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miércoles, junio 29, 2022

Cuentos de Jer?nimo Sanguijuelo

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Historia de dos ni?as

All? estaba yo. Pensativo, solo y reci?n divorciado. Miraba c?mo el viento mec?a los columpios de ese parque que, solitario una vez más, solo parec?a entretener el chillido de las gaviotas y a un hombre cuya mirada se perd?a en el horizonte del mar. Reflexiones, recuerdos y ninguna distracci?n. Tal vez el mejor espacio para pensar, para encontrarse con uno mismo y para analizar la vida con una que otra l?grima que r?pidamente el viento secaba.

En medio de esos silencios, escuch? c?mo dos ni?as de piel oscura, a una distancia equivalente del ?nico columpio que estaba en buen estado, miraron al tiempo la invitaci?n que este les hac?a con su movimiento r?tmico que, cual p?ndulo, ten?a como c?mplice esa fresca brisa del mar. Se lanzaron a alcanzarlo y, con ello, a aceptar la provocaci?n que les estaba haciendo.

Ambas llegaron al tiempo. Una de ellas puso una de sus manitas sobre el columpio mientras que la otra trataba de quitarla con toda su infante fuerza. Mientras con una mano intentaban ganarse la gobernanza sobre el columpio, con la otra forcejeaban imbatibles y sin que ninguna se dejara vencer. Sus peinados, art?sticos y llamativos, se perdieron en medio de esta infantil trifulca. Yo solo observaba. Se empujaron, se dec?an cosas que a lo mejor no sab?an qu? significaban hasta que una de ellas, a fuerza de combatir, qued? sentada en el columpio.

La otra hizo un ?ltimo intento por recuperarlo pero no hab?a nada que hacer. La ni?a ganadora, sonre?a agitada, sentada en su trono. All? en donde reposaba su dignidad, allí estaba ella, ahora jadeante y sudorosa, pero extasiada con este triunfo. La otra ni?a, parada a su lado, solo miraba con tristeza que no fuera ella quien estuviera sentada mientras sus ojos se encharcaban con t?midas l?grimas. La ganadora se agarr? con más fuerza. Mientras tanto, la otra ni?a, la perdedora, comenz? a alejarse con paso lento, brazos cansados y, sobre todo, dignidad en el piso.

Al ver esta situaci?n, y presa del más natural de los instintos humanos, la ni?a ganadora enton? su voz y dijo: ?Hey, ni?a, venga?. La ni?a perdedora sinti? que a?n ten?a una oportunidad de recuperar ese trono perdido, de disfrutar de ese m?gico momento que se ofrec?a pleno de brisa, de gaviotas y, principalmente, de columpio. Se acerc? y con una expresiva mirada le dijo: ??Qu???. La ni?a que estaba sentada sonri?. Su actitud no pod?a ser más humana. Mis ojos se encharcaron al suponer una situaci?n que recuperaba los elementos más nobles de la naturaleza humana. Mientras sonre?a, con particular encanto, la ni?a que estaba sentada en el columpio le dijo: ?Arrempuje, pu??.

 

 

El Mocho Uribe

Ovidio caminaba presuroso de un lado a otro. Desde la ventana de mi oficina, observaba c?mo lo hac?a por los pasillos del edificio de enfrente, en donde quedaba su oficina. Se le notaba angustiado, preocupado. Hac?a muchas llamadas seguidas y todas parec?an negarse a calmar sus afanes. Conoci?ndolo como lo conoc?a y sabiendo que era un hombre muy sereno, ese d?a parec?a ser otro. Definitivamente, no era el mismo. Como siempre nos encontr?bamos en el restaurante Pollo y Pasta, a donde ?bamos a almorzar, supuse que aquel d?a también me lo encontrar?a y as? fue.

Lleg? el mediod?a. Hicimos la fila para comprar nuestra comida y nos sentamos en la misma mesa. All? la mirada de Ovidio era de preocupaci?n y, entonces, me confes? la raz?n de su angustia. ?Oiga hermano, ?usted no sabe qui?n me puede prestar 500.000 pesos que necesito urgente??. Cuando me dispon?a a responderle que no sab?a qui?n le pudiera hacer ese favor, se sent? Pablo, otro conocido que siempre nos encontr?bamos en el restaurante y que ten?a una respuesta burlesca para todo. Cay? como una aparente bendici?n para Ovidio y, para m?, como una interrupci?n más que oportuna.

?Hola Pablito, cay? en el momento preciso?, le dije. Ovidio parec?a indicarme con su mirada que guardara silencio. No le hice caso. ?Pablo, ?vos sab?s qui?n puede prestarle 500.000 pesos a Ovidio hoy mismo??. Pablo esboz? una sonrisa y dijo: ?Claro, Ovidio, yo conozco el flecho para eso?. Ovidio sonri?; por un momento pareci? sentir alivio a sus penas. ??Y c?mo hago? Yo lleno los papeles que sean, lo que sea, hermano?, dijo y Pablo, sonriendo, contin?o: ?Vea, hermano, ese man le presta esa plata de una, no le pide papeles ni nada pero eso s?, el d?a que usted quede de pagarle tiene que cumplirle porque ese man es muy fregado, no le gusta que le incumplan?. ?No, no, c?mo se le ocurre, yo soy muy cumplido con plata ajena?, musit? Ovidio con un destello de ilusi?n en sus palabras. Pablo respondi?: ?Yo le creo, Ovidio, porque a la gente hay que creerle y tener la ilusi?n de resolver ese tipo de problemas le da a uno una especie de paz interior?. Ovidio asinti? con su cabeza mientras yo intentaba analizar esa ?ltima frase.

?Oiga pues mijo, le digo d?nde puede encontrar a ese man. Vaya al parque del Lago hacia la una de la tarde. All? preg?ntele a cualquiera de los emboladores d?nde puede encontrar al Mocho Uribe y cualquiera de ellos le dir?, y listo mijo, buena suerte y disfrute la esperanza de resolver el problema?. Esa fue la ?ltima indicaci?n de Pablo, antes de retirarse. Ovidio, sali? de inmediato casi sin despedirse pues estaba a tiempo para resolver esa situaci?n. En su rostro, la cara de angustia se hab?a mutado por una más sonriente y, al menos, por una más esperanzada.

Lleg? r?pidamente al parque del Lago, tal como Pablo le hab?a indicado. All? se acerc? a uno de los emboladores y le pregunt?: ?Se?or, buenas tardes, en d?nde encuentro al Mocho Uribe??. El embolador, un hombre ya entrado en años, mir? al compa?ero de al lado y compartieron una sonrisa. ?En la mitad de la cuadra, hacia ese lado lo puede ver, patr?n?. Ovidio, sin mayores miramientos, sali? para allí mientras le pareci? escuchar, seg?n sus posteriores palabras, ?la hijueputa risa de esos emboladores de mierda…?.

All? estaba el Mocho Uribe: una estatua de medio busto en donde se honraba la memoria del general Rafael Uribe Uribe y en la cual, el escultor lo hab?a representado sin brazos como una forma de recordar la horrorosa muerte de la que fue v?ctima. En el argot popular se le conoc?a como el Mocho Uribe. Parado en silencio frente al monumento y cambiando su breve esperanza de nuevo por la preocupaci?n que lo hab?a acompa?ado todo el d?a, Ovidio solo escuchaba el sonido de los carros que pasaban raudos para el trabajo a esa hora en esa zona de Pereira al tiempo que, al fondo, se o?a la carcajada de todos los emboladores que parec?an disfrutar una vez más esa broma que le hac?an a los ingenuos que no la conoc?an.

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