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Pereira
lunes, febrero 6, 2023

EL DEVENIR DE LA CIUDAD

I SUEÑOS DE CIUDAD

Pereira delirio y quimera

diagramada entre noches   

de febriles anhelos

soñada pasión de quijotes

visionarios y profetas.

Herencia de indomables hacheros,

que apostaron su vida y su conciencia

por alcanzar la utopía

de levantar una ciudad

iluminada eternamente

con la luz de las estrellas.

 

II  PIONEROS

Hasta el verde infinito del valle

al pie de las rudas  montañas,

un puñado de osados valientes

sangre, tesón y coraje

llegó para escribir con proezas

la epopeya de la raza pereirana.

Allí, bajo un sepulcro de ruinas

donde yacen como escombros

de la Cartago de Robledo

las calles, las casas y las tapias,

entre frondas y rumores de río,

entre la silvestre tonada de las aves,

en un retazo de suelo abrazado de montañas se inició la histórica jornada.

Al son de metálicos golpes

de hachas, machetes y azadas

blasones de aguerridos labriegos

que sumando  atardeceres y alboradas,

fecundaron la tierra

y en un parto con temple de hazaña

nació del Otún la perla,

Pereira, verde canción de montañas.

 

IV  TRAZOS DE JUVENTUD

Pereira joven y tierna,

luciendo sus casas de cal y de guadua

sus calles tejidas de piedras

sus aleros refugio de afectos y edades doradas, sus ventanas soñando horizontes

con mozas amables y guapas,

y sus noches de amores furtivos

de rimas, de versos, canciones, tonadas.

La joven Pereira derroche de gracia

paraíso, remanso, albergue de ensueños,

cobijo de abuelos, rincón de añoranzas.

 

V  LA CIUDAD SE VISTE DE CEMENTO

La ciudad se fue sumando calendarios

cruzaron el tren, las bicicletas, el tranvía,

y las calles de cabalgaduras infinitas

se vistieron de cemento y los automóviles llegaron para aplastar las herraduras,

se ahogaron las campanas con el ruido de la fábrica.

Creció la ciudad…  cayeron vencidos los recuerdos, detrás del olvido quedaron las estoicas hazañas y los viejos…  dejaron de morirse de viejos…

para morirse de nostalgia.

 

VI  ESTA CIUDAD DE AHORA

Esta ciudad de ahora,

Pereira, corazón de caminos,

rosa de los vientos señalando horizontes

cálido y sosegado lugar para el encuentro,

Pereira con sus noches de bohemia,

con sus aromas de café y de tierra fresca,

con sus gentes armadas de sonrisas,

con un paisaje de nieve delineado en las alturas, con soles inmensos

pintando de arreboles las tardes y los sueños.

Pereira con mujeres temple de amazonas

con sus hombres curtidos en la brega,

con los bambucos universales del Poeta de la Tierra y con la ruana y con el tiple como emblemas.

Pereira tierra de querencias y de abrazos

inagotable fuente de la que beben los poetas.

Hernando Taborda M.

 

 

PEREIRA BAMBUCO Y VERSO

Vino por fin la aldea

con sus casas arropadas de guadua,

con sus techos humeantes,

con sus callecitas de sol

y con sus patios de labranza.

Y con ella llegaron sus gentes:

Acudieron las matronas

juntando avemarías

en las cuentas del rosario.

Vinieron los tipleros

para exorcizar angustias

para alegrar las noches

con sus trovas y sus cantos.

Llegaron los arrieros

seducidos por la tierra de los sueños

para cargar sobre los lomos

de las recuas trashumantes

el mundo y sus inventos.

Asistieron al encuentro

los poetas y sus versos

y en un parnaso de ensueño

entre las cuerdas de un tiple

con el sabor de la tierra

germinaron los bambucos.

Y de la aldea de entonces

tan sólo quedan recuerdos

de una estirpe de titanes

que diagramó entre sus sueños

la historia de una ciudad:

Pereira bambuco y verso.

 

I ESTA TIERRA SAGRADA

Antes, mucho antes

que América  fuera América,

cuando el sol era el amo de la Tierra,

cuando la arcilla dejaba de ser arcilla,

para ser vasija, cántaro,

cuando la piel color del cobre

copaba los espacios tapizados por el verde,

cuando se tejían las mantas como sueños,

cuando se vivían los tiempos del arraigo

y los viejos pesaban más que las montañas;

mucho antes  que América fuera América

cuando el oro valía menos que la sangre

y los ríos eran las arterias vivas de la Madre Tierra, cuando la nación aborigen era libre

y libre transitaba el horizonte

cuando buscaba aún, en las huellas del tiempo

las míticas escenas:

aquellas donde los dioses forjaron universos.

Antes, mucho antes que se precipitara la tragedia.

Aquí, entre los manantiales,

entre el verdor de los ramajes,

y el eterno azul de las montañas, le vino a la tierra una estirpe de hombres y mujeres:

eran los altivos Quimbayas

los enhiestos paladines

los guardianes de la vida.

Aquí el lugar de los ancestros.

Aquí la tierra sagrada.

Aquí el sagrado recinto de la Nación Quimbaya.

Antes, mucho antes…

cuando el tiempo era una sucesión eterna

de soles y de lunas, cuando el áureo metal cobraba vida entre las manos, cuando el maíz brotaba como regalo de la tierra, cuando el sol de los venados despedía las tardes,

y los viejos de cetrinos rostros agobiados por el tiempo acudían a la cita, al abrazo  con la Tierra Madre envueltos en el traje arcilla y vasija, ataviados para el eternal viaje hacia el mundo de los muertos.

Antes, mucho antes del holocausto:

aquí, en este lugar hubo una tierra sagrada de vernáculos ancestros.

Aquí el sagrado recinto donde antes, mucho antes, cuando América aún no era América

plasmó su huella eterna, la nación Quimbaya.

 

FUNDACIÓN

Aquí bajo la tutela sempiterna

de las montañas albas,

la historia preservó el espacio

morada, paraíso heredado,

verde infinito de feraces suelos,

destinado a la indomable raza.

El sino de la nueva ciudad estaba escrito.

Se elevaron las hachas

hasta vencer a los gigantes,

y sucumbió la selva ante el arrojo de los héroes, se sumaron los sueños y los brazos y una a una se fueron levantando las moradas.

Los aguerridos pioneros

hombres y mujeres dotados de arrojo y esperanza vencedores de miedos y duendes y batallas, escribieron con su gesta  la historia de Pereira, de esta ciudad que surgió de en medio del olvido y de la nada.

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