23.2 C
Pereira
domingo, mayo 26, 2024

Breviario de El Quijote en el Día del Idioma

Conferencia dictada en la Academia de Historia de Pereira para celebrar el 23 de abril el Día del Idioma. 

Jorge Emilio Sierra Montoya

Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua 

El escritor colombiano Eduardo Caballero Calderón publicó su libro “Breviario del Quijote” en 1947, al celebrarse el IV Centenario del nacimiento de Cervantes.

La obra apareció en Madrid (España). Y así tenía que ser. Al fin y al cabo, su autor era un ferviente hispanófilo, según dejó constancia en su dedicatoria a la madre patria y en otros libros suyos –“Ancha es Castilla” (1950), en primer término-, sin olvidar que luego, en 1965, obtuvo el Premio Nadal, en Barcelona, con su novela “El buen salvaje”.

Caballero Calderón fue un “caminante del Quijote”, según nos confiesa en su Introducción, aludiendo obviamente a que “Don Quijote de la Mancha” es un camino, un camino que todos debemos recorrer. En su caso, tan largo recorrido lo inició en la infancia, aunque entonces se aburrió en grado sumo; después, en su adolescencia, se convirtió en “obsesión”, y con el tiempo aprendió a leer y soñar en sus páginas sobre las mayores pasiones del alma humana: el amor, el humor, el idealismo y el honor.

“Creo -decía- que todo hombre que habla en español, y mayormente si nació en América, debe leerlo y releerlo para aprender a pensar y conocerse a sí mismo”. Pero -cabe preguntar-, ¿cómo leer el Quijote? De nuevo, el autor nos señala, a partir de su experiencia personal, cuál es el camino que debemos seguir, a la inversa de como suele enseñarse en nuestros colegios.

Veamos su consejo: no leerlo en la infancia, cuando por ello se toma cierta aversión a los autores clásicos, sino en años posteriores, en la universidad, cuando se quiera descubrir la magia de la lengua española tras haberse acercado, desde temprana edad, a los hechos actuales por medio de la lectura de periódicos (recordemos que él fue un gran periodista, entre los más prestigiosos de la prensa nacional).

Reclamaba, además, que al Quijote lo leyéramos una y otra vez hasta asumir su quijotismo, entendido como la búsqueda insaciable de nuestros ideales. Que es cuanto haría a continuación en 17 cortos capítulos, cuyas ideas esenciales intentamos ahora exponer, acogiendo la principal lección de don Dámaso Alonso, el inolvidable director de la Real Academia Española, en su Estilística, fuente por excelencia de la crítica literaria.

Desde la intuición

De hecho, Caballero Calderón sigue a Dámaso Alonso en su análisis literario por el carácter subjetivo que lo identifica. Así, desde el primer capítulo aclara que sus diversas observaciones sobre el Quijote, con los múltiples hallazgos que va haciendo en el camino, son fruto de la intuición, no de una prueba experimental, acaso científica. Es la visión, claro está, no del frío ensayista sino del muy sensible novelista que nos ha conmovido desde los años mozos.

El Quijote, en su opinión, no se queda en el tiempo cronológico de los cronistas, con la simple descripción de hechos que van encadenados como en el “Amadís de Gaula”, sino que trasciende hasta la verdadera Historia, intemporal o atemporal, pues cada una de sus aventuras es, en sentido estricto, “un acontecimiento espiritual”. El espíritu, en consecuencia, está acá presente, con su inmaterialidad característica.

De ahí que tales aventuras sean simbólicas, con el profundo significado que disciplinas como la semántica y la semiología suelen develar: la locura, en los molinos de viento; la ingratitud, en los galeotes; el poder de la imaginación poética, en la cueva de Montesinos… 

Y en dichas circunstancias no es de extrañar que Don Quijote, desde su ya lejana aparición, se haya transformado en “arquetipo de la humanidad”, como si su escuálida figura nos representara a cada uno de nosotros, mientras en la historia humana, desde hace más de cuatro siglos, su libro ha sido y sigue siendo contemporáneo, eterno si se quiere.

Sin embargo, no se trata de un personaje abstracto, etéreo, que se pierde en las especulaciones teóricas o en los vuelos metafísicos. No. A pesar de su dimensión espiritual, tiene los pies sobre la tierra, afincados en la realidad de su tiempo y de su patria, en la España de su época y de siempre, manteniendo un parangón que sorprenderá, con seguridad, a los desocupados lectores de hoy.

En efecto, “Don Quijote” es -en palabras de Caballero Calderón- “un libro que anda”, cuyos numerosos personajes, desde sus dos protagonistas, están de viaje a cada momento, caminando -o, mejor, cabalgando- sin descanso, hablando “hasta por los codos” y haciendo gala, aquí y allá, de un carácter extrovertido, volcado al mundo exterior, consciente de la fugacidad de la vida, del paso veloz y los cambios continuos, de lo efímeros que somos.

Y aquí viene el cuento: esas condiciones son propias del pueblo español, el cual se caracteriza por ser viajero incansable, según lo confirman múltiples pasajes de su historia milenaria; por hablar sin parar ni tomar aire, como si la vida misma fuera sólo lenguaje, y por ser personas extrovertidas, abiertas, como el ancho mar que las llevó al Nuevo Mundo, sin preocuparse siquiera porque nuestra existencia se esfume, como si nada.

¡Don Quijote es España! ¡Y España es Don Quijote!

Ahora bien, de esa comparación entre España y su obra maestra, que termina en una extraña fusión o identidad, Caballero Calderón pasa a una similar, ahora entre Cervantes y Don Quijote, lo cual le permite hacer un breve recorrido por su biografía extraordinaria, aunque desgraciada, del Manco de Lepanto, para deducir nuevas características del texto literario. Veamos.

Para nuestro autor de “El Cristo de espaldas”, Cervantes fue “un hombre desgraciado”, signado por el trágico destino, la condenación o la mala suerte. Soldado vencido y hecho preso, víctima de los crueles ataques de don Lope de Vega, pobre mendicante ante las cortes, fracasado ante su intento de ser escribano en la Santa Fe del Nuevo Reino de Granada -¡en nuestra capital de la república!-, y plagado de deudas, sin tener donde caerse muerto, fue “no menos grande que don Quijote, pero sí mucho más desdichado”.

Acaso por eso precisamente, en la ruina total, Cervantes se lanzó con su héroe a conquistar el mundo, igual que lo hizo España en su momento, creando su imperio. Por eso, además, sus personajes son como él, de carne y hueso, sacados de la vida real, con sus alegrías y tristezas, sus sueños y desventuras, su grandeza y su bajeza, como cualquiera de nosotros, sin excepción.

De la locura y la cordura

“De la locura” trata precisamente el capítulo que viene a continuación, donde ambos personajes (que son personas, repetimos) no deben ser vistos como figuras contrapuestas que representan a los dos tipos en que clasificamos el género humano, sino como las naturalezas que conviven en cada uno de nosotros, quienes somos, en definitiva, locos y cuerdos o, mejor, semilocos y semicuerdos.

La locura de Don Quijote -aclara, ahondando en su análisis- está relacionada con el presente, como cuando ve terribles gigantes en los molinos de viento, al tiempo que la de Sancho gira en torno al futuro, a sus sueños o deseos, como es su mencionada ínsula, de la que sería su gobernador.

Pero, sigamos. Para Caballero Calderón, la atmósfera (otro elemento fundamental en la crítica literaria) de la gran novela cervantina está repleta de días soleados y noches lentas, tranquilas, en el campo, en el típico paisaje de La Mancha que todavía podemos contemplar cuando hacemos, aunque sea como turistas, la Ruta del Quijote.

Sin embargo -precisa el ensayista, con bastante agudeza-, Cervantes no describe ese paisaje, ni por tanto la naturaleza en que se mueven sus personajes, sino que lo sugiere y hace sentir en ellos, en su “realidad inmanente”, en lo más profundo de su ser, como también nos sucede a nosotros en la modesta condición de lectores, pues -valga nuestra confesión- llevamos el paisaje manchego pegado al alma.

Al respecto, el autor en referencia se proyecta acá con su amplio conocimiento de la literatura universal para concluir, a modo de hipótesis, que la novela contemporánea incorpora el paisaje, con su debida independencia y no en la forma idealizada de los románticos, a partir de las páginas del Quijote, con la dimensión espiritual, profundamente humana, en que tanto ha insistido.

El paisaje en Don Quijote es, por consiguiente, un “ámbito espiritual” que está presente en La Mancha, “con sus caminos, sus ventas, sus roquedos, sus castillos”, y que nosotros mismos, habitantes del Nuevo Mundo, lo vemos, sentimos y vivimos en nuestros pueblos, aquellos que “los conquistadores” (verbigracia, Jiménez de Quesada) solían bautizar con nombres en honor a su país nativo.

Y claro, Don Quijote es “un libro de aventuras”, como aventureros han sido los españoles desde tiempos remotos y, en especial, durante la conquista de América, sin temer la muerte al enfrentarla y hasta perder la vida en esa lucha, de la que finalmente salen triunfantes al sacrificarse por el amor, la gloria y la justicia. 

La vida de don Quijote es, por ende, una aventura espiritual, con los valores más altos del ser humano como trofeo, según debería serlo para cada persona, cualquiera sea.

Anarquía, democracia y amor

Para Caballero Calderón, Don Quijote es el perfecto anarquista. “Es el príncipe -dice- del anarquismo español o, por lo menos, su precursor”. Y aunque tal afirmación nos aterre en estos tiempos marcados por el terrorismo, debemos aclarar que la anarquía en cuestión alude al individualismo que él encarna. Es la “sublimación del individualismo”, subraya.

Por enésima vez, tal característica es de los españoles en su conjunto, dado su carácter individualista o egoísta, según consta en su historia política y aún en su vida cotidiana, donde cada uno de ellos “es rey y señor en su casa”. Más aún, esto es lo que explica que así se presenten don Quijote, Sancho y el resto de personajes, sin importarles su condición social, aunque sea modesta.

Lo cual refleja un auténtico espíritu democrático, según el cual se valora la dignidad humana, de cada persona, como si ninguno fuera superior a otro o incluso todos fuéramos superiores, como en verdad lo somos por haber sido hechos, según las enseñanzas cristianas, a imagen y semejanza de Dios.

Dulcinea es la mujer ideal, a quien su enamorado simplemente contempla, sin atreverse a tocarla. No obstante, el ideal femenino en Cervantes -según nuestro ensayista- va más allá, con múltiples y diversas figuras que lo encarnan, como la hermosa Marcela que sobresale entre las muchas mujeres románticas, desde Emma Bovary, de Flaubert, hasta María, de Isaacs.

O Leandra, seducida y engañada; o, sobre todo, la llamada “mujer anfibia”, que en parte es ideal pero también real, como Quiteria, cuyo matrimonio arreglado se rompe cuando su enamorado finge la muerte, víctima del presunto suicidio, y Dorotea, quien “comenzó -dice- por ser un ideal y acabó metida de lleno en la realidad”.

Para cerrar con broche de oro esta reflexión en torno a las mujeres, Caballero Calderón vuelve sobre ellas y, en particular, sobre Marcela y Quiteria, como representantes de la novela pastoril que estaba en boga y que, por consiguiente, tuvo enorme influencia en la obra de Cervantes, tema que ha sido ampliamente estudiado por otros críticos.

Dos pasajes con estilo

Al terminar su recorrido por los caminos de El Quijote, Caballero Calderón aborda otro aspecto básico en la crítica literaria: el estilo del autor en su obra, no sin recurrir a la conocida sentencia de Buffon: “El estilo es el hombre”. Aquí, pues, el estilo, como un espejo, refleja a Cervantes, igual que ocurre con otros escritores, entre quienes menciona, con la debida selección de textos para comprobar su aserto, a Azorín, Pereda y Gabriel Miró, cuyo ritmo particular en el lenguaje muestra su personalidad, su visión del mundo, su alma.

El estilo pone de manifiesto el ser íntimo de cada uno y su estado anímico, lo que ratifica ese carácter intimista, profundamente subjetivo, del análisis que venimos siguiendo, recordando la tendencia estilística de don Dámaso Alonso, si bien acá se descarta que el estilo haya sido estudiado “como materia científica”.

Para él, además, el estilo cervantino es magistral por ser “expresión fiel y digna del pueblo español”, según lo hemos visto en forma repetida. Y, con la obligada referencia a pasajes específicos de la novela que por cierto se rejuvenece con el tiempo (de ahí -asegura- que su segunda parte sea mejor que la primera), subraya tanto la espontaneidad, la serenidad y la rica imaginación como el lirismo y el humor, sin dejar a un lado la palabra creadora y su versatilidad en los nombres o apodos de los personajes y en el lenguaje que emplea cada uno de ellos.

De manera especial, Caballero Calderón se detiene en el memorable discurso de las armas y las letras por considerarlo nada menos que un nuevo sermón de la montaña, precursor del romanticismo moderno, que pretende revivir la caballería como solución a los peores problemas sociales, siendo don Quijote uno de los grandes utopistas (pensemos en Tomás Moro).

Según esto, Cervantes añoraba la edad de oro en que reinaban la paz, la amistad, la concordia, las doncellas y la honradez, e intentaba lograr el milagro de su resurgimiento, ejerciendo, a través de su héroe, aquel “sacerdocio -dice- no solo del honor sino de la caridad entre los hombres”. 

Conclusiones

Permítasenos cerrar esta disertación con las conclusiones que Caballero Calderón hace en sus dos últimos capítulos (XVI y XVII), referentes al ideal caballeresco y la transfiguración del Quijote, cuyo contenido compartimos a cabalidad, como esperamos que lo sea también para los lectores. Entremos, pues, en materia.

Sobre el ideal caballeresco, tiene que ver con el quijotismo mencionado antes. Pero, aquí la cita textual es obligada, en lugar de parafrasearla como hemos hecho en la mayor parte del texto. Leamos, sin cambiarle una coma:

“El último gran ideal humano es el quijotismo, pues perfecciona el ideal caballeresco de la Edad Media, lo templa en el fuego del más puro sentimiento cristiano, que es la caridad, y, finalmente, lo empapa en la esencia universalista del Renacimiento”.

Y añade, volviendo sobre el espíritu democrático que ratifica la vigencia o actualidad de la obra:

“Lo más extraordinario en el Quijote es el concepto de aristocracia, que adquiere una función social eminentemente democrática, popular, moderna, y convierte al Caballero de la Triste Figura en el heraldo de la humanidad contemporánea”.

En mala hora -observa el analista, henchido de dolor-, “el mundo (de hoy) está viviendo para el día que pasa. Un pragmatismo helado, un materialismo sórdido, un desaliento universal envenenan el alma humana desde la cuna”. ¡Cuán vigentes y actuales son tales expresiones, repetidas por muchos de nosotros en los círculos académicos! Y eso que fueron consignadas hace varias décadas, cuando pocos imaginaban el terrible estado de degradación social y cultural a que estamos asistiendo.

He ahí precisamente la señalada transfiguración que sirve como epílogo de este bello Breviario, según la cual quienes, a pesar de todo, nos negamos a perder los ideales y la correspondiente individualidad, haciendo del quijotismo “una santidad laica”, no podemos dejar de leer a “Don Quijote”, ni de rendirle culto a Cervantes, su creador, cuyo “espíritu -al decir de Caballero Calderón- se echó a volar por la historia y por el mundo, llevado en alas de la gloria”.  

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN INFORMATIVO

Para estar bien informado, recibe en tu correo noticias e información relevante.

 
- Publicidad -

Para estar informado

- Advertisement -
- Publicidad -
- publicidad -