Manuela Sáenz, una mujer intrépida

Oscar Aguirre Gómez*

“Tú, de Bolívar fuiste su más grande victoria;

por ello tus locuras hoy memora la historia;

también porque das lumbre al cielo americano”.

(Héctor Escobar Gutiérrez, MANUELA SÁENZ)

Manuela Sáenz, que nació en la mitad del mundo —el día 28 de diciembre de 1795—, partió en dos el mundo que fue Bolívar: hay un Bolívar antes y otro después de Manuela. Ella, que terminó sus días en una pobre tienda en Paita, Perú, en donde revivió su pasada gloria en punzante y consoladora rememoración —entre otros—, con don Simón Rodríguez, el “maestro” del Libertador, sigue campante con plenitud propia en la epopeya que constituye la existencia de este genio.

La mujer que más amó el caraqueño, la que más influencia ejerció sobre él y la que finalmente lo salvó en la fatal noche septembrina, es poco conocida. Pero tiene nombre propio. Dio mucho de qué hablar, desafiando indistintamente la sociedad de su medio.

Efectivamente, Manuela, versada en Tácito y Plutarco y que sabía de memoria el Canto a Junín, que se atrevió a fusilar en efigie al general Santander y a vestir de hombre y fumar y que gustaba del oporto e inclusive proclamaba con su conducta el amor libre —¿otra Jorge Sand?—, a quien Sucre quería mucho y Córdoba y Santander detestaban y que fuera distinguida por San Martín con la banda de las Caballeresas del Sol —El Protector otorgó a Manuelita la Condecoración de la Orden del Sol, el día 23 de enero de 1822, lo mismo que a otras 111 damas de la nobleza—, tiene en su haber una de las vidas más azarosas de la Historia. En una ocasión, arremetió contra un clérigo, enemigo de Bolívar, el cual había escrito unas coplas burlescas. Hasta un café que servía de lugar de encuentro al religioso y sus amigos, llegó la enfurecida Manuela y, látigo en mano, entregó al asustado hombre el papel que él escribiera antes y le increpó en los siguientes términos: “…usted se los come ahora (los versos), palabra por palabra”. “Mientras tanto —anota Carlos René Pérez, citado por Antonio Cacua Prada— el látigo seguía silbando en el aire. Aquel aprendiz de poeta burlón tuvo que tragarse con boca enorme todo el papel. Había tal vez ignorado el infeliz la clase de mujer que era la heroína quiteña”. Una de las estrofas decía:

“Mudamos de condición,

pero sólo fue pasando

del poder de don Fernando

al poder de don Simón”.

En la ciudad de Pasto, a finales de 1827, acompañada del Libertador, Manuela fue apodada la “marimacho” por las señoras de la localidad, llamándolas ella a su vez las “pastosas”. Contrariada, le comentó luego a su compañero lo del sobrenombre. Él le respondió: “Cálmate, mujer, ¿qué te importa que esas señoras crean que eres un hombre, cuando a mi me consta lo contrario? Lo que si no aguantaría es que los hombres, fuera de tu esposo, tuvieran pruebas evidentes de que eres mujer”.

Sus aventuras y su carácter altanero e inquieto recuerdan también a una contemporánea suya, famosa en otros ámbitos y con quien guarda ciertas coincidencias… Nos referimos a una mujer extraordinaria, cuya breve existencia (41 años) la coloca empero en un punto clave de la Historia; que muchos historiadores serios catalogan como hija del mismo Bolívar, con argumentos muy convincentes, y que fue la abuela del pintor Gauguin: es la escritora parisina Flora Tristán, autora de la famosa frase: “Proletarios de todos los países, uníos”. Los caminos de Manuela y Flora casi se cruzan, pues la escritora viajó al Perú, en 1833 —la quiteña lo haría en 1835—, en busca de sus ancestros. ¡Cual habría sido la reacción de Manuela frente a Flora! Con su perspicacia habría intuido en la joven a la hija de Bolívar, pues Flora se parecía extraordinariamente a éste. ¡Su rostro era el de su padre! Posiblemente, de conocer la existencia de Manuela, Flora la habría buscado.

En las calles de su ciudad natal, Manuela, Quijote femenino, lanza  en ristre y a la cabeza de un escuadrón de caballería, sofocó un movimiento antibolivariano. Ricardo Palma, Oscar Efrén Reyes y Próspero Pereira Gamba, entre otros, nos refieren anécdotas sobre esos hechos. “Por primera vez las calles de Quito vieron lo que tenían que presenciar más tarde en otros lugares: el formidable y valeroso impulso de una mujer nacida para la intrepidez para la superioridad, para el cumplimiento de un destino excelso”. En otra ocasión, combatiente de la caballería colombiana en la batalla de Ayacucho, al lado de Sucre, “como veterano capitán, y como trofeo recoge unos soberbios bigotes de un enemigo muerto tal vez por ella misma; con este trofeo se hizo unos bigotes postizos que los exhibía en los bailes de disfraces o en las tertulias santafereñas”, anota Alfonso Rumazo, citando a su vez a Bossingault. Las habilidades corporales de la extraordinaria mujer guardaban analogía con su enfoque personal de los hombres y de los hechos, así como la impulsaba su amor por el Libertador. Lo demostró más de una vez. “Su habilidad para la intriga —indica Alfonso Rumazo— y su perspicacia para conocer a los hombres adquirirá fama hasta el punto de convertirla en un personaje temible, precisamente por las consecuencias que de sus descubrimientos se derivaban, toda vez que su influencia en el ánimo de su amante fue siempre muy grande, casi de omnipotencia. Si no hubiera estado poseída de los anhelos de independencia y su espíritu no hubiera vivido permanentemente en medio del más grande desprendimiento y de un desinterés sin límites, su papel se habría reducido al mediocre de las favoritas de monarcas”.

¿Qué hubiera sido de Manuela, si Bolívar no llega a Quito? Las diversas circunstancias políticas y de campaña que marcaron el camino del Libertador, incidieron de manera favorable en su contacto con su libertadora. Bolívar había cruzado Los Andes, acompañado de soldados de la Legión Británica; lanzándose por los llanos de Arauca y de Casanare, había ascendido por el páramo de Pisba en una odisea incomparable. Luego vendría Boyacá. Todos estos precedentes habían conducido al héroe al encuentro afortunado con Manuela Sáenz. El norte de ésta habría sido muy diverso, opaco, si no se efectúa su encuentro con Bolívar, el 16 de junio de 1822, que dio vida a sus anhelos de aventurera astuta. El Ecuador fue la línea crucial para ambos: Bolívar había dominado en el norte; ahora disputaría el Sur con el General San Martín en una lucha de voluntades. Manuela fue casi el preámbulo milagroso del encuentro de los dos prohombres, en julio del mismo año. Ese enfrentamiento entre un poeta y un soldado. Entre un personaje parco, monótono y calculador y otro alegre, aunque reflexivo, y pronto a materializar su pensamiento.

A propósito, es interesante consignar aquí un curioso apunte de Manuelita, en su Diario de Paita: 

“(…) Le manifesté a S. E. que yo conocía muy bien las debilidades del señor general San Martín, que me había condecorado como ‘Caballeresa del Sol’. Simón no permitió que yo le hablara de esas debilidades. Por el momento. Pero luego, muy preocupado, me preguntó: ‘¿Sabe usted, señora, con qué elementos puedo, de su intuición de usted, convencer a este señor general, para que salga del país sin alboroto, desistiendo de su aventura temeraria de anexar Guayaquil al Perú?’ Entonces yo le contesté: ‘Vaya usted en persona e impresione a esos indecisos, acójalos bajo protección de la república de Colombia y encárguese usted mismo del mando militar y político de ese puerto y de su provincia’. A San Martín le interesa Guayaquil, claro; pero no lo merece. Es ceñudo, está siempre preocupado por la responsabilidad de él. Más parsimonia no se halla en otro cuando habla. Es flemático (metódico), lo mismo que cuando escribe. Además, es masón (yo hasta aquí no sabía que Simón también). Además de todo, el general San Martín es ególatra y le encanta la monarquía, y es mojigato. ‘Disponga entonces usted de cualesquiera de esos atributos, además de que él presentará la dimisión por su propia cuenta’. Así que mi señor General y Libertador fue a Guayaquil. Se encontró con el Protector, que se quejó de que los oficiales de S. E. le recibieron con un saludo de bienvenida a Colombia. Además de que no soportó ni la conferencia ni la fiesta (se preparó gran alboroto con ese fin). Pues este señor es seco y sombrío. Y se retiró con su ambicioso plan”.

Luego de una vida novelesca, cuya actuación cambió la historia de Colombia, Manuelita abandonó este mundo el día 23 de noviembre de 1856, en Paita, Perú. Le sobrevivió al Libertador 26 años. Ese año había recibido la visita de don Ricardo Palma, el escritor peruano; del general venezolano Antonio de la Guerra y de Próspero Pereira Gamba. En su retiro, había sido visitada también, años antes, por personajes notables como Herman Melville —el autor de Moby Dick— (1841); Antonio Garibaldi (1851); y don Simón Rodríguez (1853), entre otros.

*De su libro Manuela Sáenz, Caballeresa del Sol, 2015.