Cuentos areandinos

La mirada de la muerte

Misaki Kurata Ruiz

mkurata@estudiantes.areandina.edu.co

“No aguanto un día más de trabajo”, oyó el sepulturero susurrar a su pala, mientras lanzaba la última palada que cubría al cliente más reciente en lo más profundo de la cripta.

Sin entender si en realidad su pala le había dirigido la palabra o si se debía a los efectos del placer desatado que traía consigo el lograr finalizar la tanda de pedidos del día, ya que en la entrada de la madrugada continuó con su descanso mientras utilizaba alguna tumba como litera.

Mientras dormía, un borroso sueño se tejía en su cabeza, esta vez siendo él la misma pala que reclamaba una pausa. Viéndose sometido a una extensa jornada donde el constante choque de su platinoso material contra la inestable masa de tierra que cubría a su último cliente, le había generado una fatiga sin precedentes, como si el mismo fuese ese exangüe ente deseoso de no dar más pasos logrando así exponer el aberrante terror que tenía el sepulturero por cada una de las tumbas y mausoleos que frecuenta.

Semejante acto respuesta de su psiquis, termina por moldear un comportamiento extraordinario en el sujeto que se ve sometido por el tormento que vive en sí. Dejándonos un sepulturero con un gesto facial ilegible, que resultaba fútil al intentar esconder el aberrante sentir que se mantenía allí, latente, hacia cada una de esas losas que depositaban los cuerpos que antes solía manipular a gusto respondiendo al dinero como acicate principal.

Sumado al cansancio emanado de sus extremidades que se arrastran como anclas al eterno trasnocho de un cuerpo que cada vez más se desliga de sus lazos con la estirpe humana del común -ustedes saben quiénes- esos que prefieren alejarse del estilo de vida austero donde la muerte es protagonista mientras trae el pan.

Podríamos decir que es una profesión en la que el trémulo titilar constante de las bolsas de valores y demás mecanismos volátiles utilizados para controlar a los vecinos del sepulturero parece no afectarles, pues sus clientes efectivamente no son los que se preocupan por pagarle sus servicios, de esto se encarga la familia del occiso siempre lista a tratar con jovialidad al contratado para asegurar un trato delicado y digno con el material de trabajo, el cadáver o el asunto a ser atemperado en cuestión.

Ya desabrido con el soso sabor del abandono en la boca, la cripta no hizo más que tornarse en un laberinto cuyas paredes acentuaban un solo movimiento: hacia el sepulturero.

Cada intento de movimientos en lugar de entregar la esperanza de la salvación se cernían como el intenso el inminente colapso. Un diseño de situación que ni en la mayor proyección irónica de la vida se vería posible. Mientras el sepulturero admiraba su creación de jardines agostados de rosas muertas, crisantemos negros y orquídeas de sangre era el mismo el que se encargaba de enterrar cada una de sus ambiciones bajo un cúmulo de tierra incapaz de ser comparado con todos los cadáveres cubiertos bajo su guardia. Terminando así como sepulturero ralo del cielo al por fin ser visitado por la muerte.

 

Historia de un fin

Miguel Ángel Vargas Grajales

mvargas136@estudiantes.areandia.edu.co

Una tarde fría, oscura, mojada, lúgubre, como la ciudad de Pereira me tenía acostumbrado en la época de lluvias, salí de mi casa con mi bolso Vélez de color negro. Mientras cruzaba la calle peatonal entre dos calles principales, encontré a Jesús, un amigo de la infancia, se acercó para saludarme, solo pude esbozar una pequeña sonrisa, sin pensarlo, le pregunté en qué estaba trabajando. Él me platicó sobre su vida, pienso que fueron alrededor de seis minutos en los cuales lo estuve oyendo, pero no escuchando. Me despedí de él, aunque me preguntó sobre mi vida. Seguí mi camino, mi camino hacía algo que me creía capaz de hacer.

Tenía que encontrar un lugar, sabía cómo iba lograr el fin, pero no sabía en dónde lo haría. Seguí caminando alrededor de diez minutos. Me detuve en un marco blanco, era dos veces más alto que yo, se notaba el paso del tiempo y el mal cuidado que tenía, el moho que nacía desde sus pequeñas aberturas, se extendía del suelo hasta dos o dos metros y medio de altura. Este marco pertenecía a la entrada a un cementerio, algo en mi mente me llamó a entrar. Crucé el marco y caminé por el medio del cementerio mirando las lápidas pétreas. Asombrado, miré una escultura de un demonio que hincaba una espada a un ángel, era prolija.

Después de estar detenido e hipnotizado por esa bella figura, dispuse mi mente en mirar alrededor y buscar un lugar para sentarme, sin estar encima de algún muerto olvidado. Después de encontrar un lugar, caminé despacio, y me senté. Era una pequeña colina, en la que había un árbol decoloro, sin hojas, sin vida. Sentado allí, me fijé en una rama del árbol sin vida. Se movía trémulo, parecía que iba a caer en cualquier instante. Este evento me recordó un día especial.

Estaba con mi madre en un consultorio médico, en donde el doctor nos contaba que yo tenía hipocondría, algo extraño, debido que esto normalmente, se desarrolla en personas adultas. Yo en ese entonces solo tenía ocho años. Esto me afectó en toda mi niñez, todos me llamaban mentiroso por exagerar mis enfermedades, o por crearlas. Decía que tenía cáncer terminal, y que solo me quedaba un mes de vida, todos los de  mi colegio pensaron que era real, hasta que hubo reunión de padres. Desde ese momento la profesora le dijo a todos mis compañeros que yo inventaba enfermedades.

Decidí que ese sería el lugar, el lugar para terminar con mi vida. Abrí mi bolso y saqué de él una soga y cuatro cartas. Me trepé al tronco del árbol fácilmente, y con cuidado amarré un extremo de la cuerda a una rama que se notaba firme, en el otro extremo hice el nudo que se ajusta. Bajé del árbol, y me di cuenta que hubiera sido bueno haber llevado conmigo un bastidor para pararme en él y facilitar el asunto. Pero en esta vida, los padres no son la única compañía que una persona quiere para toda su vida. Trepé al árbol, me puse la soga, y sin pensarlo, me lancé.

 

Una noche inquietante

Daniela Arias Trejos

darias74@estudiantes.areandina.edu.co

Las fogosas farolas rompían la simétrica oscuridad que a las 9:00 de la noche invadía el callejón. El ambiente era pesado, en realidad tenebroso, las gotas de lluvia se deslizaban suavemente por la superficie de mi abrigo y finalmente caían en el gris pavimento produciendo un sonido que hacía que el panorama fuese deprimente. Caminaba rápidamente hacia mi casa, mis profusos pensamientos estaban perdidos en cuentos de hadas, una pequeña sonrisa se dibujaba en mi rostro cada que pensaba en él. Era extraño, hace varios años no me sentía de esa manera, aunque todo había sucedido tan rápido que me sentía bastante confundida. Por esta razón, no quise prestar más atención a esos pensamientos y me dije a mi misma “hay cosas del corazón que son inexplicables”. De un momento a otro, el mundo hizo que mi mente aterrizara nuevamente.

La neblina y el frío comenzaban a tomar protagonismo de la escena, el abrigo que llevaba puesto parecía inservible, mis manos trémulas comenzaron a hormiguear, el frío cada vez se hacía mas intenso y mis labios tiritaban intensamente. Sentí que mi corazón se detuvo al ver una torva sombra al otro lado del callejón, la figura comenzó a hacerse mas grande, hasta convertirse en la silueta de un hombre alto. Al aproximarse pude apreciar que llevaba un ropa bastante pestilente, tenía un aspecto deplorable por lo cual me vi obligada acelerar el paso. Por suerte llegue a la avenida principal en la cual normalmente tomaba el bus devuelta a casa. La ciudad parecía desolada, sin embargo salir de ese callejón había sido un alivio.

Me subí al bus y al observar su interior había una señora que vestía elegantemente, parecía amable, pero su cabeza erguida y la expresión de su rostro le proporcionaban un aire de orgullo y egocentrismo, me senté cerca del conductor, las puertas se cerraron, el pequeño niño que iba acompañado de la peculiar señora jugaba con una pelota que mas tarde dejó caer, rodó por el suelo hasta llegar a mis pies. Me hice indiferente ante esta situación, pues en realidad me sentía un poco nerviosa, no me sentía cómoda, pero al escuchar al niño preguntar por ella, me incliné y la tomé para devolverla. La señora se dirigió al niño con amargura y futileza diciendo que la dejara, así que preferí no incurrir en absoluto, unos segundos después comenzó a entonar levemente una melodía inquietante y algo tétrica.

Fue de gran alivio entrar a mi casa, aunque era tarde encontré a mis padres despiertos que por costumbre son bastante laboriosos, los abrecé y nuevamente sentí tranquilidad, sabía que estaba completamente a salvo.

 

Triste Realidad 

Angélica María Garzón Bedoya

agarzon67@estudiantes.areandina.edu.co

Lo último que recuerdo es haber estado llorando por que iba a morir, hoy solo desperté con la ilusión de que todo había sido un terrible sueño, pero al observar mejor el lugar, donde estaba y como estaba me causo un sentimiento de ansiedad y temor, me encontraba acostada en un angosto cajón que supuse que era un ataúd, quise levantarme y lo logre con mucha facilidad, pero lo que me impresiono bastante fue que pude pasar la pared del cajón, dejando dentro mi cuerpo, entonces caí en la realidad, nada de lo ocurrido había sido un sueño, así me negara a aceptar las cosas, esta era la realidad, había muerto y me encontraba en mi propio funeral observando lo ocurrido.

Empecé a observar más a mi alrededor para saber un poco de lo que estaba ocurriendo en aquel momento, todas las personas que más me han importado en el transcurso de mi vida se encontraban allí, algunas llorando, otras consolando a mis padres y otras observando mi cuerpo sin vida en aquel cajón, ver a mis padres llorar, me destrozó el alma, nunca me había sentido tan vulnerable, saber que ya nunca más les iba a poder decir un te amo, ni dar un último abrazo, agradecerles todo lo que habían hecho por mi hasta aquel momento, saber que habían quedado completamente solos, ya que yo era su única hija, impotencia era lo que sentía, ya no podía hacer ni cambiar nada, todo había acabado.

Por otro lado, ver a mi grupo de amigos, todos tan unidos, estando conmigo hasta el último momento, nunca llegué a imaginar estar en esta situación tan dolorosa y complicada, dándole el último adiós a las personas que más ame y que me hicieron tan feliz, por un momento recordé todos los momentos que pasé con ellos, paseos, fiestas, enfermedades, cumpleaños, nunca me arrepentiría de la familia y amigos que me tocó, fui la persona más afortunada al tenerlos en mi vida. Si tuviera la oportunidad de vivir otra vez, elegiría una y mil veces esta vida.

Pensar que en un futuro ya nadie me recordaría, que al pasar el tiempo ya todas aquellas personas que se encuentran ahí llorando por mi muerte ni se acordaran que en algún momento existí, poco a poco mi ausencia dejaría de doler y cada uno seguiría con su vida, siendo felices y logrando cada uno de sus sueños, por mi parte sé que nunca los olvidaría, siempre permanecerían en mi corazón y mente, como lo más preciado y amado que llegué a tener, mi familia y amigos porque cuando uno ama de verdad nunca olvida.

 

Siete horas en el bosque

Santiago Mariño Raigosa

smarino3@estudiantes.areandina.edu.co

Supe que estaba perdido cuando eran las cinco de la tarde y aún estaba en el bosque. Fue un sábado en la mañana el día que decidí iniciar mi propia aventura, estaba con mis dos mejores amigos, Esneider y el hipocondríaco Nicolás; avanzamos hacia la vereda Agualinda desprovistos de intenciones malintencionadas, ya que solo buscábamos regocijarnos con las maravillas naturales de nuestro municipio.

Más tarde cuando recién llegamos al sector de las cabañas se nos ocurrió la brillante idea de amortajar nuestras mochilas con bolsas plásticas, esto con el fin de que en el momento en el que la lluvia llegara estas no se mojaran tanto. Horas después cuando una extraña hilaridad invadía nuestros cuerpos y el fulgor del día se cernía sobre nuestros rostros, se escuchó un terrible fragor proveniente de los cielos; era la lluvia, la cual de esta manera anunciaba su llegada.

Horas después de que la lluvia cesara Esneider sacó de su bolsillo una navaja de apariencia argentada, Nicolás y yo al ver esto nos quedamos anonadados ya que sabíamos que Esneider era de índole pacífica y no le gustaban las armas; luego comenzó a retirar el barro que se había acumulado en sus botas.

Llevábamos más de mediodía cuando llegamos a un emblemático lugar conocido como la casa de las  brujas, era una casa abandonada en un lugar remoto del bosque, la cual con su apariencia hacia honor a su apodo, ya que de alguna u otra manera había algo que nos hacía sentir observados; Nicolás al ver este horripilante panorama con voz trémula comenzó a contarnos historias sobre este lugar.

Decidimos seguir adelante por una razón que a día de hoy sigue siendo ininteligible para nosotros, para encontrar un camino de herradura, el cual supuestamente fue usado por los colonizadores; dieron las cinco de la tarde y el camino se cerró, además, no encontrábamos el camino de regreso, oficialmente estábamos perdidos. Gracias a Nicolás pudimos encontrar otro camino que nos llevaría a la vereda más cercana, pero tuvimos que “trochar” por un lugar desolado en el que no se evidenciaba la presencia humana desde hace mucho.

A las diez de la noche logramos salir sanos y salvos de esta situación, en un cafetal de una finca aledaña a la carretera.