La confesión

Ya son muchos años en esta habitacion. Es la 222, cama 51 ala sur de este enorme hospital psisquíatrico. 

Cuando un lugar como estos se convierte en tu hogar muchas cosas y costumbres pasadas se te olvidan como la privacidad, un baño limpio o cuando la familia dejó de venir y ya no recuerdo mucho a mi familia, es la verdad. La  única compañía es uno mismo y eso si no se abandona a la suerte. En mi caso lo único que me mantiene vivo y con esperanza es que vendrán cosas mejores. Cosas como las visitas de esa mujer con enormes ojos verdes y un vestido del mismo color que es semejante a una montaña y que en sus cabellos tiene una diadema llena de flores, no sé si es familiar mía, pero hay algo que creo reconocer en ella, pero no sé qué es.

 

Los doctores dicen que estoy loco, pero yo no creo eso. Ella me mantiene vivo y cuerdo, especialmente cuando me trae comida. Comida que solo yo puedo comer: Un par de dedos deliciosos acompañados  por una rica sangría, pero no el licor con frutas. Sangre de perros, gatos y cuando se puede el favorito: sangre humana; claro que entiendo que cada vez es más difícil.

 

Empecé a fraguar el plan que me liberaría de este encierro. Me llevó meses, no sé si años porque mi mente está muy confusa, pero creo que fueron meses desde que se me ocurrió escapar de ese hospital y como dicen los viejos, los dioses protegen al los niños, a los borrachos y a los bobos… yo diría que también a los monstruos pues no es sino mirar esta sociedad.  Increiblemente todo salió de acuerdo a lo planeado y ni siquiera tuve que elaborar un plan muy complejo, simplemente me comí a la gente y ya.

 

El banquete duró algunos días, no muchos, porque a pesar de la lejanía de este centro psiquiátrico, empezaron a sospechar que algo pasaba y ahí si me tuve que ir, pero ya se acabó, así que tendré que salir al mundo otra vez, sin embargo ella, la de los ojos de esmeralda, desapareció. La he buscado por cada rincón del mundo que he podido recorrer  y no está. Creo que me abandonó como lo han hecho durante cientos de años aquellos que se han acercado a mí, a muchos de esos me los pude almorzar  y sabían delicioso. Ahora estoy solo… ¿donde estás amor?… quiero comerte.

 

Mi mente no está muy bien. No recuerdo cosas obvias, todo se me olvida. Llevo tantos siglos caminado entre este ganado que me olvido a quien me comí y a quien no… He tenido esposas, tal vez hijos… creo que sí, aunque no está muy claro dentro de mi. No la encuentro ¿acaso ya la devoré? no estoy seguro de eso. Lo único que sé es que tengo mucha hambre y la comida escasea. Ya la gente no viene tanto por estos bosques donde me escondo desde que salí del hospital.

 

He llegado a pensar que tal vez ya la devoré, que me la comí en algún momento entre mi escape del hospital y el tiempo que llevo vagando entre los bosques. La otra noche escuché la voz de mi amada y salí en pos de ella; la vi bañándose bajo una cascada. Pensé que me llamaba o que cantaba algo sobre el olvido o el amor perdido…¿Yo?

 

Quise correr hacia ella pero el agua la hizo transparente y desapareció ante mis ojos como un fantasma, como siempre fue. Estoy completamente solo y hambriento, sobre todo hambriento. La soledad no me preocupa, me preocupa el hambre… ahora mi única comida son los dedos de mi pie… y más tarde tal vez siga con mis manos… No sé. Hace años me comí una pierna y desde entonces me dicen: ¡Patasola!