la vida cotidiana, en la ciudad de Manizales, por ejemplo, ya se tenía registro del sacerdote Carlos Alberto Muñoz Giraldo, quien huyó del país a finales del año 2005 con algo más de 2.500 millones de pesos. La “doctora” no tiene cómo ocultar a su señora madre, doña Carmelita, el robo del que ha sido víctima, es así como, bajo el calor de los reclamos, termina por causarle la muerte con el cuchillo de la cocina. Una discusión doméstica puede terminar en un cuadro dantesco, es lo que parece advertir el escritor, quien hace entrar al final de esta primera parte a Bibiana, para desplegar en los cuatro capítulos restantes los personajes secundarios, con un talento que hace de esta obra un ejemplo del género.

 

 

 

 

 

 

 

 

     

Muerte

Bibiana, joven riosuceña que ayuda en el aseo de la casa, encuentra a la “doctora” bañada en sangre, inmutable, con los brazos tendidos sobre el cadáver de su madre y su reacción, a lo sumo, puede resultar paradójica al lector, ya que le ayuda a huir porque ya se ha convertido en su amante, por impulso sigue a Bibiana, y solo lee La Biblia: “quería bajar y bajar, olvidarme de la luz, del mundo visible”. Es el ángel caído que al fin cumple la voluntad de Dios, ya que: “Para quienes tenemos verdadera fe, la muerte no es un problema”. Ella alarga la oscuridad hasta el límite: “Hay momentos en los que uno se deja, se diluye, y sólo queda una especie de infelicidad y una neblina.” Desea, como muchos, la tranquilidad de la conciencia, se examina y no logra el acto de la contrición: “no entiendo lo que significa”, puesto que perdonar siempre ha sido difícil para ella, el lector asiste al drama místico, al fracaso cultural, político de una generación que, bajo la ideología conservadora, produce ánimos orgullosos y exacerbados, despóticos, lujuriosos en el poseer y el mandar, es una generación que se desmorona en su vértigo de infinito y que obra el mal que no quiere: “Debe ser porque Dios no tolera a los débiles”.

     Ella, la “doctora”, la guía impávida del relato no se permite un “tú” con Bibiana, la indiscreción de sus ropas la ruborizan, solo por cortesía se comunica con ella en tercera persona, con un frío “usted”, a pesar del tiempo vivido en esta casa de campo –en donde se refugian después de huir de la ciudad- patrullada por el grupo paramilitar La Ganadera, con trincheras, propiedad de un loco amigo de la inmobiliaria, Romnel Arias, aquí la “doctora” decide refugiarse y aquí muere también, de forma violenta, Bibiana, dejándole solo su “beso de aire puro”.

   

La retienen

Luego la retienen y la torturan y en párrafos enteros debe uno contener el aire, porque el gran logro del relato es su meditación, sus reflexiones frente a la muerte: “Llovía en mis sueños y las gotas pasaban a través de las cosas”. Todos los gestos del narrador son de despedida, crepusculares, ella, dentro de la nostalgia enfermiza frente a su pasado, frente al padre muerto hace años, pasa con los pies descalzos sobre las ruinas de su infancia, la ciudad de Manizales se aprecia en la novela desde todos los ángulos, dentro de los edificios y fuera de sus calles, en el sector rural, bajo la fiebre o la melancolía de un ser que quiere ser luz, que se busca ahora dentro de sí: “Y en la soledad una casa, un potrero, algunas vacas sobre el pasto verdeazulado”. Las palabras centrales del relato son la soledad y el miedo, estas guían al personaje hacia la conquista incierta de su propio destino, en la doble vía de huir de sus actos y en el trayecto reencontrar la infancia perdida al lado del padre, un ser igual a Dios, para ella el “antes” y el “después” son equivalentes o iguales en el infinito, por miedo a la muerte, a la inmensa nada, se inventa un paraíso para su madre, se inventa un alma ¡cree en la eternidad! ¡En otro mundo! Platonismo de vereda donde el cuerpo se vuelve a presentar como la “cárcel del alma”: “Me consolaba saber que para entonces su cuerpo ya solo sería una cárcel vacía y ella estaría disfrutando del descanso eterno en la contemplación de Dios”. Este cuadro contiene la furia de los colores intensos de El Greco, en lo profundo de su oscuridad, tan ágil se mueve, tan alto, que en su seno nace el pecado como iluminación, como acto místico, en su eterna caída:

“Durante el descanso yo pensé, con los ojos fijos en el vacío, en dejarme caer, en aplastarme contra el piso con una sonrisa feliz, triunfadora”

La gran realidad

Son los cielos amenazantes de Toledo, sus murallas, las torres góticas elevándose, un cuadro de El Greco que bien le sirve al autor para ilustrar la carátula de su novela, donde, como se ha tenido oportunidad de señalar, Dios es el gran enigma y la “gran realidad” del narrador, la fe es aquí un acto de voluntad desmedida, la fe que aún hoy es objeto de especial atención por parte de la psiquiatría, se manifiesta en ella como un ardor, en últimas podemos recurrir a un verso de Baudelaire para definirlo, que ve en el dolor la “nobleza única”, la “doctora” ve en los tormentos de la conciencia un camino hacia Dios.

      Asimila emociones complejas y sabe encarnar estas pasiones en personajes que gozan de una psicología definida, propia, con un gran anhelo frente a la vida, novela corta que demuestra que Octavio Escobar Giraldo sigue consagrándose como un creador representativo de la literatura nacional, un maestro que amplía las fronteras del género, puesto que los recursos técnicos y estilísticos de los que se sirve son de alta precisión. En sus manos, el dispositivo de la novela se esgrime y se usa para sorprender y herir, se sirve de este género para expoliar la vanidad y la vileza y la mentira social, con un gusto en lo perverso que hace que sus personajes muerdan con la risa; con un ritmo punzante, claro, que no cae en falsos recursos retóricos… en pocas palabras, ¡genial!   

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