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lunes, febrero 6, 2023

Alberto Berón, el filósofo flâneur

“La historia es parecida a un texto en el que el pasado ha depositado imágenes sobre una placa sensible a la luz”. Gershom Scholem

 

Diego Firmiano

Hay un cuadro de 352 x 412 cms, pintado por el escritor español Eduardo Arroyo, con un título que parece una tesis: «El paraíso de las moscas o el último suspiro de Walter Benjamin en Port-Bou». Como su nombre lo indica, versa sobre Walter Benjamin, rodeado de veintiséis moscas, cuyo fondo (Port-Bou) contiene dos retratos personales del filósofo que difieren en un detalle: uno de ellos tiene las gafas rotas, el otro, no. Sin embargo, otra figura inocente y terrible se asoma en esta pintura: el coche de un niño volcado, que representa la vida rota, el tiempo perdido del aleman, tal como se evoca en su obra «Infancia en Berlín, hacia 1900».

Elementos pictóricos que no son casuales, ni simples, y que al meditar sobre ellos, viene a mi mente, como un signo, la figura del maestro pereirano Alberto Berón. Una curiosa relación que tampoco es indistinta, pero que apunta a una conjunción: sin historia, no hay modernidad, no hay verdad, no hay esclarecimiento de la injusticia, ni desvelamiento de la violencia humana. Por ello es que rechazar la tesis del fin de la historia de Fukuyama, es justo, porque de otra forma no podrían, tanto Benjamin, como Berón, convertir la memoria en cuadros, es decir, escribir acerca del pasado, el presente y el devenir del hombre, y es ahí donde estos pensadores despiertan mi interés, pues desde sus que-haceres humanísticos hacen un llamado a mis esperanzas de lector, de ciudadano, aunque también de escritor.

Se confirma con ellos, entonces, que la historia puede tratarse a cuadros, y esos cuadros, indudablemente, los produce la memoria que pervive en los objetos, los lugares y los acontecimientos, en cuyos accidentes pueden leerse el pasado o el futuro. Por ende, esta analogía de mirar la pintura de Eduardo Arroyo y recordar al profesor Alberto Berón, equivale al mismo fenómeno que Benjamin experimentó al interpretar el Angelus Novus de Paul Klee en clave de progreso, es decir, expresa la toma de conciencia de que sin escritura no hay historia, y sin el reconocimiento de los hombres y sus realidades, no es posible hablar de mundo o verdad. Por eso es que admiro a Berón como pensador. Él es, a mi parecer, una persona forjada en la lid del espíritu filosófico, la literatura y la historia en general, y su producción escritural constituye el testimonio ante una epimodernidad que no alcanza a llegar a posmodernidad.

Y aquí, justo aquí, frente a su formación y al imaginario de su vocación, es que emerge en mi memoria el poema El camino no elegido de Robert Frost, cuando el norteamericano inmortaliza la decisión ambivalente: «Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo, yo tomé el menos transitado.» Berón, como hombre, es esa vía intransitada por donde viajan los libros, las ideas, los estudiantes, las lecturas, la realidad contemporánea, las víctimas, la justicia, el éxodo, la filosofía. He meditado asiduamente en la decisión que tomó de ahondar en la vida, obra y muerte del filósofo alemán Walter Benjamin, y eso dice mucho sobre el llamado que le hizo el destino. Por ese enfoque es que puedo entender su interés en los alienados de la historia, en los seres, no tanto en el exilio como en el inxilio, en aquellos habitantes invisibles de la ciudad que él mismo identifica y llama, los pobres de la globalización, es decir, los otros, los siempre otros.

 

 

 

 

 

Su temática formal de crítica, memoria y violencia lo ha llevado lejos en la investigación académica, aunque también en el entendimiento de los hombres, cuyas realidades están enmarcadas en una experiencia devaluada. ¿No fue Benjamin el que dijo, «La cosa está clara: la cotización de la experiencia ha bajado»? Su actitud peripatética de Caminar y detenerse, es la seña singular de alguien que previamente anda y mira, pero no como simple flâneur, o teórico gris, sino como el que resalta esa realidad que debe remendarse, igual al que se detiene en algo que le interesa. ¿Qué llama la atención y hace detener al Berón afín a la experiencia benjaminiana? En sus palabras: «La particular experiencia de caminar y de observar a través de los recorridos, ha permitido llegar a nuevos lugares de la explotación humana: la ciudad misma, las superficies comerciales, los hospitales, los bancos, la tecnología, las redes sociales, la educación como empresa.»

Observaciones agudas y precisas, desde donde pienso, ha surgido su filosofía de la angustia, de la existencia, pero no según Søren Kierkegaard, sino según un Walter Benjamin alienado, outsider, misfit, suicidado por la sociedad, el hombre sin lugar en el mundo que auguró el «Væ victis», el caminante que se extravió en la ciudad, que se malogró en la cultura. Rutas que siguen millones de seres humanos diariamente. De ahí entonces su invitación a caminar, sí, empero también a detenerse y pensar, a plantear el camino de otra manera, porque la vida, bajo ninguna forma, es una calle de sentido único, y esto Berón lo sabe muy bien. Aunque detengámonos, y aclaremos, que las etapas de su compromiso y pensamiento han sido graduales, pues el Berón de los Ejercicios para la redención del siglo pasado, es diferente del Berón que escribe sus Cuadernos de Confinamiento en pleno siglo XXI.

Así que transcendamos, ya que el engagement que implica esa tríada de crítica, memoria y violencia, es solo una de sus facetas. Otro lado destacado fue su prístino que-hacer literario, o esa iniciativa de los años ochenta de crear conversatorios en los cafés de Pereira, de incursionar en el «Autoservicio fantasía», y de tomar, literalmente, otros lugares de la ciudad con el fin de continuar con la fragmentada tradición literaria del departamento. En su activismo a favor de las letras, llega incluso a dirigir el Cine Club Juvenil de Comfamiliar, la sección de las Artes en el extinto Diario de Otún, y otras instituciones culturales más. Por ello, casi que podriamos hablar de un proto-Berón asediado por generar un renacimiento cultural en Pereira, en el Eje Cafetero. Lid misional que sostiene hasta la actualidad, a pesar de las nuevas generaciones que insisten en desconocer el pasado.

Desde este periodo literario, y a partir de esta gestión por conformar grupos literarios y tertulias, emergen amigos y artistas como el poeta Luis Jairo Henao, el pintor Guillermo Constaín, el novelista Zahur Klement, Carlos Betancourt, y otros; posteriormente, y gracias a la naciente biblioteca del Banco de la República en la ciudad, se integrarían a estas reuniones, el cuentista Nelson Espinosa, la crítica literaria Cecilia Caicedo Jurado, Mónica Londoño, la filósofa Liliana Herrera, y Claudia Naranjo. En fin, unos frutos que avalan una existencia dedicada a la cultura, a la literatura, al destino de los hombres y mujeres de letras, semejante al Walter Benjamin académico en Alemania, literato en Francia, y flâneur y mártir en España.

Sus facetas, la filosófica y la cultural, se convierten en cualidades donde la actual generación puede hallar refugio e identidad, pues a decir del novelista Somerset Maugham, «Los grandes hombres son, a menudo, de una sola pieza; [pero] los hombres sencillos son, en cambio, y por lo general, un amasijo de elementos contradictorios. Son inagotables en sí.» Del Berón filósofo y productor he leído su poesía crítica (Librería de viejo), sus trabajos académicos (Entre cerros y montañas), sus lúcidos ensayos (Caminar y detenerse), y es posible afirmar su inagotabilidad, aunque claro, tiene más obras que lo constituyen y que hablan por él según la complejidad de los tiempos y sus accidentes.

Por eso, es que Berón, como uno de nuestros humanistas contemporáneos, pretende despertar a los adormecidos por el sistema, la academia o el fanatismo. Su reciente libro «Cuadernos de confinamiento. Un antes y un durante» (2021) reafirma esa misión inherente de su personalidad y profesión. Aunque evitemos equivocarnos, porque nada de profeta hay en él, solo una pasión ardorosa por el conocimiento, por la libertad, por el pensamiento universal, por el hombre concreto y de a pie. Así, esta nueva obra que menciono, contiene 19 micro ensayos redactados en confinamiento, que como él mismo expresa: «El orden y edición de estos trabajos han sido realizados en tiempos de pandemia. El método tiene que ver con la reapertura de libros que llevaban una larga temporada arrumados en un estante, así como el desempolvar las libretas de apuntes donde se deposita la base constitutiva del trabajo escritural.» Pero no se detiene ahí, porque no solo revisa documentos, antes bien, en el epílogo de su libro afirma que su texto fue producto del cruce de ánimos, cargado de temáticas presentes y pasadas que acaecieron a los seres humanos en tiempos complejos, convulsos, de gran incertidumbre, como lo fue la pandemia que inició en 2020.

Y allí, en ese contacto humano, en esa capacidad de sistematizar las problemáticas mundiales y las preocupaciones personales, es donde reside su genialidad, pues con el mismo tiempo y las mismas necesidades de los demás mortales, aprovecha el confinamiento para mantener caliente el brazo y ponerse en modo de mentefactura, mientras otros lanzaban letanías apocalípticas, vaticinaban el fin del mundo, o declaraban el fin de la historia, la política, y el hombre.

Berón mismo se pregunta «¿Hacia dónde dirigir la mirada en tiempos de confinamiento?» Y su respuesta desemboca en estos 19 micro ensayos que atraviesan temáticas tan íntimas, pero tan colectivas, como las libretas, la memoria, el sentimiento iconoclasta, la calle, las ventanas, los tapabocas, los viajes, las librerías, el terrorismo, el arte, la economía, la pobreza, los animales, el deporte, y otros asuntos que no dejan de recordarme los ejercicios literarios de Vicente Verdú en Enseres domésticos, o Nuestra especie de Marvin Harris, y hasta en la obra Mi siglo de Günter Grass, quienes también tratan de entender y sostener el tiempo entre la pluma y la memoria. Por todo lo dicho, y tal como empecé esta semblanza, me veo abocado a reflexionar finalmente sobre el cuadro del español Eduardo Arroyo, apoyándome, igualmente, en una frase de Lion Feuchtwanger que reza: «Si el exilio derroca a unos hombres, si les hace miserables, endurece a otros y los engrandece». Cita de la cual solo cambiaría la palabra exilio, por confinamiento, y que nos daría como resultado un Alberto Berón pintor de historias, un artista literario que presenta esa memoria a cuadros que busca ser comprendida igual que transformada, y eso, eso sinceramente lo engrandece como pensador y filósofo.

Y como un último aporte, el cual obviamos describiendo inicialmente la pintura, las veintiséis moscas que rodean el cuadro de Walter Benjamin de Eduardo Arroyo son el número de dípteros que indican, funestamente, el día 26 de septiembre de 1940, cuando el filósofo alemán tratando de entrar a España, al paraíso de las moscas, se envenena con pastillas de morfina como un signo de la incipiente tragedia cultural que se avecinaba con la epimodernidad, la pérdida de la experiencia y el vacío que amenazaba la historia.

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