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domingo, febrero 5, 2023

El bibliófilo y el rey

Gustavo Colorado Grisales

(Para  mi hermano Juan Carlos Pérez, mi dealer personal de libros)

En 1992 el escritor español Arturo Pérez-Reverte era corresponsal de guerra en los Balcanes. Entre  otros muchos horrores, le  tocó ver y reportar la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo, un centro cultural que hasta ese momento había sido punto de encuentro para la multiplicidad de pueblos y lenguas que componen el mapa de  la región: árabes, turcos, gitanos, eslavos, latinos y africanos del norte enriquecieron durante siglos el patrimonio de la humanidad con sus relatos, sus cantos, sus poemas , sus ritos, su arquitectura y sus plegarias.

De repente, la vieja y conocida irracionalidad humana se abatió sobre la biblioteca y la redujo a escombros. Abatido él también, Pérez-Reverte escribió:

“Cuando un libro arde, cuando un libro es destruido, cuando un libro muere, hay algo de nosotros mismos que se mutila irremediablemente. Cuando un libro arde, mueren todas las vidas que lo hicieron posible, todas  las vidas en él contenidas y todas las vidas a las que ese libro hubiera podido dar, en el futuro, calor y conocimientos, inteligencia, goce y esperanza. Destruir un libro es, literalmente, asesinar el alma del hombre”.

Idéntico sentimiento de indignación y dolor debieron sentir los hombres y mujeres que, en distintos momentos  de la historia, vieron desaparecer, a manos de otros hombres, libros, pinturas, esculturas, partituras y  museos. Desde la  antigua Babilonia hasta la  Guerra de Irak , el enorme edificio que llamamos civilización ha sido blanco predilecto de quienes quisieran  borrar de la tierra todo rastro de humanidad que los ponga en evidencia.

QUEDAN HUELLAS

Por fortuna siempre quedan huellas. La literatura está hecha de huellas. El escritor es alguien que va en busca de los rastros físicos y  espirituales que todos dejamos en nuestro paso por el mundo. Por eso, el conocido tópico nos muestra a Scherlock Holmes embozado en la niebla londinense y armado de una enorme lupa, siempre siguiendo alguna pista real o inventada.

La imagen vale para todos los autores, no sólo para los de historias de suspenso. Aunque… la vida toda es la mejor entre las novelas de suspenso.

Sin esos seres laboriosos y pacientes, los actos humanos grandes y pequeños serían borrados por el tiempo y la muerte que, al fin  y al cabo, son la misma cosa. Los escritores pues, y antes de ellos los aedos y rapsodas, son los guardianes del conjuro -el único- que nos depara la ilusión de permanencia frente a la irremediable disolución:  las palabras,  esos sonidos que, según lo consignado en las religiones más disímiles, fundan  el mundo.

En un principio, esa memoria se conservó y transmitió a través de la oralidad: todos guardamos como un tesoro la imagen de los viejos contando historias a la luz de una vela o de una lámpara. Eran los encargados de cuidar la historia de la familia, de la comunidad, del pueblo, del mundo en suma. Casi siempre lo hacían en versos, que es la forma más fácil de memorizar. Pero no se conformaban con recitar  lo aprendido: un día si y otro también, añadían algo de su propia cosecha hasta convertir el relato en un coro de voces que ampliaba los límites del universo.

A su modo, los viejos hacían suyo el ritual de los seres anónimos que grababan con fuego en su mente las epopeyas  forjadas -eso nos dicen- por alguien a quien llamamos Homero. Poco importa en realidad si existió  o no un autor con ese nombre: siglo tras siglo, los personajes de La Ilíada y La Odisea siguen acompañándonos como un eco de la voz de los dioses que, con sus palabras, animaron el inerte universo.

Que otros discutan la autoría de esas obras. La obsesión por la propiedad intelectual es, después de  todo, un invento moderno.

Irene Vallejo

La escritora española Irene Vallejo (Zaragoza,1979) decidió  rendir  tributo a la prehistoria personal suya y la de sus lectores, cuando las letras eran una incógnita y la lectura un imposible. En los días de infancia eran casi siempre las madres quienes les leían a sus hijos esas historias llenas de fantasías y horrores, de prodigios y misterios, responsables de las dichas y desvelos de millones de niños de sucesivas generaciones en todos los rincones de la tierra.

Cuando su madre se marchaba y la niña se quedaba sola en su  habitación sentía- como todos- que  en su mente se abrían  puertas y ventanas por las que ingresaban  criaturas procedentes de  dimensiones ignoradas. Algún día tendría que encontrar la manera de descifrar las claves del misterio.

Para  cumplir su propósito, Irene Vallejo emprendió la escritura de un libro cuyo título es en sí mismo  un poema: El infinito en un junco, publicado bajo el sello editorial Siruela en junio de 2O21.

Érase una vez junto al Nilo

Hablar de la  historia de la escritura significa, claro, remitirse a viejos jeroglíficos  grabados   en tabletas de arcilla, originadas  al parecer en los fértiles  valles del Tigris y el Éufrates. Y es aquí  donde el libro de la escritora aragonesa se revela como un feliz encuentro entre el relato y el ensayo. Sin darnos cuenta, transitamos por arenas ardientes intentando descifrar con ella esos  curiosos signos parecidos a patitas de insectos que precedieron a la invención del alfabeto como lo conocemos hoy.

Siguiendo esos rastros, aprendemos que los hombres  de esa época escribían y leían en tabletas de  barro, igual que los hijos del siglo XXI   leen y digitan en sus tabletas electrónicas.  Pronto  descubrieron que los materiales eran tan frágiles como los humanos que los fabricaban: después de todo, ambos estamos hechos de tierra.

Se necesitaba, pues, un material menos tosco, más flexible y manejable. Y entonces se dio el milagro: en las orillas del río Nilo crecían unas plantas  de cuyos tallos, después de un cuidadoso tratamiento, se extraía un material que, al secarse, cumplía una mejor función que las rígidas y quebradizas tablillas. Los humanos habían descubierto el papiro, el predecesor ilustre del papel que los fenicios, tal como hicieron con tantos otros prodigios- se encargaron de comercializar y difundir por el mundo conocido.

A partir de ese momento, la humanidad ya tenía donde fijar y acumular sus leyendas, su historia, sus descubrimientos técnicos y científicos, así como las palabras reveladas por sus dioses.

¿Están seguros de que tenía donde guardarlos?

Vamos  con calma. El asunto no es tan sencillo. Lo que desde el presente vemos  como grandes saltos a los  hombres de su tiempo les tomó siglos. El nuevo material era flexible y de más ágil manipulación, si. Pero  su origen vegetal lo hacía fácil presa de insectos, hongos y de un enemigo todavía  más letal: el fuego, ese poder tan apetecido por toda suerte de sátrapas , desde emperadores chinos hasta  individuos como Hitler, Stalin y los fundamentalistas  islámicos, pasando por el Tribunal de la Inquisición y toda una estela de incineradores de ideas.

Quemar libros- y a veces a sus autores- sigue siendo uno de los pasatiempos favoritos de los detentadores del poder. Para que no lo olvidemos, Ray Bradbury escribió esa terrible parábola titulada Farenheit 451. En ese mundo distópico emparentado con el 1984  de Orwell opera un cuerpo de bomberos al revés , cuya tarea es perseguir y destruir todos los libros existentes. Sólo puede sobrevivir uno: el manual para  ubicar y desaparecer todos los demás.

Puesto en marcha el milagro de los libros, estos se encargaron de crear su propia necesidad: la biblioteca, ese hogar de la sabiduría , como lo llamaban los antiguos. Y otra  vez hemos de volver al Medio Oriente, a la Biblioteca de Babilonia. Cuentan que fue  la primera merecedora de ese nombre… aunque en Alejandría siempre pensaron otra cosa. Lo cierto es que, según los  cronistas, la biblioteca no  tardó –es un decir- en trascender la condición de caótico lugar de almacenamiento para ofrecer al mundo un primer modelo de orden y  método para llegar a las fuentes del conocimiento.

La Biblioteca de Alejandría –, sí. La biblioteca de  Alejandro, el discípulo de Aristóteles, primer coleccionista de libros que se recuerda- se encargaría de perfeccionar esos métodos y , por ese camino, de forjar su propia  leyenda de esplendor y destrucción.

Después de ese rodeo, guiados siempre por la voz de Irene Vallejo, estamos de vuelta en Egipto. Historiadores y cronistas nos dicen que fue Ptolomeo, uno de los generales de Alejandro, heredero de  esa parte del reino después de la temprana muerte del macedonio, quien  tuvo la idea de crear una gran biblioteca en la  ciudad fundada por su líder. El propósito era digno de  Jorge Luis Borges: reunir  todos los libros del mundo, de todos los autores  y en todas las lenguas. Ciencia, poesía, leyenda, mito, filosofía, religión, culinaria. Todos los campos del saber humano tendrían cabida allí. 

En suma, la biblioteca sería la expresión espiritual del sueño político y militar  de Alejandro : conquistar y llevar el helenismo a todo el mundo conocido. Es decir, lo mismo que hacen hoy los norteamericanos, pero sin  tradición cultural. Ptolomeo se consagró a su empresa con el ahínco de  un obseso incurable. Copió, intercambió, robó y confiscó libros de todas las procedencias. En su delirio ignoró un detalle: un día los aniquiladores del espíritu habrían de reducir   su sueño a cenizas. Por desgracia, la pesadilla presenciada por Pérez – Reverte en Sarajevo tuvo sus antecedentes  veinticuatro  siglos atrás.

En Alejandría

Para que no olvidemos, Irene Vallejo nos instala en Alejandría y nos invita de paso a un recorrido de incesantes descubrimientos que llega hasta nuestros días.  A su lado, exploramos los pasadizos de la la biblioteca de Oxford, ese santuario contemporáneo de la palabra escrita. Vale decir, del espíritu de todos los hombres de todos los tiempos. 

Apenas eso.

Entre esos descubrimientos, encontramos maravillas como la siguiente, detallada en la página 164 de su libro:

“ La historia de nuestra literatura empieza de forma inesperada. El primer autor del mundo que firma un texto con su propio nombre es una mujer.

“Mil quinientos años antes de Homero, Enheduanna, poeta y sacerdotisa, escribió un conjunto de himnos cuyos ecos resuenan  todavía en los Salmos de la Biblia. Los rubricó con orgullo. Era hija del rey Sargón I de Acad, que unificó la Mesopotamia central y meridional en un gran imperio, y tía del futuro rey Naram-Sim. Cuando los estudiosos descifraron los fragmentos de sus versos, perdidos durante milenios y recuperados sólo en el siglo XX, la apodaron La Shakespeare de la literatura sumeria, impresionados por su escritura brillante y compleja”.

Enheduanna fue la ilustre predecesora de Safo y del grupo de poetas reunidas en Lesbos. Como lo fue de la rebelde Hipatia, de Emily Dickinson, de Selma Lagerloff, de Virginia Woolf, de Ana Ajmátova,  de Margueritte Yourcenar, de Elena Poniatowska, de Alex Munro y de todas las mujeres célebres o anónimas que han plantado y cosechado en el huerto del pensamiento y la imaginación.

Una palabra tuya bastará para sanarme

Esa tarea erudita no le impide a Irene Vallejo compartir anécdotas mundanas que ponen a salvo el libro de las tentaciones de la solemnidad. Para hablar de la pervivencia de Alejandro entre nosotros no  se remite a los textos canónicos.  En su lugar prefiere hablar de la letra de Alexander The Great, una de las canciones  insignia de la banda  británica de heavy metal Iron Maiden, así como de la película de Oliver Stone, un director bastante proclive a las teorías conspirativas.

Y nos deleita todavía más: durante su estancia en Oxford en 2O16, que precedió a la  escritura de El infinito en un junco, se enteró de la decisión  tomada por la academia sueca de otorgar el  Premio Nobel de Literatura al poeta, compositor y músico de folk-rock Bob Dylan. Mientras los académicos se alineaban en dos bandos  irreconciliables -similares a los apocalípticos e integrados de Umberto Eco-, los que celebraban la decisión y los que la concebían como el colmo de la frivolidad, la autora aragonesa lo vio todo con absoluta lucidez: en realidad, el jurado había dado vueltas durante varios milenios, y al final optó por volver a los orígenes de la literatura, otorgándole el premio a un  conservador de la tradición oral.

Esa es la esencia del viaje propuesto por  El infinito en un junco:  emprender una  aventura a través de la interminable y  milagrosa historia de las palabras habladas y escritas. De su condición de umbral que nos abre la mente a otras dimensiones del adentro y el afuera, de las metáforas y de los conceptos,  de la vigilia y el sueño, de la materia y el espíritu.

No importa cuántas veces regresen los quemadores de libros, los siniestros bomberos de Bradbury. La palabra se las arreglará una y otra vez para llegar hasta nosotros por otros caminos  a cumplir su eterna misión: curar las   viejas y nuevas heridas. Ya lo dijo el evangelista en uno de los  versos más bellos jamás pronunciados: “Una palabra tuya bastará para sanarme”.

Es probable -y posible- por ejemplo, que a la vuelta de la esquina un poema, una novela, un ensayo, un texto científico o un tratado filosófico estén contenidos en un haz de pulsaciones electrónicas que  conectarán  sin intermediaciones con el cerebro y éste se encargue de convertirlas en algo aprehensible para los lectores de ese futuro cercano. Será algo así como un papiro  invisible. Como para darle la razón a la escritora cuando decidió escoger ese título para su libro: El infinito en un junco.

*miblog-acido.blosgpot.com

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