Es una novela que se lee con avidez, buscando que el conocimiento que transmite se nos quede en el cerebro. En sus páginas hay sabiduría.
José Miguel Alzate Al leer el título de este artículo muchos lectores pueden hacerse esta pregunta: ¿Quién fue Jacques de Molay como para que sobre él se escriba una novela? Lo más seguro es que van a pensar que debió haber sido un personaje de la importancia de Arquímedes en la Antigua Grecia para que su vida sea contada en las páginas de un libro. Otros pueden imaginarse que fue un artista de la época de Leonardo Da Vinci o un escritor que compartió con Calderón de la Barca. Incluso, pueden llegar a pensar que fue alguien que tuvo el honor de estar cerca de Nicolás Copérnico. Todos esos pensamientos pueden ser válidos.
Todo porque Jacques de Molay buscaba la luz para la humanidad. Esto lo llevó a querer descubrir los secretos que guardaban las pirámides de Egipto.
Un escritor colombiano, nortesantandereano él, de nombre Farid Numa Hernández, oriundo de Ocaña, arquitecto egresado de la Universidad Nacional, magister en semiótica con énfasis en literatura de la Universidad Industrial de Santander, se aventuró a escribir una novela sobre la vida de este hombre que nació en el año 1243 en el Condado de Borgoña, en el este de Francia.
La novela
La novela, titulada El aroma de la Acacia (Planeta 2025) es una profunda investigación histórica sobre la famosa Orden del Temple, más conocida como Orden de los Caballeros Templarios, que fue disuelta en el año 1312 mediante bula pontificia por el Papa Clemente V, a pedido de Felipe IV, entonces rey de Francia. El título es un simbolismo del árbol con el que se hizo la cruz donde Jacques de Molay fue crucificado.
El aroma de la acacia es una novela que recoge las andanzas de este legendario monje, último Gran Maestre de la Orden del Temple, a quien Felipe El Hermoso somete, a través del inquisidor Guillaume Imbert, a toda clase de vejámenes, torturas, engaños y humillaciones, antes de llevarlo a la hoguera.
El castigo lo recibe Jacques de Molay porque, supuestamente, había renegado de Cristo. La verdad es que lo hizo obligado por los hombres del rey, bajo la amenaza de quitarle la vida. Felipe IV no le perdonó que hubiera denunciado que lo hizo obligado y que se reafirmara en su fe. Cuando lo detuvo para crucificarlo le dijo que actuaba con el consentimiento del papa Clemente V. En la novela se denuncia que este pontífice actuaba presionado por el rey.
¿Por qué razón Felipe El Hermoso hizo preso a Jacques de Molay? Basándose en documentos que encontró en la investigación sobre su vida, Farid Numa Hernández deja claro que lo único que perseguía el monarca, al traicionar a los templarios, era apoderarse de los tesoros que guardaban en el temple de París, y borrar de un tajo la inmensa deuda que la corona tenía con ellos desde la época de la séptima cruzada. Fue lo mismo que hizo cuando, en 1306, expulsó a la comunidad judía. Su propósito era apoderarse de todos sus bienes. Su otra obsesión era “conocer los secretos de la alquimia para transformar el plomo en oro”. Sabía que los templarios habían hecho una inmensa fortuna de esta manera, y que Jacques de Molay había encontrado en la pirámide de Keops “el esquivo secreto de la sabiduría”.
Histórica
“La novela histórica es un género híbrido, mezcla de invención y de realidad”, dijo el filólogo Amado Alonso. Esta afirmación está explicita en El aroma de la acacia, de Farid Numa Hernández, no tanto en la prosopografía, pero si en la concepción paisajística. La novela tiene cimientos históricos irrebatibles. La investigación no hace pensar que en sus páginas exista ficción. La narración está tan bien estructurada que ninguna escena parece fruto de la imaginación. Sin embargo, el autor se dio licencia para enriquecerla con algunas escenas que no ocurrieron en la realidad. Pero estas son mínimas en relación con la riqueza vivencial que tiene el libro.
Por esta razón, Rafael Saavedra Hernández, profesor de la Universidad de Nueva York, la calificó como una obra representativa de la nueva novela histórica.
Paralelo a la vida de Jacques de Molard, Farid Numa nos cuenta en El aroma de la acacia que la Orden de los Caballeros Templarios era una organización monástica militar fundada en el año 1118 por Hugo de Payns, Godofredo de Saint-Omer y André de Montbard. Tenía como propósito proteger a los peregrinos cristianos que viajaban a Tierra Santa tras la Primera Cruzada. Su nombre completo fue Orden de los Pobres Compañeros de Cristo del Templo de Salomón, y tuvo reconocimiento de la iglesia católica en 1129, durante el Concilio de Troyes. Sus miembros tenían como distintivo un manto blanco que llevaba grabado una cruz roja. Eran expertos en asuntos militares, tenían destreza para el manejo de las armas y se les reconocía como comerciantes. Jacques de Molay fue su último Gran Maestre.
El ingreso de Jacques de Molay a la Orden del Temple, donde imponían el celibato, a la edad de 21 años, le cambió su forma de pensar. Debía tener una entrega total a la vida monástica, una férrea disciplina y una fe ciega en Cristo. Su deseo de acceder al conocimiento, la verdad y la sabiduría lo condujo a emprender, en compañía de Geoffrey de Charnay, un viaje que lo llevaría a Alejandría, Jerusalén, Egipto, Babilonia, Damasco y Bagdad para pregonar que se debe deponer el egoísmo, la avaricia, la sed de venganza, la crueldad como forma de vida.
Buscando descubrir los secretos de la alquimia visita en Alejandría al sabio Geber Arabis, a instancia del filósofo Roger Bacon, porque solo él podría hablarle de la transmutación de los metales y la búsqueda de la piedra filosofal.
El aroma de la acacia, de Farid Numa Hernández, es una novela que se lee con avidez, buscando que el conocimiento que transmite se nos quede en el cerebro. En sus páginas hay sabiduría. Tanta, que el lector quisiera saber cuánto tiempo demoró el autor en su investigación para escribirla. Lo que aquí se narra es historia pura. La construcción de las murallas de Egipto, por qué Arquímedes dijo que si le daban una palanca podría mover el mundo, como se da en la tierra el movimiento de traslación, qué pasó con la biblioteca de Alejandría construida por Ptolomeo I y la razón por la cual los papas residieron en la ciudad francesa de Aviñón durante setenta años en el siglo XIII, está narrado en una prosa exquisita, bien manejada, adobada con un lenguaje moderno, alejada de arcaísmos, con belleza literaria.


