Harold Salazar A
Especial Diario del Otún
La intención de los regímenes de Trump y del genocida Netanyahu, es la de afianzar su dominio y poder sobre las fuentes de energía existentes en el mundo, en primera instancia, pues es el petróleo lo que les da a los países del golfo (Irán, Irak, Arabia Saudita, Kuwait, Bahrein, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y Omán), un “gran poder geopolítico” lo que los convierte en una apetitosa región para el saqueo permanente.
Saddam Hussein que ejerció como presidente de Irak desde 1979 hasta su derrocamiento en 2003 mediante la invasión liderada por Estados Unidos, es apenas una primera muestra de la constante agresión que han tenido que soportar prácticamente todos los países de Medio Oriente si no se someten directamente a los intereses del mundo occidental y su visión monolítica del planeta.
Puede que el líder supremo de Irán haya muerto, pero habrá otro. Sus comandantes militares asesinados serán sustituidos porque un sistema de gobierno construido a lo largo de 47 años no se desintegrará fácilmente solo bajo el poder aéreo. Irán conserva la capacidad de responder a los ataques aéreos de Estados Unidos e Israel y la trayectoria de la guerra es incierta. Desde 1979 el pueblo iraní ha tenido que ver cómo sus aspiraciones de democracia acababan en una contraofensiva islámica: fue acosado por Occidente a través de la sangrienta guerra Irak-Irán, dos guerras del Golfo y la destrucción de Irak, Siria y Líbano. Un pueblo que es llamado una vez más, por unos al “supremo sacrificio” a ser carne de matadero de un régimen opresor y reaccionario y por otros a ser cómplice de las aspiraciones colonialistas que quieren el control geopolítico y energético del Medio Oriente.
La República Islámica, ya debilitada, impopular y dictatorial, está ahora aún más mermada, y su poder en el país y en la región se encuentra en uno de sus momentos más bajos desde que sus dirigentes asumieron el control durante la revolución de 1978-79 que derrocó al Sha de Irán respaldado por Estados Unidos.
El ayatolá Alí Jameneí, el líder supremo asesinado el sábado por la mañana, construyó y financió un conjunto regional de milicias aliadas que rodeaban a Israel y compartían su odio hacia él. Hesbolá en Líbano, Hamás y la Yihad Islámica en Gaza y Cisjordania, los Hutíes en Yemen: todos ellos sirvieron tanto para atacar los intereses israelíes como para proteger al propio Irán. Pero de igual forma, sin declaración de guerra del Congreso de los EEUU, en violación abierta de la Carta de Naciones Unidas y del derecho internacional, el ataque de Trump y Netanyahu es un nuevo golpe demoledor al sistema multilateral. Es un nuevo paso hacia la barbarie.
Ahora con los ataques de Irán, los países del Golfo están pagando el precio de su alianza con EE.UU. y aquí aparecen las primeras consecuencias: Los misiles balísticos lanzados por Irán a los vecinos de los Emiratos al otro lado del Golfo, están afectando hoteles de lujo, centros comerciales, rascacielos y terminales de salidas en aeropuertos de última generación, bases militares de USA, ataques esporádicos que muestran las brechas en las defensas aéreas de los Estados árabes en el Golfo y el precio de adoptar el modelo occidental.
El 19 de agosto de 1953, Estados Unidos, a través de la CIA, orquestó un golpe de Estado en Irán, reinstaurando la monarquía del Sha Reza Pahlevi. Ese golpe buscaba evitar la influencia soviética en el país persa y originó la desconfianza del pueblo iraní. En 1979, miembros de la Guardia Revolucionaria Islámica y grupos estudiantiles asaltaron la embajada estadounidense en Teherán y tomaron como rehenes a 52 funcionarios. En 1980, Irak invadió territorio iraní y comenzó una guerra de ocho años en la que Estados Unidos apoyó al régimen de Sadam Husein, aumentando la animosidad con Irán. En 1984, Estados Unidos designó a Irán como un Estado patrocinador del terrorismo y embargó sus armas en medio de la guerra con Irak y para 1986, un semanario libanés reveló la venta secreta de armas de guerra de Estados Unidos a Irán durante dos años a cambio de la liberación de rehenes estadounidenses en El Líbano y el desvío de fondos para financiar a los rebeldes de Nicaragua, conocidos como la Contra. Luego en 1995, el presidente estadounidense Bill Clinton prohibió todo comercio de Estados Unidos con Irán.
Hacia el 2019, y con la llegada de Trump a la presidencia la situación comenzó una etapa de amenazas constantes. Donald Trump designó a la Guardia Revolucionaria Iraní como grupo terrorista y Teherán respondió incluyendo a las tropas estadounidenses presentes en Oriente Medio en su lista de grupos extremistas. Ya para 2025 se iniciaron nuevas rondas de negociaciones, en Omán, entre las delegaciones de EE.UU. e Irán para abordar el levantamiento de sanciones. Los funcionarios iraníes plantearon propuestas diseñadas para cumplir con las realidades políticas de los Estados Unidos, incluido el acceso potencial a los sectores energéticos y la cooperación económica. Teherán parecía entender la óptica que Washington requería, incluso si los temas polémicos como los misiles balísticos y las redes regionales de aliados permanecían fuera del marco inmediato. Pero, en medio de estas conversaciones, el puente se quebró.
Al sentir lo cerca que estaban las negociaciones de un acuerdo, y lo inminente que se había convertido la escalada militar, el ministro de Relaciones Exteriores de Omán, Badr Albusaidi, hizo una visita de emergencia a Washington en un último esfuerzo por preservar la opción diplomática. Pero de nuevo la diplomacia falló a pesar que se tenía un documento de acuerdo que eliminaría las reservas iraníes de uranio altamente enriquecido, mezclaría el material existente dentro de Irán y permitiría la verificación completa por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), con la posibilidad de que los inspectores estadounidenses participaran junto a ellos. Irán, sugirió que enriquecería uranio solo con fines civiles. Un acuerdo de principios, indicó, podría firmarse en cuestión de días. Fue una afirmación notable, que revelaba los contornos de un posible avance en un intento de evitar una guerra inminente.
Es necesaria la condena completa del ataque de EEUU e Israel, más cuando estaban en curso negociaciones que podían evitar una nueva guerra generalizada en Oriente Medio. No se puede manifestar ninguna solidaridad con el régimen de los ayatolas iraníes, que llevan casi 50 años oprimiendo sangrientamente su pueblo. Pero solo al pueblo de Irán corresponde la tarea de liberarse, y no es deber de ninguna potencia imperial extranjera pretender imponer una nueva colonia para robarle sus recursos naturales.
Tal como sucedió con la guerra contra Irak, donde Estados Unidos utilizó exactamente los mismos argumentos que presenta hoy contra Irán, tratan de convencernos que la guerra es para liberar al pueblo de la tiranía de un dictador, de acabar con la amenaza de las armas de destrucción masiva, (las cuales posee en abundancia su socio genocida de Israel), pero al final es solo una pantalla para encubrir sus intereses económicos y geopolíticos y se denominan guerra colonialistas porque tienen como fin asumir el control político y económico de países y regiones que se niegan a caer en el dominio Occidental. Estados Unidos y sus aliados, no inician una guerra por la democracia, su propósito siempre es la repartición del mundo, para apropiarse de regiones estratégicas para sus intereses, para controlar la economía, y su objetivo de destrucción de infraestructura económica y social se da en términos de posibilitar la reconstrucción posterior a manos de las grandes transnacionales, tal como está sucediendo ahora con Venezuela y su petróleo.


