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domingo, enero 29, 2023

Antonio Mejía Gutiérrez en los bajos de la Casa de Monseñor

Meloy  había comprendido al igual que Toño Mejía que los mayores tesoros están en las almas enamoradas y en el corazón puro de los niños.

 

n Alfredo Cardona Tobón*

En el primer piso de “La Casa de Monseñor”, situada en el marco de la plaza de Salamina, el abogado Antonio Mejía Gutiérrez atendía por igual a la selecta clientela del Club Chamberí y a la gente   que cubría los honorarios con un “Dios se lo pague”    o  con “yo le cancelo  apenas tenga un respirito”.

Por insinuación de su hijo Felipe, el doctor  Antonio Mejía me prestó  su oficina en  “La Ciudad Luz”  de Caldas para atender un programa  de la Universidad Autónoma. Yo admiraba  a Toño por sus columnas de prensa y sus  libros de literatura infantil y  acabé por conocerlo a través de ese cuarto enorme con puertas de roble y piso de ladrillo que lo retrataba de cuerpo entero y guardaba los secretos de su mundo: Allí tenía zamarros, sillas de montar, aperos, rejos y lazos, libros viejos, documentos, códigos, lámparas, sombreros de remotas épocas y una ruana de lana de Marulanda.

Un bombillo de cien amperios atornillado a una viga añosa iluminaba tenuamente los rincones adonde no llegaban los rayos de sol que  en los días de verano  se asomaban por la ventana. Ese recinto con olor a eternidad era como el castillo con el blasón de Mejía Gutiérrez, los trofeos de exposiciones equinas, congolos de varios colores, un cuadro  de Bolívar con cara de tísico y un anémico Corazón de Jesús.

El cuarto parecía poblado de fantasmas. Llegué a pensar que los  personajes de los cuentos de “Toño” Mejía vivían en la oficina, en medio de los libros viejos  y salían a media noche a recorrer las calles de Salamina. En una noche bohemia  cuando la bruma trepaba por las laderas del río San Lorenzo y arrastraba cocuyos hasta el atrio de la  iglesia,  escuché  ruidos extraños. Detrás de un jarrón que Toñó rescató en uno de sus viajes, oí la voz de flauta del mago Euclides, mientras de un tiple roto salían las carcajadas de María La Parda y el chasquido del yesquero de Bermúdez, un alma en pena retenida por el diablo en  los altos de San Félix.

Definitivamente ese gran salón con olor a viejo estaba encantado y lleno  de misterios: dentro de un cajón con llave  estaban  las espuelas de  Canaguay, el gallito que nació de una pluma del Arcángel San Miguel y en un baúl con tres sellos “Toño” guardaba la biblia  que san Esteban Maya leía cuando venía del otro mundo  a aplacar al “Putas de Aguadas“y al “Berraco de Guacas”.

Ante los portentos repetidos llegué a la conclusión de que no era mera coincidencia que “Toño” Mejía, el veterano invocador de espíritus,  hubiese establecido su cuartel en los bajos de  la “Casa de Monseñor”,  conocida en otros tiempos como  la “Casa del Degüello” y donde el 22 de marzo de 1879 las fuerzas liberales masacraron decenas de reclutas conservadores  venidos del oriente antioqueño.

Al mirar la casona de Monseñor  y recordar la muerte de esos campesinos en la flor de la edad,  que solamente sabían de azadas y de cosechas, volvieron a mi memoria los versos de Mejía Gutiérrez:

“Las manos de los hombres fueron hechas

para abrazar mujeres en la tarde.

Para pulir el barro, para el surco,

para pintar cuadernos con imágenes,

para reconocer a los amigos,

para ayudar al ciego allá en las calles”.

Definitivamente, como decía Toño Mejia las manos de los hombres, no de los hombres hienas, se hicieron para el amor y para la vida. Cuando arrancaron esos labriegos de sus parcelas sin que les hubieran crecido  callos  ni aprendieran a ser héroes, su sangre tiñó las escalas de la casona y sus ánimas  sin  alas quedaron ancladas en los muros de la oficina de Toño. Por eso Antonio Mejía estaba allí, tratando de acercarse  a las almas de los  reclutas  para convencerlos de abandonar un mundo donde ya no tenían la oportunidad de amar ni de recorrer sus caminos.

Solamente “Toño”  podía cumplir esa misión, pues desde su más tierna infancia   aprendió a ponerle bozal a las brujas en su natal Villarrica de Segovia y a poner en cintura a los duendes y trasgos que  iban en desbandada aterrados por los pitos de los carros y el ruido de las pianolas

Sobre una repisa, entre la cabeza disecada de un caballo y la de un  ternerito de tierra fría, guardaba Antonio Mejía parte de sus escritos. Abusivamente repasé  los cuentos y me deleité con los poemas y su columna “La Cueva del Oso”. Allí encontré de su puño y letra las  “Palabras al hijo para que no use cauchera”, que es un canto de paz como el de “San Francisco y el Lobo” y una protesta del defensor de las garzas perseguidas y de los animales atormentados por los bárbaros.

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Al releer a Mejía Gutiérrez me encontré con Meloy, el eterno aventurero  que descendió a las profundidades del mar y trepó a lo más alto de la cordillera en busca de tesoros. También recordé a Francisco Quintana, “el más valiente de los caballeros, el más audaz de los arrieros, el más versátil de los gariteros, el más aventajado de los corredores de caballos, el mejor, el más generoso, el as barbado…”el putas” de ese pueblo norteño llamado Aguadas que rima con los Estrada y se enruana con las nubes como los nobles abuelos de los  tiempos idos.

 

 

 

 

 

 

 

Los escritos de Antonio Mejía trajeron a mi memoria a Alejandro Calderón, el famoso alcalde de Apía  de puño multado y calzoncillos rojos, que osó meterse en ese nido godo y se mantuvo en el puesto poniendo tras las rejas a cuantos se le oponían como lo recuerdan los siguientes versos:

“Aquí es metiendo

como el alcalde de Apía

que mete de noche y mete de día

y cuando no tiene a quién meter

mete a la policía”.

Aunque no he  regresado a Salamina  conservo  amigos que me mantienen informado:  Esmeragdo Bernal me comentó que Antonio Mejía   había  desbaratado el  hechizo de los reclutas en la Casa de Monseñor, pues sus sombras  ya no se veían  por las escaleras de la añeja casona y me dijo también que los ladrones de cuentos habían plagiado los escritos mágicos de Toño, que las cenizas del escritor  quedaron en Manizales mientras su  ánima  inquieta recorría la eternidad tras los caballos que amó y la  perra Pastora inmortalizada en  uno de  sus poemas:

“Era suave y sonora, de color amarillo

en el pecho y las patas; y en el resto del cuerpo

la noche de los páramos le dejó su pintura.

Era fiel y era mansa, como un dulce recuerdo”.

También me informó Bernal  que el Doctor Mejía en su ascenso al cielo encontró a Meloy  descansando plácidamente al lado de los ángeles; ya no iba tras el oro ni las perlas, Meloy  había comprendido al igual que Toño Mejía que los mayores  tesoros  están en las almas  enamoradas y en el corazón puro de los niños.

*   http://www.historiayregion.blogspot.com

Para estar informado

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