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martes, noviembre 29, 2022

La nueva historia de Colombia

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

En 1911, la Academia Colombiana de Historia, ente encargado de divulgar la memoria oficial del país, avaló con motivo de la conmemoración del primer centenario de la independencia un manual de historia escrito por Jesús María Henao y Gerardo Arrubla. Se trataba de un “Compendio de la Historia de Colombia”, documento que se convirtió en el núcleo conceptual de la mayoría de textos escolares de historia por siete décadas. Allí se condensaban y difundían los imaginarios de una nación a comienzos del siglo XX, “herederos de la tradición ideológica del período de la Regeneración y, como tales, perpetuadores de las ideas conservadoras”.

Allí, en dicha obra, se materializó un proyecto político que buscaba imponer un orden social, político e ideológico, caracterizado por el “retorno a concepciones medievales sobre subordinación del poder temporal al poder espiritual, la Iglesia como elemento cohesionador de la sociedad, la supeditación de la ley a la moral y el cambio del ciudadano burgués al ciudadano católico virtuoso”. Rangos, grados, distintivos, adornos, condecoraciones, títulos, blasones, honores… Todas esas garambainas de muchos géneros, son oropeles que han recibido personajes arlequinescos que han desfilado por las pasarelas de la historia sin verdadera honra ni mérito alguno. Repasemos esos manuales de historia.

El boom

Ese boom generado por Henao y Arrubla, propició el hecho de que los estudiantes de educación recibieran en sus clases de ciencias sociales un sartal de datos historiográficos: fechas “insignes”, personajes faranduleros, datos emblemáticos, acontecimientos políticos y militares relevantes, un cúmulo de información que pasa por ser parte de una estrategia didáctica historicista que no genera por arte de magia ciudadanos críticos. La cátedra de historia siempre estuvo centrada en la memorización de fechas, batallas, próceres y presidentes; las clases han carecido de profundidad y contextualización, alejadas, casi siempre, de una realidad estructural de carácter económica y socioambiental.

La enseñanza de la historia siempre ha tenido como finalidad, “insuflar” en la mente y en el corazón de unos escolares apáticos y desinteresados, profundos sentimientos de adhesión a una nación que siguen percibiendo como ajena y lejana, injusta e inequitativa  y transmitir así, de manera incoherente, tediosa e intransdisciplinaria, fragmentos cronológicos, amorfos, acríticos y distantes sobre hechos del pasado, sin rigor conceptual, referencial y metodológico, todo ello con el fin de darle forma a una falsa identidad nacional y la creación, por generación espontánea y mágica de sujetos políticos y buenos ciudadanos críticos y propositivos.

Llamados por el jesuita caleño Rodolfo Ramón de Roux “Catecismos patrios”, en su obra “Nuestra historia”, invectiva que desató la furia inquisidora y su posterior exilio en Francia (1988), descubrimos la etiología de nuestro parafílico morbo por el pasado que se evidencia a través de amañadas, euocentristas y antiecológicas crónicas sobre la conquista española del suelo amerindio y la colonización antioqueña, signadas todas ellas por la mítica presencia de la cruz, la espada y el hacha. Hemos sido testigos de toda clase de debates bizantinos en torno a la (re) fundación de ciudades y el ferviente respeto por nuestros controversiales símbolos patrios.

Los subliminales mensajes que esconden estas enseñanzas “republicanas”, nos han dejado una fementida historia de nuestra bicentenaria independencia y su pudoroso Frente Nacional. Fue a partir de 1977 que comenzó la discusión sobre el signo y sentido de la nueva historia de Colombia. En 1989 sale el primer producto textual de esta cruzada cuyos gestores fueron, entre otros, Jaime Jaramillo Uribe y Álvaro Tirado Mejía. Un manto de olvido intencional y oficial cubrió por 28 años esta iniciativa de instaurar la cátedra de historia en las instituciones educativas. En diciembre de 2017 se expidió la ley 1874 cuyo designio era “restablecer <la enseñanza obligatoria> de la Historia de Colombia.

Disciplina

Ha sido vista como una disciplina integrada en los lineamientos curriculares de las ciencias sociales en la educación básica y media”. Entre sus objetivos están el de contribuir a la formación identitaria y pluriétnica nacional, desarrollar el pensamiento crítico discente y, a su vez, “promover la formación de una memoria histórica que contribuya a la reconciliación y la paz en nuestro país”. Se creyó en el anunció de la mágica llegada curricular de una nueva historia de Colombia, conjuro que de pronto cambiaría el sino fatalista y providencial de nuestra vida republicana y resolvería, ipso facto, nuestros centenarios y absurdos conflictos.

Se avizoró con esta nueva visión estratégica y curricular, de una alternativa dialógica y proactiva al agobiante y sempiterno acecho de nuestras múltiples violencias todo en medio de abúlicos coloquios, frugales cenáculos, logias decimonónicas, cátedras magistrales, vetustas academias historicistas y febriles debates chovinistas como el protagonizado por nuestros eximios congresistas quienes, en plena época de crisis pandémica y social, se trenzaron en vergonzosa algazara por lograr auscultar el significado y la trascendencia del carriel como patrimonio cultural de la nación. Ojalá llegue el día en el que foros tan triviales como éste, sean nuestra gran preocupación.

Asistimos a las acrobacias epistemológicas de saltimbanquis empeñados en forjar una forzosa relación entre esta disciplina humanista y el fatuo ejercicio de una abracadabrante prospectiva. Mientras tanto, nuestras complejas e interpelantes realidades cotidianas han sido confinadas en el viejo desván de la desmemoria colectiva, muy al lado de la indolencia ciudadana y el desatino político y gubernamental. Grandes temas tales como tecno – ciencia, educación, cultura y sociedad, al igual que diversas interpretaciones y soluciones de los sabios maestros a nuestra praxis guerrerista y esquizoide, han sido obnubiladas por esa necia y soberbia ceguera situacional.

Todo ello nos ha ha llevado a satanizar el afán de desentrañar nuestra extraña y tropicalísima forma de coexistir, compartir y sobrevivir, desmentir a nuestros falsos historiadores y construir verdaderos futuros deseados. Los estudiantes de educación media han recibido en sus clases de ciencias sociales sólo un sartal de datos historiográficos: fechas insignes, personajes faranduleros, datos emblemáticos, acontecimientos políticos y militares relevantes, un cúmulo de información que pasa por ser parte de una estrategia didáctica historicista que no genera por arte de magia ciudadanos críticos. La cátedra de historia siempre estuvo centrada en un ejercicio memorístico.

Fechas y batallas

Se han memorizado fechas, batallas, próceres y presidentes; las clases han carecido de profundidad y contextualización, alejadas, casi siempre, de una realidad estructural de carácter económica y socioambiental. La enseñanza de la historia siempre ha tenido como finalidad, “insuflar” en la mente y en el corazón de unos escolares apáticos y desinteresados, profundos sentimientos de adhesión a una nación que siguen percibiendo como ajena y lejana, injusta e inequitativa y transmitir así, de manera incoherente, tediosa e intransdisciplinaria, fragmentos cronológicos, amorfos, acríticos y distantes sobre hechos del pasado, sin rigor conceptual, referencial y metodológico.

Todo ello ha sido concebido por un sistema educativo que busca darle forma y figura a una falsa identidad nacional y la creación, por generación espontánea y mágica de sujetos políticos y buenos ciudadanos críticos y propositivos. Una generación de humanistas irrumpe en los escenarios académicos proclamando el advenimiento de la nueva historia. Abjuran de esos tediosos manuales donde se condensan relatos oficialistas, patriarcales, heroicistas, patrioteros y clasistas. Propugnan por la construcción asuntiva, colectiva y pluralista de una disciplina sistémica, crítica, integral, social, presentificadora, prospectivista, previsora y transdisciplinaria.

Manifiestan su abierto rechazo a aquella historiolatría retrechera inmersa en discursos narrativos y fantasiosos donde “los de arriba le cuentan a los de abajo” sus relatos de poder y gloria. Impugnan esos sublimadores episodios y mendaces anecdo – fabularios donde se relata cómo establecieron, de forma truculenta y torticera, sus relaciones coercitivas de alienación ideológica y dominio económico y sociopolítico… ¡Bienvenida la nueva historia! Es hora de mirar menos hacia atrás y más hacia adelante a través de un verdadero ejercicio prospectivo. ¿Qué deberían de hacer nuestros historiadores, esos graciosos nigromantes, oficiantes del pasado?

Deberían hablar menos de historiolatría, dejar de maquillar y ensalzar deslucidos mandatos, abandonar los catecismos patrios y toda esa liturgia que envuelve ese fastidioso culto a la personalidad. Las palabras de la novelista nigeriana Chimamanda Adichieen en su obra “El peligro de una sola historia”, son concluyentes: una historia contada desde “arriba” no es más que un relato de poder que crea un modelo falso, elitista, excluyente y fragmentado; le roba pundonor a un pueblo y dificulta su reconocimiento e identidad. Las historias, por separado, se han utilizado para despojar y oprimir, pero (re)unidas pueden también humanizar, reivindicar, empoderar y dignificar. 

El Fascismo, el Falangismo y el Nazismo nos mostraron los peligros que conlleva tener sólo la versión mentirosa de un relato nacional y oficial que compromete y preocupa a todos. El escritor argentino Andrés Oppenheimer en su libro “¡Basta de historias! La obsesión con el pasado y las 12 claves del futuro”, puso a sus lectores a reflexionar sobre el soporífero morbo y el halo necrofílico que han rodeado nuestras curiosas festividades patrioteras en América Latina que no han hecho más que alcanforizar a nuestros héroes nacionales. Cuando se le dedica más atención a lo que dicen los próceres desde las claro – oscuridades de un pasado que, a las palabras de quienes estudian el futuro…

Cuando todos, atrapados en una red de farsa y de disimulo, se enfrascan en polémicas exhumadoras de héroes decimonónicos, en lugar de debatir sobre las condiciones de estudio de los niños del siglo XXI, “tenemos un problema”, afirma el connotado periodista. Los historiadores de librea, al proscribir de los falaces manuales de historia las utopías de aquellos que sueñan y creen en un mundo posible y mejor, convirtieron el pasado en un factor obseso-compulsivo para forjar, a punta de retrovisor, un falso orgullo y una mentirosa identidad y unidad nacional. Ha llegado la hora de revisar dudosas iconografías y concentrarnos en la urgente tarea de forjar un futuro más promisorio y sostenible.

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