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viernes, junio 24, 2022

Acerc?ndome a los maestros que me gustan

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Estivel Mertignan*

La pintura es un medio esquivo y quiz? ello sea el motivo de sus prematuras muertes y demás condicionamientos impuestos por las modas terap?uticas, a las que recurren muy a menudo quienes simplemente se vencen a sus furores. Podemos entonces considerar la pintura como una especie de laboratorio exasperante, dise?ado por el tiempo durante generaciones de practicantes decididos a buscar la sencillez profunda, que otorga una tarea tras otra en perspectiva de autosuperaci?n.

Uno se preguntar?a ?para qu? pintar hoy en d?a? La ?nica respuesta medio coherente seráa para perseguir con disciplina el r?gimen de la perfecci?n, aquella perfecci?n de un oficio cuidadoso, delicado, sutil, dir?amos imperceptible para la vulgar mirada de conjunto. En este sentido, la pintura es dif?cil porque separa y crea un direccionamiento de contracorriente hacia orillas de inmersi?n capaces de transformar lo elemental en algo que trasciende, que desaf?a y seduce el pensamiento.

Para pensar la pintura es necesario utilizar la inteligencia y con ella los medios comienzan a comprender la plasticidad, la estructura y la t?cnica; pero más allí de lo formal, la inteligencia al servicio de la pintura ubica un horizonte, as? sea del gusto, para rodear un qu? decir.

Un pintor puede decir cosas a pesar de su pronunciado autismo de taller cargado de demi?rgicas cirugías est?ticas desechables. Un pintor dice cosas con lo que pinta ya que activa nociones muy antiguas en clave de recogimiento acumulativo, por este movimiento de decantaci?n la historia cuenta y el archivo, lentamente tejido por millones de experiencias, termina siendo una s?lida avalancha cargada de formalidades, composiciones y tensiones, pero más allí, un bagaje avasallador que implica la sabidur?a de la humanidad en formato de ideas.

La copia de los maestros se ocupa de ese sistema de transmisi?n de experiencias de ?xitos tal cu?l es la misma historia. Conocemos lo que nos precedi? por el aporte del copista cuando los originales ya no existan, es un ejercicio hermoso cargado de buenas intenciones, además de necesario porque detiene de alguna manera la velocidad de la mirada escaneada que otorga la contemporaneidad. Con la copia en realidad descubrimos lo que hemos pasado por alto, estudiamos el cuerpo arquitect?nico del hacer virtuoso y sobre todo nos extasiamos ante la majestad del color, esa fisura de conexi?n con alg?n tipo de dios zeu?stico, el cual regurgita lo bello del ?xtasis frio del gris.

La exposici?n en cuesti?n destruye no s?lo la copia como una actividad de aprendizaje del dibujo y el color, sino que destituye cualquier atisbo de calidad al pintar. Esto porque irrespeta ignorantemente el dibujo creando verdaderos esperpentos y aplasta las composiciones otrora vigorosas y vitales de lo trascendente, con un flagrante analfabetismo del color. Las supuestas copias, que, a mi modo de ver, ni siquiera alcanzan la formaci?n primaria, son pastiches efectistas achocolatados y deformes, in?tiles como aproximaci?n y devastadores como academicismo.

* Cr?tico independiente

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