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viernes, junio 14, 2024

Claves para escribir las historias y leyendas de nuestros pueblos

Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Mi libro “Historias y leyendas de pueblo” fue publicado en el año 2.000 por el Fondo mixto para la promoción de la cultura y las artes de Risaralda, pero su escritura la había empezado mucho antes, a finales de los años sesenta, cuando yo estaba en plena adolescencia, con apenas quince abriles encima.

En efecto, fue entonces cuando nació la primera historia, contada por mis abuelos maternos en Pereira, adonde nuestra familia recién había llegado, proveniente del citado municipio que antes pertenecía a Caldas y luego, desde 1.966, al nuevo departamento de Risaralda.

Pero, ¿de qué trata -preguntarán ustedes- dicha historia? Para decirlo sin rodeos, su protagonista no fue otro que Leonidas López, prestigioso poeta de comienzos del siglo pasado, cuyo centenario de muerte se cumplió hace poco, en agosto de 2.021, cuando la Academia Marsellesa de Historia declaró el año conmemorativo en su honor.

Es una historia fascinante, sin duda. Tanto por ser un poeta, el de mayor reconocimiento en la vida local con más de un siglo a cuestas (Marsella fue fundada en 1.860), sino también por su condición de médico, el primero en serlo allí con título profesional, y porque el asunto en cuestión es de corte romántico, con tintes de tragedia.

Sí, Leonidas, siendo muy joven, se enamoró de una hermosa damita de la sociedad local, pero su padre, el poderoso e influyente Nicasio López (casado con Beatriz López, prima de mi abuela Clara Isabel), se opuso al matrimonio de la feliz pareja, enviándolo a estudiar medicina en Bogotá; al regresar, con cartón en mano, comprobó que su antigua novia se había casado y, ante tan cruel desengaño, se encerró a escribir poemas decadentes en El Tablazo, su finca familiar.

Ahí precisamente lo fueron a llamar de noche, en medio de una tempestad, para atender el parto de su amada en la finca de Beltrán, al otro lado del río Cauca, pero, al intentar cruzarlo a nado por estar cerrado el puente, simplemente se ahogó.

Una versión oficial, claro. Que después, con ayuda de otras fuentes, fue corregida y ampliada, tanto que su desenlace puso en entredicho a su ilustre familia (que, por cierto, es la mía y del exgobernador Carlos Arturo López Ángel).

Dejo que sean ustedes, caros amigos, quienes descubran la segunda versión que, al parecer, es definitiva e irrefutable.

Historias familiares

Así nacieron, con el poeta Leonidas López, mis historias familiares que se remontaron, desde un principio, a los colonizadores paisas, o sea, a quienes llegaron de Antioquia en el proceso de colonización del actual Eje Cafetero en Colombia, una hazaña histórica no sólo regional y nacional sino también latinoamericana, reconocida como tal por los expertos (encabezados por el profesor norteamericano James Parsons), dado el masivo movimiento popular que le caracterizó durante varias décadas.

En el caso citado, llegamos al padre de Leonidas: Nicasio, proveniente, con su esposa Beatriz y los hijos pequeños, de Aguadas, ruta habitual de los colonizadores en su ingreso por el sur de Antioquia -por Sonsón, sobre todo- al norte de Caldas. Era, pues, oriundo, con su familia, del vasto territorio antioqueño.

Fue como descubrí, en tal sentido, la forma de acercarme a la ya lejana colonización (que se extendió hasta 1.930, ¡hace casi un siglo!), a través de la tradición oral, por labios de los abuelos maternos, proceso -me dije- que podría repetir con ellos y sus hijos (mis tíos, mejor dicho), entre otros parientes, e incluso hacia el lado paterno, de la mano especialmente de los más viejos o ancianos, por razones obvias.

Y así fueron naciendo más historias, también por lo López: la de Adela, hermana de mi abuela Clara, quien parecía santa y resultó ser, tras mis pesquisas de rigor, una pobre mujer abandonada por su joven marido, quien le dejó en su vientre una niña, fallecida al nacer, de quien su madre guardó los vestiditos, que nunca estrenó, en un escaparate donde los cuidó con devoción hasta el fin de sus días.

Por su parte, de mi abuelo materno: Felipe Montoya, conté su propia historia y la de sus padres: Moisés y Luciana Toro, oriundos de Concordia (Antioquia), mientras por el abuelo paterno: Emilio Sierra, hablé de él y sus descendientes, como “Toño” Sierra, cuya novia, Jesusita Villa, se ahogó en el río San Francisco cuando iban, en alegre cabalgata, a su boda en el pueblo.

Por esa vía llegué a mi bisabuelo Juvencio Sierra, el primer Sierra en llegar a Marsella hacia fines del siglo XIX, venido de Girardota (donde nació Pepe Sierra, su primo hermano), mientras por mi abuela materna: Elisa Caro, llegué hasta su padre: don Liborio Caro, cuya residencia inicial quedaba donde hoy está la Casa de la Cultura.

Más historias

Hay historias, asimismo, de los Ángel, como la de Chingolo que, en medio de la terrible violencia, mueve a risa, y de los Alvarán, como “Duelo de domingo”, donde El mono, valiente como ninguno, hizo correr despavorido al forastero que hizo creer, por mucho tiempo, ser el más guapo del pueblo.

La violencia, en fin, está ahí presente. No podía faltar, en verdad. Ni con mi pariente cercano, Chuchi Sierra, cuyos macabros crímenes aún nos aterrorizan: ni con la leyenda del Jinete sin cabeza, quien pasaba a caballo, en las frías noches de invierno, por la casa donde vivíamos; ni la de “El Padrino”, un relato ficticio basado en personajes reales, cuyo protagonista es el consabido capo del narcotráfico en los tiempos que corren.

De ahí pasamos, por último, a ciertos cuadros de costumbres, como las maravillosas entradas triunfales de Chava Luna, “La reina de El morro (un prostíbulo)” y de Luz Marina Zuluaga, Miss Universo, cuya presentación apoteósica, en plena Plaza de Bolívar, es la mayor inocentada de que se tenga historia, fruto de la imaginación desbordante de mi hermano Rubén Darío.

Además, en mi libro de Memorias: “Una vida en olor de imprenta”, recojo más historias de otras familias, como las de Herman Vásquez y Silvio Posada Castaño, queridos amigos de infancia que ya se fueron, uno al caerse desde lo alto de la iglesia, y el otro, luego de una brillante carrera política y periodística, digna de recordar.

Conclusiones

Ahora bien, ¿qué podemos concluir de lo anterior? O, mejor, ¿cómo hacer algo similar en los demás municipios de Risaralda y, en general, del Eje Cafetero, cuya cultura nos identifica y debemos promover a través de estas historias, contribuyendo así, en forma significativa, a nuestra identidad cultural?

Para empezar, recomiendo seguir los pasos ya trazados. En primer término, recoger esas historias de personas mayores, partiendo de las propias familiar y, luego, de otras, que ojalá sean representativas de la localidad, sobre la cual es preciso consultar la historia oficial, consignada en documentos (archivos, monografías, etc.) para dar el contexto respectivo en cada caso.

Es recoger, en fin, la tradición oral, antes de que desaparezcan esos ancianos, no sea que, con su muerte próxima -según lo hemos dicho-, “se incendie una biblioteca”. Para ello, los nuevos recursos tecnológicos, desde el teléfono celular con su grabadora, facilitan conservar tales testimonios, incluso para permitir, en cualquier momento, la consulta personal y de las demás personas, tarea que puede multiplicarse, en la actualidad, con el uso de las redes sociales.

No basta, sin embargo, con tener la grabación o el audio, ni mucho menos las imágenes. No. Se requiere, ante todo, escribir dichas historias, comenzando por las pequeñas biografías de los entrevistados y sus familias, ojalá remontándose hasta los antepasados, quienes llegaron a nuestras tierras durante la colonización antioqueña.

Por último, a la hora de escribir hay que buscar elementos novedosos, de impacto, sobre los cuales deben girar las historias y leyendas.

¡He ahí el reto! ¡Adelante!

(*) Miembro de El Parnaso Literario del Eje Cafetero

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