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lunes, mayo 27, 2024

Amelia: Río y Memoria

En este mayo mi abuela materna cumpliría cien años. Como un homenaje, hace tres años publiqué una crónica novelada a partir de una de las anécdotas que más disfruté escuchándole: su viaje desde Quinchía a San José de Uré, Córdoba. Comparto un fragmento de los preparativos del viaje, en el que mi bisabuela Rosa le ayuda con las viandas para el camino.

Jáiber Ladino Guapacha/Ilustraciones de Mirot Caballero

Rosa

Picas la res y el tocino, en trozos, pensando más en que los tamales sean suficientes que en el dolor de la tristeza y la despedida. No te das cuenta de que cada grillito que tasajeas es un pedazo del alma que estás desgarrándote para alimentar a los tuyos en su viaje. Se van porque Carlos quiere una tierra para cultivar y sentar la familia, sin tanto problema como el que le están poniendo, aquí, en el pueblo, por una cosa y por la otra. Tú callas porque sabes que en el fondo siempre ha sido la misma vaina. Se improvisa una trocha, cuando el camino ya es una amenaza, cuando el andariego ha gastado las esperanzas. 

Miras a Ima y a Arturo que encienden el fogón en el patio en el que se pondrá a cocinar el maíz antes de proceder al armado de los tamales. Intentan avivar las llamas con las hojas secas que envuelven la panela. 

De niña te contaron sobre la tamaliada más grande que jamás se haya cocinado en estas tierras, preparada para después de una procesión que cambiaría los rumbos de Quinchía. Eras apenas una niña en sus primeros pasitos. La más grande comilona que hayan organizado los quinchieños. Ningún diciembre se puede comparar con esas noches previas al 28 de noviembre de 1888, cuando dejarían las faldas del cañón para trasladarse al pie del Gobia.

Quinchía 

Te contaron muchas cosas que es mejor recordar para evadir el dolor de ver la hija irse con yerno y nietos. Además, esos recuerdos hablan de trochar, de inventar caminos. Quizá es el destino; familias errantes que van cargando sus mulas con sueños, apurados por el temor de sombras que se quedan y comienzan el trabajo de oscurecer y humedecer las paredes que hablan el idioma mudo del abandono. 

Quinchía era un montón de chozitas y pocas casas de bahareque y teja. Inventaron el pueblo para juntar los indios dispersos en las montañas. Pacíficos, escurridizos. Construyeron la iglesia doctrinera y levantaron el cercado de guadua cerca al río para facilitarse la vida. Las lomas no favorecían el crecimiento del poblado a pesar de la fertilidad de las tierras. Los indios preferían, en caso de dejar Anchurria, trasladarse para Naranjal, en otra loma escarpada, donde estarían libres de entenderse con blancos ventajosos que los endeudarían. 

Los colonos antioqueños, en cambio, querían las tierras frías. Asentarse en las planicies de Anchisme. Entonces, salieron con el cuento de que llevaban la imagen de la Virgen María en romería y que se les cayó en un altico y que esa fue la señal para la nueva fundación.

Otros dicen que en un invierno el río se creció, arrastró lodo y desapareció bohíos. Tuvieron miedo de otro derrumbe que aniquilara ese terruño, tan discutido a lo largo de siglos. Dicen que el calor y los mosquitos eran insoportables por la falta de vientos. El lugar ideal: a la misma altura de Miracampos, con posibilidades de crecer sin desbarrancarse. Como en esos planes del Gobia.

Tamales

Picas tomate, cebolla y pimentón, Rosa. Machacas ajo y ají dulce. Antes de mezclarlo todo, colocas la rayadura de cúrcuma, achiote, sal y comino molido. De vez en cuando agregas un chorrito de esa manteca de cerdo en la que se fritaron los chicharrones del almuerzo para integrar mejor el adobo. Las papas, que ya habías pelado y cortado en láminas, quedan en el fondo de la olla mientras vas colocando las carnes y luego la salsa que has hecho para que se marinen durante toda la noche.

Alfredo y Gonzalo se turnan para moler el maíz y los tarugos de arracacha. Tú sigues pendiente del fogón en el que se cuecen carnes y papas. Carlos ahúma las hojas de plátano verde para potenciar su aroma inigualable. Ima va limpiando con un trapo mojado el exceso de tizne. Sigues con la preparación de otro guiso. Pones la manteca a derretir mientras picas rápido unos tomates y una cebolla de huevo. Tomas una pizca de cominos que revientas con los dedos sobre el guiso, algo más de la cúrcuma en polvo mezclada con achiote y luego la sal. Por cierto, debes fijarte que Amelia lleve buena sal; de pronto llegan a Uré en la noche y no encuentran tiendas abiertas.

Recuerdas a Juana María Vinasco Trejos, tu mamá. Es como si te vieras en esos ojos azules que realzaban la tez blanca, enmarcada por trenzas negras. Ya llegan los quince años de su muerte. Amelia era muy joven cuando Juana falleció. 

En esa orfandad que experimentabas, te preocupaba morir y dejar a Amelia sin un buen esposo. Temías su suerte, no querías que corriera con una suerte como la tuya. Menos mal, ella no se enamoró de esas aves de paso que van de Antioquia al Valle, como el amado y odiado José Antonio Alzate Vásquez, quien te hizo madre de tres hijos antes de volverse con la familia que ya tenía. 

Vuelves a la masa. Le integras el guiso para que tome sabor, te fijas en la consistencia, pruebas el punto de sal. Bajas las ollas con las carnes y las papas para que vayan enfriando un poco. Comienzas a armar los tamales. Haces una bola y luego con el índice y anular derechos aplastas un poco en la mano izquierda buscando una forma rectangular. Pones dentro las carnes y las tapas con la papa. Amelia los envuelve con las hojas ahumadas y va colocando en la olla en que se terminarán de cocer. Suspiras.

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