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sábado, enero 28, 2023

Crónica maldita y jamás publicada de un hincha furibundo

¡Este año tampoco seremos campeones! Y ellos salían fielmente a hacernos caso, consiguiendo a través de medio siglo mantenernos en el invicto de no jactarnos de obtener tal logro.

 

Hugo Correa Londoño*

Mecato Moncada, Carroñato, Cacao y Chiripeto se encontraron en la esquina de la calle 28 con carrera  3ª del barrio Primero de Mayo, aquel domingo de ese lejano noviembre del 97 para preparar la ida al estadio y acompañar a su equipo del alma, el Deportivo Pereira. Abrigaron  en forma vana la esperanza de que su onceno no fuera eliminado y enviado en forma vergonzosa a la segunda división como en últimas sucedió.

A pesar de que todos los pronósticos estaban en contra de su equipo; aún se hacía toda clase de especulaciones y de cábalas en la expectativa de no ser eliminados. No sólo había que obtener un resultado favorable en el juego final sino también, aguardar los marcadores entre los demás aspirantes a clasificar, que a fin de cuentas, se dieron para enterrar en forma definitiva dichas esperanzas.

Al filo de las seis de la tarde, todo se había confabulado para la catástrofe.

Moncada había quedado deshecho después de la eliminación: durante el año venidero tendrían que jugar con los equipos chicos de la segunda, en un torneo en el que el onceno degradado debía de pelear para regresar a la primera.

Esa noche no pudo dormir se negaba a reconocer la derrota; furioso mascullaba palabra a palabra los insultos para todos aquellos que en su muy particular manera habían sido los culpables de tan humillante resultado; no valieron las cartas acaloradas ante su club pidiendo el cambio de técnicos o la contratación de buenos jugadores y menos cuando en las llamadas a los programas de polémica deportiva en la radio se analizaba fecha a fecha cada partido y en los que él intervenía con agudos comentarios, bien para acusar la parcialización de los árbitros a favor de algunos equipos, o ya  para criticar las jugadas dudosas que permitieron encajar los goles a su equipo, o para exaltar las victorias –muy pocas por cierto- que su onceno disfrutaba en escasas ocasiones; pero lo del día anterior había sido el clímax de la fatalidad, de allí, sólo seguiría el infierno y sin poder conciliar el sueño, en forma decidida se levantó y escribió su testamento de hincha, aquel que acuciosamente envió a su club, a las emisoras, a la prensa escrita y fotocopió para toda su familia y los amigos -como forma de mitigar su dolor- y el cual tituló en forma desgarradora: La vida se acaba cuando pierde mi equipo

Con este sistema infame han bajado de categoría al mejor equipo del mundo: El Deportivo Pereira. Yo soy culpable de ello y cada uno de los pereiranos que nos hallamos regados por todo el orbe, tiene su cuota, y nadie más.

Me regodié toda la vida desde entonces, y dije que nuestra hinchada era la única en el mundo que antes de empezar un campeonato comprometía a sus jugadores al inicio de la temporada: ¡Este año tampoco seremos campeones! Y ellos salían fielmente a hacernos caso, consiguiendo a través de medio siglo mantenernos en el invicto de no jactarnos de obtener tal logro.

 

 

 

 

 

El pasado

Volver la mirada a épocas pasadas y recordar a Adelmo Achito Vivas (fue el primer Higuita, perdón, arquero que conocí), el Gato González, Toño Rada, Manjarrés, Eusebio Escobar (pocos recuerdan que él clasificó con su gol a Colombia al mundial de Chile) el Pollo Díaz, Alfredo Vega (el medio campo genial),  Bedoya y el  Viejito Vargas, la defensa impasable, ni Avalos (qué digo, Garrincha, Pelé o Maradona) en su buen momento hubiese podido con ellos. Disfruté entrar al estadio Mora y Mora (el Fortín de Libaré) unas veces colado y otras porque cualquier persona mayor que iba sola me podía entrar como su hijo a la tribuna de sol (pero nunca pagando, papá no daba para ello) y veía a Bobadilla defender, a Efraín Padilla hacer ecuménicas anotaciones y el Gato González atajar o desviar los balonazos impredecibles que los del equipo contrario le chuteaban, y cuando no podía ir, entonces me quedaba en casa escuchando el partidazo por la Voz del Pueblo.

Cómo olvidar aquel memorable 4 a 2 jugando contra el Deportivo Cali por los años 66 ó 67 (el famoso 5 a 0 de nuestra selección contra Argentina es un resultado pecueco frente a lo que fue esa odisea) con más de treinta buses bajamos a la Sultana del Valle; el domingo anterior habíamos derrotado al Junior en nuestro estadio  2 a 1,  con un tiro libre a pica barra ganamos aquel partido: esas sí eran gestas que nos consolidaban como el mejor equipo del mundo, dignas de la épica, sólo faltó un Homero que las cantara a la posteridad. Sí, con el Kínder de López Fretes, fuimos ese maravilloso domingo; además del transporte urbano, bajaron toda clase de vehículos particulares y públicos con la fanaticada, hasta el tren viajó atestado de hinchas; a la entrada los fantoches caleños nos hacían señas jurando devolvernos con una tunda de miedo; casi no dan las cuatro de la tarde y en el primer tiempo ganábamos 2 a 0, iniciando el segundo tiempo nos empataron; el estadio lleno y la hinchada verde rugía mientras los dirigidos por Pancho Villegas nos acosaban y en un contragolpe vino el tercer gol para nuestro equipo y luego el cuarto. Deportivo Pereira Cuatro, Deportivo Cali dos, así quedó al final en el tablero electrónico; Padilla, Rigoberto Urrea, Darío López,  el Tato González, Gustavo Santa (el Avión) y Valdés jugaban para nosotros.

Los mejores jugadores

Los mejores jugadores paraguayos que han pasado por este país los trajo siempre nuestro equipo: Arsenio Valdés, Ferreira, Rolón, Moncho Rodríguez, Arístides del Puerto, Mario Rivarola, Paniagua y Julio Gómez (llave maestra) con los últimos tres, Quintana el buen arquero de Millos jamás podrá olvidar que le quebraron el invicto en el Hernán Ramírez Villegas, a los cinco minutos de iniciado el compromiso, Julio Gómez lo pilló salido del arco y le mandó uno de esos riflazos que él solía hacer –tres o cuatro en cada partido pegaban en el travesaño y Paniagua entraba y concretaba-  después del primer taponazo en aquel inicio de juego, Otoniel Quintana jamás se volvió a salir de su arco, a partir de aquel momento se encontró más indefenso que Silvestre cuidando a Piolín; esa tarde le encajamos cuatro goles.

Para que no fuéramos a una Copa Libertadores en el año 73 o 74, Nacional se dejó ganar de Millonarios en el partido final en el Atanasio Girardot por 4 a 1, desde ese entonces cualquier cosa ha cuadrado en este país, ¿empezaría allí la debacles de valores?

De la pléyade de jugadores: Jairo Arboleda El Maestro, mi vecino de cuadra en el Calle 29 con Carrera 3ª en el barrio Primero de Mayo, no le daba miedo salir a jugar un picadito -con mis amigos los más garreros de las mangas-  en un terreno quebrado y con huecos, todos los días después de su entrenamiento. 

Arboleda merece capítulo aparte, el mejor medio campo de Colombia en todos los tiempos, la filigrana precisa, la gambeta magistral y el pase gol medido (no exagero, Pibe), sólo le faltaron acompañantes para una selección de lujo. 

 

 

 

 

 

En una noche de miércoles inolvidable, antes de dejar a nuestro equipo, en el Campín contra Millonarios, dejó regado desde nuestro campo un ejército de gladiadores que del contrario nos apremiaban, miró hacia arriba y sólo vio la luna, hizo un exquisito pase con la complicidad selenita para que nuestro delantero concretara un soberbio golazo de los cuales (delantero y gol) no debe de haber quedado sino el registro, porque fue lo que menos importó a los deleitantes del fútbol. Lo acabaron cuando a regañadientes y por contrato se lo llevaron para la Amenaza Verde; dicen que lo sacaban de una cantina de Pereira (una mocita era la dueña del pase de su corazón y  de la cintura del Maestro durante los fines de semana) todos los domingos a las nueve de la mañana, los directivos del Deportivo Cali lo liberaban sin su querer de las afectuosas cadenas, para que jugara su obligado partido en el Pascual Guerrero.

Ira e intenso dolor y el alma afligida con la canallezca de irresponsables directivos que “hoy deben de estar llorando como mujeres lo que no supieron defender como hombres” (presento excusas a todas y cada una de las mujeres), esos incapaces desde hace más de una década empotrados en sus puestos de burócratas delinearon este objetivo, y lo consiguieron ¡Salud… tres veces salud! Y que ninguna alcantarilla o cloaca le sirva de albergue a tales depredadores, y la indiferencia de la amada hinchada caiga sobre aquellos …

El próximo domingo que el glorioso y nunca bien ponderado Deportivo Pereira (el de Chila, El Padre Valencia, Luis Alfredo Céspedes, el de todos los pereiranos y yo) salga a la cancha tendremos la única mira de volver a primera y cuando estemos allí, con nuestra alta consigna aunque no seamos campeones –porque de eso no se trata-, seguiremos siendo con orgullo como hasta ahora, el mejor equipo del mundo.

Mutismo

Poco después de ese testimonio el Mecato Moncada, se sumió en un mutismo y un aislamiento total que extrañó a sus amigos.

Del hincha documentado (compraba toda clase de periódicos o suplementos deportivos, revistas con las que hacía recortes, además de libros cuyo tema fuera el fútbol –con mayores veras si se referían al Deportivo Pereira, con gran documentación había abarrotado su limitada y especializada biblioteca – era la biblia del equipo- al decir de sus amigos de barra)  de todo eso, no quedó nada, ni sus polémicas cartas dirigidas a los directivos o a los noticieros deportivos; se alejó de los corrillos del estadio, quemó todas sus camisetas, viseras y gorras, abandonó a su novia (es un decir, ya que él tenía novia pero ella no lo tenía a él) y en fin ¡abandono todo!  todo  lo que en el futuro pudiera recordarle su pasión desenfrenada por su equipo, dejó hasta su familia y nadie se percató cuando desapareció, primero de su barrio, después de la ciudad y por último del país; parece que con lo que cobró de sus cesantías como empleado de un banco de la ciudad, donde trabajó por más de quince años, se fue para Estados Unidos como se comenzó a especular en los pequeños grupos de amigos que frecuentaba, y otros dijeron haberlo visto en Barranquilla, deambulando por las calles inmisericordes, con los ojos desorbitados, gritando a todo pulmón en cualquier parte y ante la sorpresa de los transeúntes, algún golazo de sus alucinadas remembranzas.

*Abogado y escritor pereirano-calarqueño, radicado en Bogotá D.C. Director del Taller de Escritores Gabriel García Márquez de la Universidad Autónoma de Colombia, en la Revista Suenan Timbres, del grupo de dirección y redacción.

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