Mister VAR y el fin de la magia

Gustavo Colorado Grisales

Imaginemos la final del mundial de fútbol Catar 2022, suponiendo que para esas fechas las  turbulencias en el Medio Oriente no hayan mandado el negocio al carajo.

Para variar, el partido final lo disputan Alemania y Argentina.

Minuto 90 del segundo tiempo. Un Messi ya otoñal  y algo cansino le lanza desde el medio campo  un pase preciso a un Lautaro Martínez exuberante  que se da vuelta y vence a Ter Stegen.

Los argentinos asistentes al estadio y los devotos de la gloriosa albiceleste regados por el mundo  traspasamos las puertas del delirio: el gran Lionel se despide del fútbol alzando el único trofeo que le faltaba.

Pero los dioses son crueles y alevosos. Ya lo dijo Héctor Marcó, autor del tango Tu íntimo secreto: “La dicha es un castillo/ con un puente de cristal”

En este caso, las divinidades del fútbol encarnaron en una entidad ominosa que ostenta el extraño nombre de Mister Var: Video  Assistant  Referee.

El juez del partido ha hecho  el gesto que dibuja con los dedos una pantalla en el aire: la señal del juicio final.

La felicidad ha sido puesta en suspensión.

De ahí en adelante los segundos  se estiran, se dilatan, se detienen: así debe ser el momento que precede  el ingreso a los infiernos.

Los alemanes celebran echándose al coleto barriles enteros de cerveza y devorando enormes salchichones tan  rojos y gordos como sus cuellos de buey.

Entre tanto,  los devotos de la Argentina sollozamos, puteamos,  bajamos a los infiernos y morimos.

Ya adivinamos el desenlace. Al fin y al cabo nos gusta el tango y bien sabemos que esa es una música de pesimistas.

Y… cuidado. A menudo suicidas.

Y homicidas también: lo siento en mi corazón cuando este tipo de apellido ucraniano  señala que el gol se anula.

Se anula, cabrones ¡Por todos los hijos de la gran puta de este planeta!

Mister  Var lo ha dictaminado : los análisis de video han determinado que  al momento de puntear el balón, la nariz  de Lautaro- esa criatura mitológica con nombre de guerrero araucano- estaba adelantada un nano milímetro con respecto a la oreja del defensor alemán.

Así que el juego  sigue cero a cero.

No les cuento el final porque todos ustedes tienen buena imaginación.

Me consta.

El cuento es que el tal Mister Var le asestó la estocada final a lo poco  que de magia, error  y azar le restaba al fútbol.

Y no es poca cosa: de magia, error y azar están hechas las cosas esenciales de la vida.

El resto es burocracia, tramitología, formas. Vacío en estado puro.

El  esperpento tiene dimensiones cósmicas: a partir del advenimiento del Video Assistant Referee Dios ha sido puesto en duda una vez más. Ya no puede hacer goles con el pie y mucho menos con la mano, porque se los pueden anular.

Tampoco puede volar de palo a palo para sacar balones imposibles, encarnado en criaturas aladas que antes respondían  a los nombres de Raúl Navarro, Lev Yashin, Amadeo Carrizo, Ubaldo Fillol, René Huguita y hoy se llaman Franco Armani, Buffon, Ter Stegen, qué se yo.

Cuando la pelota, arañada por sus manos divinas, ya esté fuera del campo, las  imágenes demostrarán que antes de salir hizo una leve parábola en el aire y se introdujo, caprichosa, en la red.

Por lo tanto, es gol del rival.

A esta altura del juego solo nos queda recitar a un cielo ciego, sordo y mudo los versos de don César Vallejo: “Hay golpes en la vida/ tan  fuertes/ yo no sé”.

El gran Lionel se despedirá del fútbol sin alzar la copa mundo y la envidia de sus enemigos se lo enrostrará por el resto de la vida.

Pero qué le hacemos, si en estos tiempos de vigilancia y control ni el fútbol escapa a los asedios del  Gran Hermano.