Poesía y cine en Pereira

El próximo 6 de febrero, en la biblioteca pública de Pereira, se llevará a cabo la presentación de la bellísima antología que reúne trabajos de 89 escritores colombianos sobre cine repletos de poesía, titulada “La vida es bella”.

El director del Festival de Cine de Bogotá, uno de los ideólogos de esta iniciativa ha dicho: “Muchas de las películas vienen de una novela y todas tienen un guion, entonces la literatura siempre ha estado mezclada con el cine. Este lanzamiento es, entonces una manera de ver el cine de otra forma y creemos que estamos visibilizando aspectos intrínsecos del séptimo arte que a veces no notamos lo importantes que son”.

La antología “La vida es bella” será presentada por el escritor y compilador Eduardo Bechara Navratilova, quien estará acompañado de algunos de los poetas que participan en el libro para leer sus obras.

El evento contará con la participación de escritores colombianos como Leonardo Fabio Marín, Carolina Hidalgo, Dufay Bustamante y el mismo Bechara Navratilova. 

Este encuentro de lectura participativa, permitirá que los poemas que conforman la antología sean compartidos y socializados, para darnos a comprender de una manera real, cómo las emociones que suscita el cine en los individuos, se vuelven textos que contienen experiencias de amores que nacen frente al proyector, lágrimas silenciosas que se escapan ante la luz de la pantalla y personajes cinematográficos que se fusionan con nuestros deseos.

Se trata de asistir a  un evento de un sueño que se volvió realidad, puesto que un día soltaron una idea al aire y pudieron por fin, después de un arduo ejercicio creativo y editorial hacer la verdad en el papel.

COLOR PÚRPURA

(Carlos Alberto Gómez Estupiñán)

Academia de jazz, plantaciones sin límites, enclaves de esclavistas que planean sus ganancias mientras el púrpura se desliza en la sangre. Dolor en piel, inocencia. ¡Mirad la yugular esclava! Sugestión, medida perfecta para congraciar a los ancestros. Venganza pensada como desayuno. Las cantaoras alegran sus gargantas anunciando el rhythm and blues. Toman fuerzas para cantar a todo pulmón, que la humanidad lo sepa en las notas. Que se escuche como suceso de música y apacigüe el dolor.

Los cantantes urbanos hacen historia entre notas variables, como africanos en estampida. Líos en el mar, angustiosa pieza de cantos desnudos. Escuchar sin odio.

EN LA PRISIÓN DE PLÁSTICO (POEMA A LOS X-MEN)

(Dufay Bustamante. De Nubes de un cielo que no cambia 2009)

Esta cosecha

la hicimos nosotros, ciencia ficción,

esa nueva oleada de formas de vida

y mira cómo quedamos: irreconocibles.

Metáforas en los efectos especiales queman, congelan,

se vuelven invisibles, estiran,

se reinventan por amor dentro del caos,

se cortan las alas con cuchillas

en las oficinas de los rascacielos,

lloran por ti en los baños públicos,

levitan en la cárcel de plástico.

ÚLTIMO TANGO EN PARÍS

(Leonardo Fabio Marín)

Abandonar las calles, los rostros, los andenes.  Abandonar las citas, los encuentros, el café, los besos. Ignorar las palabras, los versos, el lenguaje. Llorar un poco. Limpiarse los mocos, las lágrimas, las uñas, las lagañas. Romper fotos, la infancia, las carencias. Volarse sin pagar. Acatar la lujuria, los mordiscos, los delirios, las mentiras, las caricias. Fingir, reír. Olvidarte. Mentir a toda hora. Mentir siempre. Nunca regresar. Echarlo todo al vacío de la memoria de las calles. Rentar un cuarto, un apartamento. Fornicar con un desconocido en Rue de L´Alboni.

A estas horas de la vida casi nada tiene importancia. Quizá un café y alguna melodía. Un tango. Ir al bar Eiffel Kennedy. Lo demás, vagar sin rumbo, de norte a sur, de sur a verte y viceversa. Ahora el ritmo es lento. La ebriedad se apodera del miedo. Tenemos tantas cosas en común. La muerte es una de ellas. La risa se muere de risa. Alguien suelta la carcajada cuando me recuerda. Ya he olvidado todo. En la puerta del hotel una mujer odiosa la mira sin piedad. Una tormenta las pulsiones. Los vidrios del mundo están rotos de melancolía. Podríamos volver a empezar; qué aburrido.

Disparaste en medio de la danza esa vieja pistola de tu padre. Desapareciste como por arte de locura. Ocupaste el espacio más leve en la memoria del verso. Dibujaste con tus lápices las líneas del boceto que traíamos en los bolsillos. Saliste en medio de la lluvia con todos los papeles en tus manos. Oscureció tanto que no pudimos vernos entre los arroyos. En los periódicos nos recuerdan la tarde del abandono y el desperdicio de la epidermis. Sabías algo que todos hemos ignorado. Pero quedaste bajo la rueda de ese amor que te envió el director de la película. Intento llamarte pero no contestas. Intento escribirte pero te niegan en todos los puertos, en todas las fruterías, en todos los bulevares.

Un escenario es idéntico al momento del beso que suprimió la magia del encanto. Amarías tanto morir al revés. Volver al tiempo y detener los segunderos.  El tiempo pasa por encima de nosotros, de nuestros pies. Nos pisa las uñas, los huesos, las narices, los hígados. El tiempo sigue campante frente a los muertos. Tú estás en ese rumbo de los huesos calcinados. Imposible pensar que sobrevivirás a la lujuria. Hace frío en estas calles de París. Semáforos atiborrados de ansiedad. Ruido en el Pont de Bir Hakeim. Adiós al orgasmo.

LARGOMETRAJE

(Miguel Méndez Camacho. De Poemas de entrecasa, 1971)

Creías que los grandes amores

son los que “cambian el curso de la Historia”

como esas superproducciones, a todo color,

del señor y la sierva

o del alto militar norteamericano

con la enfermera japonesa,

donde el amor se reduce

a largas escenas de desfallecimientos,

entre suspiros y lágrimas

de música de fondo

Y todo es del tamaño de la pantalla gigante

incluso las escenas de alcoba

transformadas en un bosque propicio

donde la cámara elude los cuerpos

cuando las caricias se prolongan,

para mostrar un mar rabioso contra las rocas

y regresar, por el camino de las ropas caídas

a ese primer plano de los rostros fatigados

—con la ternura inevitable—

que parece pedirle excusas al público

Ahora te ríes de esta ingenua tristeza

de tus días de niña,

porque ya descubriste

que no hay grandes ni pequeños amores

sino una costumbre de cuerpos

que justifica el alma

una serie de pactos y convenciones secretas

—siempre, casi siempre en la oscuridad—

de citas y caricias en el mismo lugar,

de claves no convenidas,

de ceremonias cotidianas,

Y que si la cámara se ocupara de nosotros

sería en el tono sepia de la ciudad

cuando es habitable

y en los monótonos escenarios

donde hablamos por horas y horas

antes de hacernos el amor

en algún motelito de autopista

donde la ciudad es más fría

y más sola y más cómplice

Y no habría música distinta

a la canción que escogimos de amuleto

Ni tema alguno interesante

—excepto para nosotros—

para quienes es importante

incluso lo que nunca nos sucede,

como esto de saber

que todas las secuencias amorosas

también sirven de escena final

a esta costumbre de cuerpos

que lo único que pude cambiar

es el curso de nuestras pobres historias.