El Bicentenario y la nueva historia de Colombia

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

En el marco conmemorativo del Bicentenario independentista donde resurgen aquellos relatos que conforman esas memorias del olvido, las palabras de la novelista nigeriana Chimamanda Adichieen en su obra “El peligro de una sola historia”, son concluyentes: una historia contada desde “arriba” no es más que un relato de poder que crea un modelo falso, elitista, excluyente y fragmentado; le roba pundonor a un pueblo y dificulta su reconocimiento e identidad. Las historias, por separado, se han utilizado para despojar y oprimir, pero (re)unidas pueden también humanizar, reivindicar, empoderar y dignificar.  El Fascismo, el Falangismo y el Nazismo nos mostraron los peligros que conlleva tener sólo la versión mentirosa de un relato nacional y oficial que compromete y preocupa a todos.    

El escritor argentino Andrés Oppenheimer en su libro “¡Basta de historias! La obsesión con el pasado y las 12 claves del futuro”, puso a sus lectores a reflexionar sobre el soporífero morbo y el halo necrofílico que han rodeado las curiosas festividades patrioteras del Bicentenario en América Latina que no han hecho más que alcanforizar a nuestros héroes nacionales. Cuando se le dedica más atención a lo que dicen los próceres desde las claro – oscuridades de un pasado que, a las palabras de quienes estudian el futuro y, cuando todos, atrapados en una red de farsa y de disimulo, se enfrascan en polémicas exhumadoras de héroes decimonónicos, en lugar de debatir sobre las condiciones de estudio de los niños del siglo XXI, “tenemos un problema”, afirma el connotado periodista.

Los historiadores de librea, al proscribir de los falaces manuales de historia las utopías de aquellos que sueñan y creen en un mundo posible y mejor, convirtieron el pasado en un factor obseso-compulsivo para forjar, a punta de retrovisor, un falso orgullo y una mentirosa identidad y unidad nacional. Esa manía por el ayer que nos tiene mirando el horizonte con la nuca, no ha permitido concentrarnos en la urgente tarea de forjar un futuro más competitivo, sostenible y halagüeño. Es hora de mirar menos hacia atrás y más hacia adelante a través de un verdadero ejercicio prospectivo y que nuestros graciosos nigromantes, oficiantes del pasado, hablen menos de historiolatría, abandonen sus catecismos patrios y dejen de maquillar sus deslucidos y mendaces relatos.

Anecdotarios insulsos y embusteros, servilismos historicistas, resentimientos partidistas, actos pendencieros baladíes, caudillismos exacerbados, onerosos préstamos extranjeros, ideologías imposibles, dictaduras clamoreadas, añoranzas imperiales, nostalgias y anhelos eurocéntricos, catecismos patrios falaces, historiografía llena de próceres imberbes, solitarios libertadores, inocentes genocidas, redentores esclavistas, amantes furtivas, narraciones machistas, relatos misóginos… Todo un cuadro desolador de nuestra historia nacional, excluyente y enajenante, desconocedora de la tragedia secular afroindia, contada desde la escuela por aquellos fieles preceptores de la oscura, tardía y sempiterna noche feudal. Hoy, la nueva historia revisa algunas dudosas iconografías.

Un inexistente florero según Discovery Chanel, con “otra” semasiología dada por la Academia Española en 1803: insidioso, tramposo, fulero, farsante; una riña callejera y vulgar, pretexto banal para expresar una conspiración fallida; una invectiva apologética contra un despótico monarca que transluce el ardid hipócrita e intrigante de criollos y chapetones; un rey ególatra, caprichoso, ignorante, enfermizo y perverso a quien unos criollos independentistas le imploraban que gobernase ; un Memorial de Agravios que nunca salió del escritorio de un encopetado jurista. Fementidos tribunos; terratenientes descendientes de torvos conquistadores que se autoerigían líderes de un pueblo al que despreciaban; insignes precursores del peculado, la concusión, el prevaricato y el cohecho…

Rememoraciones heroicistas de dudosas batallas y míticos guerreros que nunca volaron en átomos ni se inmolaron por la patria; proclamas y revoluciones importadas; biografías engañosas; gestas gloriosas plagadas de mesiánicos individualismos y masas ignorantes, ciegas ante la impostura de unos seres intrigantes camuflados en incómodos trajes militares… Este recurrente aniversario evocador de una época que marcó el inicio de nuestra terrible ficción guerrerista, prosigue hoy su marcha por sendas de sangre, dolor y rabia. 200 años sin una idea clara e identitaria de ciudadanía, poder y control ciudadanos. Dos centurias ufanándonos de nuestra frondosa diversidad cultural, pero escondiendo ruborizados nuestro mestizaje; siglos sobrellevando una pesada y culposa carga histórica.

Esa gravosa carga parece, como la mítica maldición de Sísifo, que tuviéramos que llevar consigo hasta el fin de los tiempos… En fin, largos años pagando una deuda secular, injustamente endosada a una clase popular y sólo redimible por una nueva generación de pensadores y humanistas que quieren contar y reescribir la verdadera historia latinoamericana. El sociólogo español Ricardo Angoso G. (“Las dos Orillas”), afirma que “No hay nada que celebrar en el Bicentenario”. La fiesta nacional de la Independencia no es más que un sainete organizado por aquellos que quieren maquillar la inseguridad, el estancamiento, la violencia, la miseria social, el injusto reparto de la riqueza, la discriminación y el desplazamiento, el triunfo del narcotráfico y el fracaso como nación”.

El show del Bicentenario independentista (¿Cuándo sabremos la verdad?) hace pensar la historia como una fábula que todos hemos aceptado. Cuán lejos estamos de aquella bella definición de Cicerón: “La historia, testimonio del tiempo, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, reflejo de la antigüedad”. La nueva historia de Colombia debe ser forjadora de una insurgente intencionalidad: reconstruir la identidad nacional (¿la hubo alguna vez?) en un país donde, recordando al humorista Jaime Garzón, “los ricos se creen ingleses, la clase media se cree gringa, los intelectuales se creen franceses y los pobres se creen mexicanos”. La celebración del Bicentenario debe desacralizarse; ir más allá de la pompa, el ritual chovinista, el discurso guerrerista y la fanfarria.

La conmemoración de una efeméride como ésta, debe tornarse en un acontecimiento interpelante, concitador y provocador. Debe convocar a comunidades, universidades, sociedad civil, asociaciones culturales, gremios, gobernantes, políticos y medios de comunicación para que logremos entre todos reivindicar, fortalecer o refundar nuestra identidad como nación. Una gesta identitaria que se busca y se encuentra a través de su lucha denodada porque en su territorio exista la justicia social y porque la defensa de los derechos humanos pase de la retórica y las narrativas y se vuelva una realidad consuetudinaria en nuestro país. La celebración del Bicentenario debe ir más allá de una simple excusa conmemorativa para hablar sobre la nueva historia de Colombia.

Ha llegado la hora de abandonar relatos mesiánicos sobre una fementida independencia. Es el momento de abandonar creencias redentoristas y saber que nadie libera a nadie sin una voluntad decidida y compartida. Es la oportunidad de hacer un ejercicio hermenéutico y, a través de él, realizar un inventario de siglo sobre todas aquellas narrativas dispersas y muchas veces proscritas que han contribuido de alguna forma a esbozar crítica y propositivamente textos y contextos históricos. Un kárdex histórico que nos permitirá tomar distancias de un pasado y desbrozar en ese día a día complejo, dramático y enmarañado, el camino hacia un desafiante porvenir. Quizás desde este presente histórico pueda ser posible construir un discurso ético-político sobre identidad y pertenencia nacionales.

Una narrativa que apele, como bien lo dice la doctora en Historia de la Universidad de Oxford, Margarita Garrido (“Desarmar las creencias”, revista Arcadia, julio – agosto 2019)), “al sentido comunitario, que fomente la solidaridad, la valoración del otro y de lo otro y que propicie la empatía. Esa narrativa no debe ocultar los conflictos, sus motivos, sus persistencias, pero también debe dar cuenta de los acuerdos, de las formas de convivencia y solidaridad. Tampoco se podrían rehuir las grandes cuestiones éticas, estéticas, las relaciones sociales y de poder. Esa historia que deje ver procesos y actores en diversos campos de la vida (…). Esa narrativa nos ayudará a quitarnos prejuicios y esencialismos, a desnaturalizar nuestras creencias e ideas sobre la sociedad, el pasado y el futuro”.

¡Bienvenida la Nueva Historia de Colombia!