La pintura de Magda Duque: un homenaje a los espíritus ondulantes

Carlos Arturo Arbeláez Cano
Dice poseer un alma vagabunda que la ha llevado a recorrer el mundo a través del corazón de las personas. Con estudios en diseño y dibujo arquitectónico, y en artes plásticas y visuales, la geografía colombiana le enseño las emociones del trópico; aprendió y se alimentó de ese mundo de imágenes y colores, y un verano, en Francia, se decidió por la pintura y por el amor.

 

Radicada hace más de veinte años en Francia, me deja conocer, desde Marsella, una veintena de cuadros que llaman la atención por la estética de sus contenidos, por la técnica compositiva y por lo sugestivo de las líneas y los trazos en comunión con un cromatismo de colores dulces, deliciosos y evocativos.

 

Es un trabajo, si se quiere, innovador por el uso de unas geometrías en las que las líneas entran en conjunción con los volúmenes, sugiriendo una transición de contornos en movimiento que juegan y sugieren las formas de cuerpos en permanente danza de emociones.
Un homenaje a la desnudez, a la prístina humanidad, a la expresión y a los gestos desprovistos de atuendos y de máscaras, celebrando la piel como nuestro único vestido; ni títulos ni grados ni prejuicios permiten interpretar al ser como esencia más allá de su gestualidad y de su propia piel, que es, a su vez, la que contiene el alma de los personajes.

 

La geometría de tantos Klee, Rayo o Picasso, aquí se manifiesta más universal y más rica en formas, dándole a las escenas mayor profundidad existencial y sensorial. No hay triángulos ni cuadrados ni polígonos; es el círculo, la sumatoria de puntos suspensivos, equidistantes; puntos sucediéndose a partir de un centro; puntos que también se convierten en líneas y presencias en su infinito curso, en su dirección, en la errancia de esos seres que buscan su sentido para explicar la sustancia del todo: la curvatura del cosmos y de los universos.

 

El círculo fue la raíz del diseño precolombino, tanto en las culturas mesoamericanas como en las suramericanas. Ya nos lo mostró, con sus trabajos gráficos el Maestro Antonio Grass en Colombia. Pero en los cuadros de Magda Duque, los círculos flamean al ritmo de espíritus ondulantes que, como decía Emil Cioran, son los únicos seres que tienen fe en el escepticismo.

 

En su trabajo es la circularidad caprichosa que alcanza toda la sensualidad. Los escorzos y las formas sinuosas rematan las líneas de muslos que se extienden hasta lo íntimo de las figuras. Son danzantes con sus pechos definidos entre la bruma y las cortinas de una pista de baile. Ahí se dan cita los vientres combados y los talles de personajes calculando la simetría de su lascivia. Antropometrías difusas, pero explicitando la cadencia de un convite, de una convivencia en el tránsito hacia el corazón de las figuras: como dispuestas en el dialogo de algunos asuntos ocultos en la complicidad de furtivos encuentros.

 

Cada cuadro es una invitación al misterio. Es una invitación para desencriptar la amplitud y la intensidad de las vibraciones de la escena según la circunstancia que determina cada respiro o cada corazonada de los personajes, si es que lo son.
Es una forma de narrar; una narrativa de profunda inspiración que trasciende la lógica de lo fáctico y de lo tangible, y nos deja transitar por entre la complejidad del juicio y la razón.

 

Hay mucha hondura en el trabajo de esta artista que encuentra el sentido de la existencia en la comunión con la naturaleza. Ella logra llegar al alma de las cosas que es lo que tenemos dentro de este “envoltorio” que es la piel.