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miércoles, junio 7, 2023

La venganza de muerte estaba señalada

Impresionado con lo que acababa de narrar y lleno de terror por los graznidos de la lechuza, Alcibíades quiso llegar al origen de esta relación tormentosa de los dos Capitanes.

 

Oscar Seidel

El profesor Alcibíades no tenía presupuestado que los personajes de la mejor novela del Pacífico que anhelaba escribir, fueran tan disimiles, que aún, antes de empezar los primeros párrafos ya estarían en conflicto, y narró así la pesadilla que tuvo con el invasor Francisco Pizarro la noche anterior:

“Te cuento Alcibíades que, yo, Francisco Pizarro, tenía cincuenta años, estaba de alcalde en la colonia de Panamá, una insalubre aldea de casuchas poblada por una horda de aventureros europeos, y llena de mariposas y peces, cuando supe del oro de los incas. Tres años antes, Pascual de Andagoya había embarcado aquí en Panamá y había bordeado el litoral del Mar del Sur, y su navío encontró canoas de indígenas que dijeron venir de un territorio lejano llamado Birú, el cual era muy rico en el metal que brilla. También nos llenamos de optimismo con la narración que le hizo Panquiaco a Anayansi.

De manera inmediata hice sociedad con Diego de Almagro y el sacerdote Hernando de Luque para ir en busca del codiciado metal, que llenaría las arcas del Reino de Castilla y mejorar el patrimonio de nuestras familias. La ambición de conseguir el oro me hizo salir por primera vez en la nave Santiago, sin cartografía de la ruta. No había mapas todavía, ni se conocía la anchura del mar. Todo tomaba meses, y aun años, y por eso naufragaban los navíos.

En el primer viaje, llegué al mismo río que Pascual de Andagoya remontó, y donde fundó Puerto Hambre. La falta de alimentos y los ataques de los indios me obligaron a retirarme, por lo que me instalé en Chochama, en el golfo de San Miguel, donde recibí poco después a Diego de Almagro, que había salido en mi busca. Decidimos que debido a los tropiezos que había tenido, Almagro regresaría a Panamá para conseguir más hombres y volver a encontrarnos con el fin de proseguir el viaje.

 

 

 

 

 

Tras su regreso, navegamos en un mismo barco hasta el río San Juan, donde recibimos la noticia de la existencia de varias poblaciones en las que sus habitantes llevaban valiosos adornos de oro. Al mismo tiempo, Bartolomé Ruiz y los hombres que viajaban en el otro barco de la expedición, habían localizado en el mar una embarcación cargada con oro, plata y tejidos, que describieron a su regreso al rio San Juan. Allí los esperaba, y al escuchar estos detalles, emprendí la navegación hacia el sur, lugar donde se habían realizado los contactos. De regreso, Almagro volvió de nuevo a Panamá en busca de refuerzos y alimentos. Con mis hombres nos trasladamos en el otro barco a una isla que denominamos del Gallo, en la que permanecimos aislados, ya que este barco volvió también a Panamá.

Empecé a creer que, por todas estas vicisitudes del primer viaje, el tuerto Almagro era más salado que yo. Nos habíamos asociado el hambre con las ganas de comer. Además, empezó a enamorar a Lisa, mi hermoso y sodomita indígena, Desde ese momento quise matarlo. De esta actitud perversa que nació en mí, aprendí a manejar al grupo de soldados castellanos y conseguir que funcionara, solo yo conocía sus límites y podía frenar mi acción cuando percibía que podía ser descubierto que no sabía para dónde iba. Entonces, intenté de manera perversa crear un vínculo con Almagro, atacando muy especialmente su propia imagen débil con el fin de desarmarlo. Con el tiempo, logré afectar su amor propio, y su confianza para hacerle creer que el vínculo conmigo era irremplazable. Yo era incapaz de sentir culpa, y sólo me preocupaba la imagen de autoridad que proyectaba al resto de mis socios y subordinados, sin llegar a considerarlos como personas, es decir, eran mi instrumento que podía utilizar para volverme poderoso. Me empezó a faltar la comunicación con Almagro, eludía sus preguntas directas y le hacía creer que yo era una persona de hidalguía y grandeza. Siempre le dije que el problema de la conquista del Birú era inexistente, y que nos volveríamos ricos con el oro. Con ese hijo de puta del tuerto Almagro me obsesioné”.

 

 

 

 

 

Impresionado con lo que acababa de narrar y lleno de terror por los graznidos de la lechuza, Alcibíades quiso llegar al origen de esta relación tormentosa de los dos Capitanes, y narró:

“La ambición de riquezas y títulos, y sobre todo de poder, creó rivalidades entre los conquistadores Francisco Pizarro y Diego de Almagro, y los lanzaron a la lucha fratricida, que con sangre y muerte levantó una barrera entre pizarristas y almagristas. La amistad entre Pizarro y Almagro empezó a quebrarse cuando el primero, a nombre de todos los inversionistas, firmó con la reina Isabel de Portugal la Capitulación de Toledo. Este era un instrumento mediante el cual la Corona autorizaba la Conquista del Birú y se fijaban las recompensas que cada uno de los socios recibiría. Con anterioridad, estos se habían comprometido a repartir equitativamente los beneficios; sin embargo, al tratar con las autoridades castellanas, Pizarro logró para sí una mayor cantidad de premios y títulos. A pesar de ello, Almagro obtuvo una importante fortuna, y por sus servicios el Rey se le concedió el tratamiento de don y se le asignó un escudo de armas.

Deseando alcanzar mayor prestigio, Almagro obtuvo la gobernación de Nueva Toledo, la que según la Capitulación que su representante había firmado con Carlos V, comprendía las tierras ubicadas desde El Cuzco hasta Taltal. No obstante, Almagro no creía en la lealtad de Francisco Pizarro, y de su mente no apartaba el presentimiento de que algún día lo iba a hacer matar por uno de sus hermanos, sobre todo de Hernando, quien era presumido de tener linaje y alcurnia, y había sembrado la cizaña entre ellos”.

Después de unas madrugadas, cuando su esposa Eloísa se levantó de la cama, observó a Alcibíades a merced de otra pesadilla. Le oyó decir frases deshilvanadas que no le darían para narrar el primer párrafo del día. Sin embargo, Alcibíades pudo explicar que no estaba desvariando sino reconstruyendo la pesadilla que acaba de tener con Diego de Almagro, la cual estuvo llena de tragedias, violaciones, odios, y envidias. Observó por la ventana que en el árbol de manzanilla sembrado en la playa posaba sobre sus ramas una lechuza trasnochada. Se le vino a la mente que esta escena era señal de mal augurio, y sin embargo escribió:

“La mala suerte que acompañó a Diego de Almagro, y que lo llevaría más tarde a la muerte a manos de Hernando Pizarro, comenzó desde el momento en que la gitana lo maldijo, y siguió su infortunio cuando montó en su embarcación a una sirvienta morisca que le trajo muchos problemas. Se obstinó con ella, hizo caso omiso a la creencia marinera de que llevar a bordo a una mujer era de mala suerte. Para su desdicha, el primer oficial también se enamoró de Malgarida la sirvienta de Almagro, quien se dio cuenta que el tuerto quería sonsacar a Lisa el criado de Pizarro.

Uno de los efectos de la enfermedad de la Buba era que volvía lujuriosos a los hombres; y Almagro y sus tripulantes no fueron la excepción en la expedición al Birú. No se contentaron con encontrar el metal que brillaba sino el otro oro: las indígenas. La mezcla con ellas comenzó muy pronto y la descendencia nacida de manera oscura empezó a crecer mientras el conquistador proseguía su aventura, dejando a los primeros mestizos desamparados y a las madres fatigadas y angustiadas porque ni siquiera se respetó el estado de gravidez y maternidad”.

Pasados muchos días, Alcibíades García se levantó sudoroso. Un sol en todo su esplendor iluminaba su casa, y era tan sólido que se podía tocar con las yemas de los dedos. Salió hacia la playa a respirar el aire marino, y en el trayecto vio en el patio el árbol de tamarindo, lleno de ramas y de frutos. Recordó que según la creencia popular éste atraía los espíritus; cortó y saboreó varios frutos, y luego como un poseído regresó a la casa. Envestido de la licencia que se tomaba para narrar la mejor novela del Pacífico, que ya casi la tenía terminada, escribió:

“Poco después de que Almagro fundara un nuevo poblado en la costa de Chincha, al sur de la Ciudad de los Reyes, los dos viejos enemigos se encontraron por última vez, en el pequeño pueblo de Mala. Almagro, que iba adelante, a caballo, desmontó y se quitó su sombrero emplumado para abrazar a Pizarro, quien le respondió bruscamente, tocándose el casco en señal de reconocimiento.

Pizarro preguntó tres veces: “¿Con qué motivo y autoridad tomaste posesión de Cuzco, que gané con tan grandes dificultades? ¿Quién te dio el derecho de tomar a mi mujer india y mis yanaconas? ¿No contento con esto, encarcelar a mis hermanos?”.

La respuesta de Almagro fue seca: “Cuzco no es un arbusto que podía encontrarse en la tierra de Trujillo, al que podía abandonar si quería. La verdad acerca de la captura es muy distinta, y mi gobierno respondía a las intenciones de la Corona”.

Pero sus palabras no tuvieron efecto sobre Francisco Pizarro, que sabía que su otro hermano Gonzalo estaba oculto en las cercanías con setecientos hombres armados a la espera de su señal. Sin embargo, esa señal nunca se produjo; ni siquiera cuando el teniente de Almagro se acercó repentinamente, llevando las riendas del caballo de Almagro, que para entonces sabía de la emboscada. Almagro montó y, sin mirar hacia atrás, galopó a gran velocidad alejándose del pueblo. No volverían a verse nunca más.

Si el sentido del honor impidió a Pizarro romper el pacto, o, si Almagro se escapó debido a la previsión de sus tenientes, es algo que nunca se sabrá. El fantasma de la muerte estaba casi presente.

Las negociaciones se prolongaron durante meses y condujeron a la liberación de Hernando Pizarro; un acto al que se opusieron todos los Capitanes de Almagro, y en especial Orgóñez, que pedía su ejecución, y le advirtió acerca de las consecuencias de permitirle regresar a la Ciudad de los Reyes. Para entonces, la guerra se había tornado inevitable. Las negociaciones posteriores entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro concluyen en la entrega del Cuzco a Almagro, a cambio de la libertad de Hernando Pizarro. Don Francisco no cumplió con su parte, rompió el acuerdo y con un ejército que había organizado durante ese tiempo, atacó a las fuerzas almagristas el 6 de abril. Hecho prisionero, Almagro fue humillado por Hernando de Pizarro y le denegó su apelación al Rey de Castilla. Almagro fue ejecutado el 8 de julio, en la cárcel, por estrangulamiento de torniquete y su cadáver decapitado en la Plaza Mayor de Cuzco. Sola, Malgarida, su fiel sirvienta morisca, tomó el cadáver de su amo y lo enterró en la Iglesia de la Merced en el Cuzco.

Esta ejecución por parte de Hernando Pizarro, había suscitado entre los seguidores del viejo soldado, que tenía muy fieles devotos, el deseo de venganza. Los partidarios de Almagro se agruparon en torno a su hijo Diego de Almagro, «el Mozo». Los conjurados, bajo el mando de Juan de Rada, resolvieron la muerte del conquistador Francisco Pizarro, como única forma de vengar al jefe ajusticiado. La venganza de muerte estaba señalada.

Tiempo después, el domingo 26 de junio, a la hora de la misa, un bullicioso grupo de veinte castellanos congregados en torno a la figura del hijo de Diego de Almagro, el antiguo socio de Pizarro, cruzó en forma tumultuosa la plaza de Armas y lanzando gritos contra el conquistador ¡Viva el rey! ¡Muera el tirano!, asaltaron el palacio de Francisco Pizarro, ante la mirada de muchos que se encontraban en la puerta de la catedral y en la plaza, sin que nadie osara obstruirles el paso. En el palacio había en esos momentos también veintiuna personas amigas de Pizarro, fuera de pajes y criados. La mayoría de los asistentes huyó cobardemente y sólo un pequeño grupo, incluido los pajes, se enfrentó a los asaltantes. El conquistador del Birú, pese a su edad de 65 años, vendió cara su vida y se defendió valientemente espada en mano. En el duelo que se trabó, Pizarro mató a un atacante, pero recibió una estocada mortal en el cuello. Además de Pizarro, murió en la lucha el extremeño Martín de Alcántara, su hermano materno.

Los agresores obligaron a las autoridades a nombrar gobernador a Diego de Almagro, “el mozo”, y forzaron que Francisco Pizarro fuera enterrado de forma casi clandestina en un patio de la catedral de la ciudad. La cuñada de Pizarro, doña Inés Muñoz, una extremeña vecina de Trujillo, que también perdió a su esposo en el ataque, escondió a sus sobrinos Francisca y hermano, y a la segunda esposa de Pizarro y a sus hijos, en la casa de amigos del Adelantado. Luego, sacó los dos cadáveres del lugar del crimen y los enterró en una fosa situada en la iglesia mayor de la Ciudad de los Reyes. Los asesinos saquearon a conciencia la vivienda de Pizarro y buscaron por la ciudad a sus herederos. Sabedora de que no habría paz para los Pizarro, Inés Muñoz escondió a Francisca y a su hermano en un convento, en tanto, los hijos del segundo matrimonio se refugiaron entre parientes indígenas.

Unos meses atrás, los dos extremeños Rodríguez y García, que conformaron el grupo de “Los 13 de la Fama”, y que por enfermedad no viajaron a la invasión del Birú, asentados en la real y legendaria Isla del Gallo, en el Litoral Pacífico Colombiano, cerca del puerto de Tumaco, enterados por una balsa inca que algunos indígenas en complacencia con las huestes de Diego Almagro “el mozo” iban a asesinar Francisco Pizarro, decidieron construir con los indígenas locales, una embarcación de madera bien dotada de alimentos y tripulantes, para ir a rescatar a su antiguo Capitán, así él les hubiese pagado mal, y además olvidado. Guiados por las balsas de los indígenas Sindaguas, navegaron por la corriente del Birú, hasta que después de varias lunas arribaron al destruido Imperio Inca. Camuflados los dos extremeños Rodríguez y García, llegaron hasta La Ciudad de los Reyes, y ese domingo 26 de junio en que se celebraba la misa, entraron al palacio, pero ya era demasiado tarde, y no se pudo evitar el asesinato. Sin embargo, todavía dice la leyenda que, ellos regresaron a la Isla del Gallo con un ataúd sellado al que le decían mi Capitán, y fue enterrado con honores”.

Al transcurrir de los días, la rara enfermedad comenzó a hacer estragos en el cerebro de Alcibíades. No pudo volver a dormir hasta el día de su muerte, y, por ende, a tener pesadillas con Pizarro. Entró en una etapa depresiva, propia del sentimiento de nunca poder terminar la mejor novela del Pacífico. Sólo quería que el licenciado Salvador Morales diera la revisión final de su obra literaria y lo midiera con más compasión, pues su crítica destructiva lo tenía pasando mal. En sus últimos días, el fuego que tenía en la mano para escribir se fue extinguiendo.

Transcurrida la muerte de Alcibíades, narró Eloísa a sus familiares que, días atrás su esposo había dejado escrito las últimas dos líneas de la novela sobre el Pacífico sin terminar:

“Después de trescientos años, exhumaron los restos de Francisco Pizarro en la Ciudad de los Reyes. Al abrir la urna, encontraron una momia que no lo representaba”.

¿Qué se había hecho el cuerpo de Pizarro? ¿Estaba enterrado en la Isla del Gallo? ¿El efímero sueño de las madrugadas se volvió realidad? ¿El espíritu de Pizarro se había entronizado en el cuerpo de Alcibíades? El profesor Alcibíades García no terminó de escribir la mejor novela del Pacífico.

Nota: Extracto de una sección de la novela “En busca de la semilla” de Oscar Seidel. Lulu.com. USA

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