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domingo, enero 29, 2023

La puerta de la caridad

¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. (Sal 24, 7). En nuestro intento de abrir las puertas a Cristo que viene, hemos llegado a la puerta más interior del “castillo interior”, la de la virtud teologal de la caridad.

Pero, ¿qué significa abrir la puerta del amor a Cristo? ¿Significa, quizás, que tomamos la iniciativa de amar a Dios? Así habrían respondido los filósofos paganos, basándose en la concepción que tenían del amor de Dios: “Dios – decía Aristóteles – mueve el mundo en cuanto es amado” . ¡En cuanto es amado, no en cuanto ama! Este punto de vista filosófico fue completamente invertido en el Nuevo Testamento:

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados… Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero (1Jn 4, 10.19).

Henri de Lubac escribió: “El mundo debe saber: la revelación del Amor cambió todo lo que había concebido de la divinidad”. Hasta el día de hoy no hemos terminado (y nunca terminaremos) de sacar todas sus consecuencias de la revolución evangélica sobre Dios como amor. El Espíritu Santo -nos enseña san Ireneo- renueva continuamente el tesoro de la revelación, junto con el vaso que lo contiene, que es la tradición de la Iglesia. Con su ayuda tratamos de comprender cuál es la consecuencia que hay de descubrir y sobre todo de vivir hacia la virtud teologal de la caridad.

Son innumerables los tratados sobre el deber y los grados del amor de Dios, es decir, sobre el “De amar a Dios”, De diligendo Deo; ¡No conozco tratados sobre el Dios que ama! La Biblia misma es un tratado sobre el Dios que ama; pero, a pesar de esto, casi siempre, cuando hablamos del “amor de Dios”, Dios es el objeto, no el sujeto del amor.

Ahora bien, es muy cierto que amar a Dios con todas las fuerzas es “el primer y mayor mandamiento”. Esto es ciertamente lo primero en el orden de los mandamientos; ¡pero el orden de los mandamientos no es el primer orden, el que está por encima de todo! Antes del orden de los mandamientos, está el orden de la gracia, es decir, del amor gratuito de Dios. El mandamiento mismo se funda en el don; el deber de amar a Dios se basa en ser amados por Dios: “Nosotros amamos porque él nos amó primero”, nos acaba de recordar el evangelista Juan. Esta es la novedad de la fe cristiana con respecto a cualquier ética basada en el “deber”, o en el “imperativo categórico”. Nunca debemos perderlo de vista.

Abrir la puerta del amor a Cristo significa, pues, algo muy específico: acoger el amor de Dios, creer en el amor. “Hemos reconocido y creído en el amor que Dios nos tiene”, escribe Juan en el mismo contexto (1 Jn 4,16). La Navidad es la manifestación – literalmente, la epifanía – de la bondad y el amor de Dios por el mundo: “Se ha manifestado (epephane) la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”, escribe San Pablo. Y otra vez: “Se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre” (Tit 2, 11; 3, 4).

Lo más importante que se debe hacer en Navidad es recibir con asombro el don infinito del amor de Dios. Cuando se recibe un regalo, no es delicado presentar inmediatamente con la otra mano su propio regalo, tal vez ya preparado de antemano. Uno inevitablemente da la impresión de querer pagar de inmediato. Primero, es necesario honrar el regalo que se recibe y su donante, con asombro y gratitud. Después -casi avergonzándose y con modestia- uno puede abrir su regalo, como si fuese una nada, comparado a lo que se ha recibido. (¡Para Dios, nuestro regalo es, en realidad, menos que nada!).

Lo que debemos hacer, ante todo, en Navidad es creer en el amor de Dios por nosotros. El acto de caridad tradicional, al menos en el rezo privado y personal, a veces no debería comenzar con las palabras: “Dios mío, te amo con todo mi corazón”, sino: “Dios mío, creo con todo mi corazón que me amas”.

Parece algo fácil. En cambio, es una de las cosas más difíciles del mundo. El hombre tiende más a ser activo que pasivo, a hacer que a dejarse hacer. Inconscientemente no queremos ser deudores, sino acreedores. Sí, queremos el amor de Dios, pero como recompensa, más que como regalo. De este modo, sin embargo, se produce insensiblemente un desplazamiento y un vuelco: en primer lugar, por encima de todo, en el lugar del don, se pone el deber, en el lugar de la gracia, la ley, en el lugar de la fe, obras.  Raniero Cantalamessa.

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