Elsa Punset, una propuesta de pedagogía emocional

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Elsa Punset es valorada en el mundo de la idea vivencial más allá de su licenciatura en filosofía y Letras y sus maestrías en Humanidades (Universidad de Oxford), Periodismo (Universidad Autónoma de Madrid) y Educación Secundaria en (Universidad Camilo José Celá). Es la directora de contenidos del laboratorio de Aprendizaje Social y Emocional de Madrid. Las sabias palabras de esta escritora, a manera de pinceladas sobre el lienzo de su obra, son de extraordinaria belleza entendiendo como algo bello, todo lo que es armonioso y profundo, aunque habite en los reinos exiliantes de la paradoja, el absurdo y la locura.

La autora de “Brújula para navegantes emocionales” frisaba ya sus 30 años cuando empezó a difundirse en 1995 el concepto de Inteligencia Emocional y fue una de sus más entusiastas difusores. La inteligencia emocional, según ella, es esa capacidad de decirle a alguien que se vaya al carajo de manera tal que termina entusiasmado con el viaje. Las emociones son una forma de energía en constante transformación que se expresa a través de nuestro comportamiento el cual vehiculiza nuestros pensamientos. Cuando las reconocemos son mucho más fáciles de gestionar porque pasan a la parte consciente de nuestra mente.

Elsa Punset a través de su obra “El libro de las pequeñas revoluciones” nos hace una serie de preguntas que nos sacan de nuestra quietud: ¿A qué estamos  dispuestos a renunciar para conseguir todo aquello que queremos de verdad? Al final del cuento, ¿amamos la suficiente? ¿Disfrutamos lo suficiente? ¿Marcamos alguna diferencia? Si la palabra “motivación” (“motus”) significa “movimiento”, ¿Qué es entonces lo que nos motiva? ¿Qué palabras amables nos hemos dicho a nosotros mismos hoy? ¿Hemos hecho algo de ruido en este mundo? ¿Hemos celebrado alguna vez el milagro de estar vivos cada día?

Una sociedad para ella, no solo es un sistema de principios y valores, es un mundo de normas, instituciones, conductas, creencias, imaginarios, miedos, represiones y estereotipos entre muchas otras cosas. Solemos vivir atrapados en viejos patrones y hábitos emocionales con un techo de necesidades aparentemente satisfechas y generalmente poco ambicioso, convertido éste, más en excepción que en norma. Muchas veces nos acomodamos a los estereotipos de un supuesto bienestar relativo, normalmente aceptable ante los ojos de los demás, pero poco satisfactorio para nosotros.

El fracaso para Elsa es la confirmación de que nos estamos esforzando por conocer nuestros límites actuales y que hemos salido de nuestra zona de confort… ¡Por eso fracasamos! concluye. Una derrota hay que verla más allá de una sumatoria de errores. Es una estrategia para fortalecernos y mejorar. Del mismo modo que los atletas consiguen aumentar su resistencia física superando el punto de agotamiento, nosotros podemos incrementar nuestra resistencia rebasando nuestro punto de frustración. Sus músculos crecen porque los someten a unas actividades de entrenamiento que van más allá de sus capacidades.

El pez que nada en el agua no se detiene a pensar si le gusta o no el agua… Él simplemente está en su elemento. Estar en su elemento es lograr ese punto especial en el cual convergen el talento natural con la pasión. Hay que dar cuenta de todo aquello que nos gustaría cambiar de nosotros mismos sin convertirlo en un factor condicional para amarnos y valorarnos con intensidad. ¿A quién no le gustaría lograr lo que se ha propuesto? Sabemos que muchas veces no lo hemos conseguido, pero también somos conscientes de que no vamos a morir por ello y que podemos sentirnos bien aún sin haberlo logrado.

Hay que considerar las ventajas que tiene quien ve las cosas en perspectiva: “hubiera sido peor… No formaba parte de mis expectativas”. A quién no le gustaría ser exitoso, pero muchas veces no lo somos. Nos debemos reconocer y aceptar en el hecho de no tener éxito. Sin él no nos vamos a morir y podremos sentirnos bien (o no muy bien). La adversidad debe recibirse como una amiga a la que veremos muchas veces en nuestra existencia y es mejor estar en buenos términos con ella. El antídoto contra los fijismos negativistas es la gratitud, ese sentimiento que debemos profesar por el sólo hecho de estar vivos.

Perdonar no es olvidar o restarle importancia a la ofensa. No es renunciar a la justicia legal o reprimir sentimientos de dolor frente a ella. No hace falta que quien ofendió admita que lo ha hecho, pida perdón o quiera cambiar de actitud. El perdón no implica que haya un hecho de reconciliación. No es necesario decírselo a la persona perdonada (tal vez ellos ni siquiera desean que se les perdone). Perdonar no implica olvidar, justificar ni aprobar lo que el otro haya hecho. Perdonamos ante todo porque es un acto beneficioso para nosotros… Perdonar es dejar ir aquello que nos sigue haciendo vulnerables ante los demás.

Somos las únicas criaturas que ponemos una suela de zapato entre nuestros pies y la nutriente tierra. Debemos ejercitar “la respiración descalza” acompañada de una liturgia meditacional. Nuestra mente es como un vaso de agua turbia. Si éste se aquieta, lo turbio se sedimenta y el agua se aclara poco a poco… Este proceso es lo que conocemos como meditación. Meditar es procurar que nuestra mente no divague en el futuro o en el pasado o se atasque en detalles cotidianos que enturbian nuestra forma de ver el mundo. Estar en nuestro elemento es cuando nuestro talento natural coincide con lo que nos apasiona.

En vez de una lectura rápida y voraz, se debe desarrollar la capacidad de saborear la riqueza expresiva y diversa de nuestro lenguaje emocional. Debemos esforzarnos por cambiar la forma como protocolizamos nuestro diálogo interno y romper de una vez por todas con el guion que siempre hemos utilizado. Asegurémonos de que esta noche nos despediremos de nosotros mismos con la sensación de que algo en nuestra vida ha mejorado porque hoy hemos conocido nuevas facetas de nuestra vida. Conocernos cada día más nos tiene que dejar la impresión al final de estas 24 horas de que algo bueno ha pasado en nosotros.

Confundimos madurez con vejez. Al madurar reivindicamos nuestra sempiterna capacidad de aprendizaje que es la que nos permite estar vivos. Es indudable que cada día nos hacemos más viejos y que morimos inexorablemente tal como nacemos: solos, calvos, chiquitos y despistados. Sin embargo, hay que aprender de la vejez: allí se vive de los recuerdos y éstos, a veces, nos evitan muchas decepciones. En la vejez recordamos esos tramos experenciales que hoy conforman esa bitácora ajironada en la cual han quedado registrados aquellos tramos por donde hemos transitado a lo largo de nuestra existencia.

La propuesta de Elsa Punset es antropocéntrica. No podemos perder nuestra condición de ser el eje gravitacional sobre el que giran nuestros sentimientos y enociones. Cuando “perdemos el centro” nos desconectamos del conjunto de prioridades (principios y valores) que son el espinazo de nuestra existencia y que conforman nuestra columna vertebral mental y emocional. Al descentrarnos, perdemos coherencia y, al perderla, se nos torna difícil tomar las decisiones pertinentes y adecuadas. Para ello, todos debemos llevar consigo y a lo largo de nuestra vida ese cuidador interior que vigila ese centro vital.

El ciervo de la fábula admiraba sus cuernos y despreciaba sus patas. Pero cuando llegó el cazador, éstas lo salvaron. En otra ocasión, los cuernos enredados en un matorral causaron su muerte. Lo que necesitamos es más gente que se especialice en la incertidumbre y en la imposibilidad. La incertidumbre requiere de personas capacitadas para asumirla y trascenderla. El miedo hay que considerarlo como ese buen amigo que nos avisa cuando se avizora el peligro y actúa mucho antes de que nuestra mente consciente lo sepa. Otra cosa es ser prudente, asumir riesgos, pero guardar distancias… Ser una mosca en la pared.