Belisario Betancur y los Poemas del Caminante


Ricardo Rond?n Chamorro

Al fin y al cabo todo es muerte / menos la muerte. / Morimos hacia adentro / seg?n que ardan las brasas y la luna / o vamos desplom?ndonos / bloque a bloque cayendo / como r?o que lava el lodo / y echa a rodar el alma… (Extrav?o en Argos, Belisario Betancur Cuartas. 1923-2018)

 

Qu? gran poeta fue el expresidente Belisario Betancur, pese a una modestia inmerecida de muchos años, o quiz?s a ese pudor de quien ve la poes?a como la? verdad más transparente, o como el ?nico recurso en el gozo, la incertidumbre o la calamidad, para agradecerle o reclamarle a Dios desde la tierra.

 

O quiz?s ese temor o esa prudencia del hombre provinciano, del campesino de las monta?as de Antioquia, que no obstante su admirable formaci?n y trayectoria como hombre de letras, estadista, humanista, soci?logo y traductor, poseedor de una vasta cultura, se habr?a hecho a la idea de que eso de cometer versos era un don especial que las deidades del olimpo otorgaban a ciertos privilegiados.

 

Porque estos Poemas del caminante estuvieron archivados mucho tiempo, pero mucho tiempo despu?s de su errancia itinerante como ciudadano del mundo desde la patria chica de Carlos Castro Saavedra, Tomás Carrasquilla , Manuel Mej?a Vallejo y Porfirio Barba Jacob, a las ant?podas, y de haber librado arduas batallas como presidente de la rep?blica, y una vez cumplido su mandato (1982-1986), retirarse al silencio y a la soledad monacal de las letras y la creaci?n, a su compromiso y respaldo fundamental a la educaci?n y a la cultura, desde su escritorio de presidente de la Fundaci?n Santillana para Iberoam?rica.

 

S?, muchos años despu?s se producir?a el hallazgo de la veta de oro de su poes?a. Fue en los albores del nuevo milenio, cualquier noche de esas amenas y prolongadas tertulias en la Casa de Poes?a Silva, de la que ?l fue su gran impulsor y patrocinador, cuando los poetas Mario Rivero y María Mercedes Carranza lograron sonsacarle estupefactos ese tesoro escondido que el cauteloso expresidente persist?a dejar in?dito.

 

As? fueron aflorando los primeros poemas, publicados por partes en antolog?as y en la revista Golpe de dados, y luego, por iniciativa de Dalita Navarro Palmar, esta bella y cuidadosa edici?n, tan ?ntima y reveladora como el alma de su autor, con dibujos del artista Jos? Antonio Su?rez Londo?o, pr?logos de Mario Rivero y María Mercedes Carranza, sus descubridores, impresa en los talleres de Villegas Editores, y publicada, como regalo de Dalita, su esposa, en 2003, para el aniversario ochenta del t?mido y rec?ndito bardo de Amag? (Antioquia).

 

?Poemas limpios de sentimiento, palabra y forma. Ni sentimentales efusiones, ni retorcimientos intelectuales. Nada forzado ni artificioso (?). Nos encontramos ante lo que en poes?a se suele denominar la b?squeda, en el sentido casi mástico de peregrinaci?n?, apunta Mario Rivero.

 

?Este caminante se ha extraviado en Argos donde vio la muerte sin sue?o ni armadura. Descubri? el alma de la piedra en Jerusal?n. Y la luz, en la infancia de Botero. Este caminante fue visto en Quito; se demor? varios poemas en Nueva York, caminando por Sutton Place, tomando whisky en el bar de Peter O?Donell, o charlando sobre libros con Joe Watson debajo del puente de la 42. Este caminante desde Praga lleg? hasta la Tierra del Fuego y de ah? salt? a la India. Y en Bogot? otra vez encontr? el amor?, remata en su pr?logo María Mercedes Carranza.

 

Leo y releo Los poemas del caminante, plenos de luz, amor y sabidur?a, y me dej? llevar por su candil redentor por regiones y vericuetos de su trashumancia, de su arrolladora geograf?a de parajes insospechados, de visiones abismales y de una profunda melancol?a, pr?xima al acabose inexorable, pero nunca distante del fragor y la plenitud de la vida, como los versos del Extrav?o de Argos:

 

Al fin y al cabo todo es muerte / menos la muerte.

De este precioso libro comparto diez poemas cuando despedimos con palmas de gratitud y admiraci?n al egregio y dilecto colombiano, que no obstante su grandeza hizo cumplir al pie de la letra su ?ltimo deseo: nada de oropeles en su funeral, ni c?mara ardiente en el Congreso de la Rep?blica, ni exequias en la Catedral Primada, ni honores de la Guardia Presidencial.

 

Morimos hacia adentro / seg?n que ardan las brasas y la luna.

Hasta siempre, poeta.

* http://laplumalaherida.blogspot.com

 

Errabundia

Te buscaba en un sue?o inexistente,

en el espejo de las evocaciones.

Ni siquiera viv?as en el recuerdo,

el vecino del lado del olvido.

Amanec?a llam?ndote a tu casa

antes de que la hubieras construido.

Ya hab?as partido sin haber llegado.

O te hab?as muerto sin haber nacido.

New York, marzo, 1993

 

El caminante

Otros dir?n por m? quien quise ser,

yo solo s? decir que no lo fui.

Pero quiero explicarte, quise ser

el que entraba y sal?a de las horas

casi siempre de paso, el que cruzaba

del ?xtasis al v?rtigo y aquel

que lo apuraba todo con delirio.

El mismo que exprim?a la vendimia,

el jubiloso, en fin, agonizante

cada vez que el terror sobrecog?a

un respiro, una flor, un elemento.

Otros dir?n por m?. Nunca lo supe.

 

Extrav?o en Argos

Al fin y al cabo todo es muerte

menos la muerte.

Morimos hacia adentro

seg?n que ardan las brasas y la luna

o vamos desplom?ndonos

bloque a bloque cayendo

como r?o que lava el lodo

y echa a rodar el alma:

otra vez sin saberse cu?ndo, d?nde,

como avalancha ardiendo

piedras germinando.

Al fin y al cabo todo es muerte

menos la muerte.

El mirto llora un llanto verde

y el olivar aceite y grito

las mujeres del Argos con las manos

abiertas a la luna de Epidaurus.

Y yo me voy huyendo, devorando

las aceitunas del Peloponeso.

Pero conviene precisar.

No es lo mismo

el coraz?n a la intemperie

aunque no sea en Nauplia ni navegando.

No es lo mismo salirse con la suya

y mostrarles a todos

una muerte sin sue?o ni armadura.

Todo el verdor, los m?dicos,

Esculapio mismo que te arrulla

una muerte sup?rstite sin ganas,

callado desde Tebas,

con pieles de duraznos, pisando el territorio,

no es lo mismo

que irse echando a morir gota a gota

perdido en uno mismo, son?mbulo y a tientas,

velado el coraz?n en Epidaurus.

No es lo mismo.

Atenas, junio, 1966