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miércoles, junio 19, 2024

Aldous Huxley, visionario de la inteligencia artificial y la posmodernidad

Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Muchos de quienes nacimos en la segunda mitad del siglo pasado, leímos al célebre escritor inglés Aldous Huxley (1894-1963), autor de novelas mundialmente famosas como “Un mundo feliz” y “Contrapunto” o, en círculos más cerrados, “Música en la noche”, un libro de ensayos.

Algunos incluso le consideramos digno del Premio Nobel de Literatura, galardón que finalmente no obtuvo, por lo cual entró a formar parte de la lista privilegiada de autores que fallecieron sin recibirlo, a pesar de merecerlo (como Jorge Luis Borges, en primer término).

Pero, a diferencia de la mayoría de escritores notables, cuyos nombres suelen ser desconocidos por el público en general, Huxley gozó de enorme popularidad, la misma que se prolonga hasta hoy, sesenta años después de su muerte, y tiende a ser cada vez mayor cuanto más pasa el tiempo, al irse cumpliendo, una y otra vez, sus profecías o vaticinios, presagios o maravillosas intuiciones.

Él es, sin duda, el gran visionario de la inteligencia artificial y la posmodernidad, según decimos en el título del presente ensayo.

Y es esto precisamente lo que abordamos a continuación, donde veremos cómo el mundo de hoy, aquel que ha venido desarrollándose, sobre todo en las últimas décadas y que, con mayor razón, tiende a manifestarse en el futuro próximo y lejano, el cual se describe ante la mirada sorprendida, expectante, por momentos aterrorizada y siempre con mucha incertidumbre de los lectores, entre quienes no dejamos de contarnos. Vamos, pues, al grano.

Guerra, política y tecnología

“Un mundo feliz” fue escrito en 1932, entre las dos guerras mundiales del siglo pasado: poco más de una década después de concluir, en 1919, la primera, y casi un lustro antes de empezar la segunda, en 1939.

No es de extrañar, entonces, su ambiente bélico, donde la guerra está presente como una sombra, de principio a fin, siendo incluso el principal factor que determinó, en la novela, el cambio y el correspondiente paso del mundo antiguo, viejo, obsoleto, al nuevo o actual, caracterizado éste como “un mundo feliz”, a diferencia del anterior.

En efecto, fue la Guerra de los nueve años la que partió en dos la historia de aquel mundo, dando origen al “mundo feliz”, ya sin historia, cuyos 18 capítulos se desenvuelven en un sofisticado escenario londinense, como si la capital británica lo fuera del planeta o el universo, por utópico que parezca.

Pero, hay más. La obra surgió también cuando había triunfado, en 1917, la revolución bolchevique en Rusia, donde se impuso el comunismo concebido por Marx y llevado a la práctica por Lenin y Stalin. 

Tampoco es de extrañar que allí se refleje, en brillante parodia, una sociedad regida por el totalitarismo, la autoridad suprema del Estado y el cuestionado colectivismo marxista, como si el pueblo en su conjunto fuera una sola persona o, mejor, como si millones de personas fueran idénticas, sin diferencias individuales.

“Un mundo feliz” es, sí, un duro cuestionamiento a tal sociedad, entrando al espinoso terreno político, como también lo hizo Huxley -dada su vasta formación científica (mal de familia, por cierto), intelectual o cultural-, en los campos especializados del arte y la literatura, la historia y la música, la filosofía y la historia, cuando no en la misma ciencia con su fruto por excelencia: la técnica y la tecnología, piedra angular de la novela.

La guerra, la política y la tecnología son, en fin, el campo donde se mueven los personajes, quienes van cobrando vida, como si la muerte, según lo iremos descubriendo, no existiera ni importara. Entremos, pues, al Mundo Feliz de Huxley.

El Estado Mundial

Desde el principio de la obra, llegamos a ese Mundo Feliz. ¿Adónde? A Londres, la capital británica, tan conocida por nuestro autor, oriundo de Inglaterra. Y, de inmediato, él nos ubica en los centros de incubación y almacenamiento de la central londinense, si bien hay otros centros en ciudades como Singapur, del Lejano Oriente.

Más aún, Londres es la sede del Estado Mundial, un estado de carácter internacional que reemplazó a los antiguos estados nacionales, regidos otrora por principios de soberanía, autonomía y cosas por el estilo, mandados a recoger en esta nueva época. Luego volveremos sobre el tema.

Por lo pronto, allí, en la Central de Londres, existen cámaras de fecundación, con salas de envasado y laboratorios, almacenes de órganos e incubadoras, donde los óvulos humanos se fecundan en forma artificial, generándose embriones y posteriores seres humanos (en envases, claro), dentro de una producción en serie, similar a la de textiles, carros, electrodomésticos, etc.

Como si fuera poco, los modernos avances científicos y tecnológicos permiten multiplicar a dichos seres humanos, quienes obviamente son iguales, idénticos, en cifras espectaculares, por millares a partir de un solo óvulo, según las funciones que cada “persona” habrá de cumplir en la sociedad.

Es así como surgen las diversas castas, desde las superiores, como los Alfas y Betas, hasta las inferiores de Gammas, Deltas y Epsilones, cuyas funciones están determinadas desde el momento en que comienza el citado proceso de fecundación.

Predestinación y acondicionamiento

¿Y cómo se llegó -preguntarán ustedes- a tan extraordinario avance científico? Muy simple: todo ello tiene lugar en las salas de predestinación social, donde se les suministra más o menos oxígeno a los bebés, quienes son sometidos, desde su concepción, a los respectivos programas de acondicionamiento.

En primer lugar, predestinación y acondicionamiento para el trabajo a través, por ejemplo, de la hipnopedia, en la cual reciben, durante el sueño, más y más mensajes de programación que van quedando grabados en sus mentes para después actuar con la obediencia debida, en silencio.

Los nuevos seres humanos aprenden, pues, a amar el trabajo que les fue asignado en los tubos de ensayo que reemplazaron a los vientres maternos, por la sencilla razón de que “el fin de todo acondicionamiento -según informa el anónimo narrador- es hacer que cada uno ame su destino social, del que no podrá librarse”.

No tienen libertad, mejor dicho. Ni les importa. O la tienen de sobra para hacer lo que tienen que hacer: su trabajo que tanto disfrutan, que les da paz, estabilidad social, alegría, bienestar y, en último término, felicidad, tan soñada por la humanidad desde su aparición en la Tierra.

Es el Mundo Feliz, en definitiva. Y es el Estado Mundial que lo dirige, confiado ante el futuro y sin huellas del pasado, realizando a cabalidad el lema que predica y aplica: Comunidad, Identidad y Estabilidad. Es la gloria plena.   

Los personajes

Los personajes principales de la obra son Bernard Marx y Lenina Crowne, nacidos en la Nueva Era del Mundo Feliz, o sea, son seres humanos hechos en laboratorio, fabricados en cierta forma, como la mayoría de sus habitantes, aunque de castas superiores: Alfa-más y Beta-más, cuyo nivel de inteligencia es elevado, a diferencia del resto de la comunidad.

Pero, a pesar de su amistad y la relación sexual que luego entablan, son seres opuestos, con criterios y comportamientos distintos. Así, mientras ella es hija auténtica de dicha sociedad, con sus novedosos valores y prácticas, él es bastante crítico de la misma, independiente frente a las normas estatales y, por tanto, sujeto a las burlas, las críticas y el castigo al que finalmente será sometido con su exilio o destierro.

Entre ellos aparece John, El salvaje, traído de Nuevo México, de una reserva indígena, quien representa al hombre primitivo, de la antigua era, que, al ser trasladado al Nuevo Mundo, termina siendo aniquilado por él, llevándole al suicidio, última escena de la novela.

Sin embargo, hay otros actores, de ninguna manera secundarios, como son los directivos o funcionarios estatales, quienes nos llevan al pleno conocimiento de la realidad que nos envuelve y a la que, por lo visto -según vamos deduciendo los lectores-, viene avanzando la humanidad a lo largo y ancho del planeta. 

¡Gracias a Ford!

Es un mundo que ha logrado dominar a la naturaleza, por medio de sus propias leyes, y ponerla a su servicio, lejos de obedecerla; que, en tal sentido, satisface los deseos primarios, instintivos, de cada uno, como en el sexo, y donde todos son verdaderamente libres, una libertad condicionada, fruto de la sugestión y el lavado cerebral, desde el nacimiento hasta la muerte, la cual ya nada importa.

Ni importan la familia, el hogar, la maternidad y el cuidado de los hijos (sin padres, claro está); ni la vejez, que no se manifiesta porque la juventud, la eterna juventud, se extiende hasta una edad madura, cuando llega a su término la vida programada; ni la belleza del arte, dado que se controlan los sentimientos y emociones que hacían infeliz al ser humano.

Ni se pierde el tiempo con la lectura de libros prohibidos, como La Biblia y los escritos de Shakespeare; ni con la historia, borrada de un plumazo por Ford (reemplazo absoluto del Dios tradicional, a quien nadie recuerda), igual que a la religión y la moral con aquellas virtudes absurdas, peligrosas, que sólo El Salvaje posee y defiende.

Contemplar la naturaleza, por su lado, es algo inútil, como no sea al aprovecharla para hacer negocios con zonas campestres de descanso y diversión en juegos deportivos, los cuales demandan enormes inversiones y, por ende, cuantiosas compras, clave del comercio que mueve a la economía.

Esto, en fin, es el bienestar, el gozo y la felicidad, con total obediencia de unos y otros, con orden y estabilidad, con uniformidad porque todos somos iguales, “todos pertenecemos a todos”, y todos tenemos derecho a todo, todo lo que nos da el Estado, ¡Gracias a Ford! ¡Es el Mundo Feliz!

Inteligencia artificial

Llegamos ahora, por fin, a la inteligencia artificial (IA), de la que también Huxley fue visionario, igual que de la sociedad posmoderna e incluso mucho más que de ésta, pues en su época, cuando el libro fue escrito y se publicó en 1932, el avance de las nuevas tecnologías era incipiente, lejos de imaginarse que en tan poco tiempo tendrían el desarrollo espectacular de los últimos años, inconcebible para nuestros abuelos.

Pero, es aquí, entre los robots que se vienen tomando al planeta, donde más nos sorprende el espíritu visionario del gran escritor inglés. Es increíble, en verdad, que hace casi un siglo alguien anticipara, con precisión matemática, el mundo posindustrial en que nos encontramos, signado por la robótica, el internet, el universo digital, las redes sociales y su uso generalizado en la vida diaria, a cada momento, y en áreas especializadas como la medicina, la física y la química, entre otras disciplinas de las llamadas ciencias físicas o naturales y lógicas o formales.

Es como si tuviéramos, por fin, las llaves que abren las puertas, antes cerradas al conocimiento humano, de los misterios o enigmas que explican la totalidad del cosmos, poniéndolo a nuestro servicio. Descubrimos, al parecer, la partícula de Dios, que dio origen al universo y, en especial, de la materia, acorde con el materialismo reinante a lo largo y ancho del planeta, a diestra y siniestra, en Oriente y Occidente. ¡Alabado sea Ford!

El hombre, en consecuencia, reemplaza al Dios tradicional, como Prometeo en la mitología al robarse el fuego de los dioses, esta vez sin castigo; es el gran creador, no sólo de la materia sino de la vida (tanto humana como vegetal y animal), a la que multiplica ad infinitum, en los laboratorios e industrias avanzadas, cuanto desee para elevar la productividad del trabajo, los alimentos y, claro, las mascotas que ahora, por fin, reemplazan a los niños de antes en los hogares.

Logramos, además, develar nuestro código genético de cada individuo, de cada uno de nosotros, y en esa forma se puede manejar a nuestro antojo, en cada cuerpo, desde los genes que son el principio de la vida futura, por siempre, para tener, como en el Mundo Feliz de Huxley, seres perfectos que logran prolongar su existencia más allá de las enfermedades y el dolor, en un Estado Mundial que dejó la obsoleta y tonta democracia, sea popular o liberal. ¡Gracias a Ford!

Estamos, no hay duda, en el reino de la fertilización in vitro, descrito, con pelos y señales, por Huxley, quien también vislumbró la producción en serie de hombres y mujeres, a partir de la clonación, mientras por doquier, en su extensa obra, saltan detalles increíbles del Nuevo Mundo, como los carros voladores y el cine sensible, con recursos técnicos maravillosos, entre otros muchos que nos dan, sí señores, placer, bienestar, paz, alegría y la siempre anhelada felicidad, al fin poseída.

Todo ello confirma que el Mundo Feliz de Huxley ha llegado, aunque sus habitantes no sean personas hechas en fábrica sino máquinas, las cuales gozan de inteligencia artificial, dada por el hombre, al que superan con creces en su capacidad intelectual, su memoria, su imaginación y hasta su creatividad, pues los recientes modelos GPT pueden escribir como Shakespeare, pintar como Leonardo, esculpir como Miguel Ángel y escribir música de ángeles, como Bach. ¡Aleluya!

Conclusiones

Hemos llegado al término de nuestro recorrido por “Un mundo feliz” de Aldoux Huxley, la magistral novela que con el paso del tiempo, a lo largo de casi un siglo, se hizo realidad, siendo ya un espejo de la sociedad contemporánea, tanto por la inteligencia artificial, que ahora está en boga, como por el posmodernismo que la identifica. Es nuestro mundo, sin duda; el de hoy y del futuro, nada menos.

¿Qué decir, entonces, frente a esta realidad que se nos impone y tiende a ser, como tanto hemos dicho, cada vez mayor? En primer lugar, admitir su evidencia y su carácter ineludible, gústenos o no. Mal haríamos al cerrar los ojos ante ella y clavar la cabeza en la arena, como el avestruz ante el peligro. Que nadie los cierre. Todos, sin excepción, somos presas de ella, a la que hemos descrito, a vuelo de pájaro, en las páginas anteriores, a veces con un sentido crítico, fácil de percibir, como cuando pasamos por el marxismo y el capitalismo, sistemas puesto al banquillo por la pluma profundamente analítica, con la más fina ironía, de este visionario británico con dimensiones, por qué no, de profeta.

Sí, no podemos menos de ser como él: críticos de dicha realidad, más aún cuando son pocos, muy pocos, quienes lo hacen, seducidos por la magia de la tecnología, por el entretenimiento y la diversión que nos generan el cine y la televisión, por el tiempo dedicado a navegar en internet y las redes sociales, así como por los valores o antivalores que nos transmiten, sin interrupción, los medios de comunicación (con propaganda a granel que nos despierta las ansias de comprar, característica del consumismo), los cuales nos informan, forman y deforman, alejándonos de la visión humanista que muchos hemos considerado la razón de ser de nuestras vidas, del sentido y la esencia de nuestra existencia.

¿No estamos creando las condiciones propicias para la esclavitud generalizada, sin que nos demos cuenta? ¿Y para desatar un conflicto nuclear, con proporciones globales, que nos lleve a una guerra como la de los nueve años en la novela, tras la cual la humanidad retorne a sus orígenes primitivos, salvajes, con arcos y flechas? ¿Y qué decir de la posible extinción de la vida en la Tierra por el cambio climático, causado también por la codicia del hombre?

¿Cómo permanecer tranquilos e indiferentes ante la manipulación indebida de la ciencia, de nosotros mismos, y la prohibición de libros como La Biblia o de la religión y la moral, el arte y la buena música, la literatura y la poesía, o la cultura en su conjunto, en una sociedad donde el español, el polaco, el francés…, son lenguas muertas, bajo el imperio de un idioma universal que, seguramente, sería el inglés? ¿Y que todo ello sea inútil, nada productivo, de ningún modo generador de riqueza, que es lo fundamental?

¿Cómo, en fin, no pegar el grito en el cielo ante el peligro inminente de que tal panorama sombrío, crítico, apocalíptico, sea obra de máquinas que ya empiezan a suplantarnos en el trabajo, en las escuelas y universidades, en el hogar y, digámoslo de una vez, en todas partes? 

Sí. Ante esto se requiere, sobre todo, asumir la responsabilidad de los intelectuales, aquella que invocó Chomski durante la guerra de Vietnam. He ahí el reto y el compromiso que nos tocó en suerte.

(*) Miembro de El Parnaso Literario del Eje Cafetero

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