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Pereira
jueves, agosto 18, 2022

La novia

Del libro “Serafín”, que acaba de publicar el poeta Omar Castillo, publicamos el presente texto.

 

En la mañana, al salir de su casa, Serafín se encontró con un sol brillante que inundaba las fachadas y los andenes del vecindario. A unos pasos de su puerta apareció una mariposa de los arbustos de un antejardín, su colorido parecía desprenderse de un sueño iluminado por la luz del sol que intensificaba sus tonos y su aleteo rayando el aire en el inicio de ese día.

De niño, Serafín había escuchado decir a su abuela que las lágrimas son un eco de los sueños, un eco del despertar de los sueños. Ahora, con los años, él se ha inclinado a creer que eso es cierto, como también que la risa hace parte de ese profundo eco y al parecer no se termina de despertar. Algo de esa membrana permanece ofreciendo una continua analogía para la vida, para la existencia de cada uno, piensa mientras camina.

Parado en una esquina, esperando el cambio de la luz peatonal, Serafín observa a la empleada de un almacén que con un pequeño trapero espanta una mariposa de la vitrina. Cruza la calle y en ese instante ve una mujer pasar bajo la lluvia breve del verano. Sí, es ella, surgiendo como una huella en un laberinto, una huella vagando por la ciudad, deslizándose en sus silencios, en la luz y en la penumbra de sus apariciones. Súbita, como salida de la otredad del tiempo.

Serafín sabe que ella es cierta. De niño, él estuvo en la fiesta de su matrimonio. En el recuerdo de ese día el sol alumbra las once de esa mañana cuando salió tomado de la mano de su abuela para ir a la casa que quedaba enseguida de la suya. Al entrar la vio con su traje blanco y su cabeza adornada por unas tiras blancas y con flores en las manos. Era ella en medio de las voces y el movimiento de los invitados, las mesas y los objetos, las sillas y la celebración. La luz brillaba en el patio, inundando las bifloras y los rojos anturios que se abrían en los materos de barro cocido.

Tiempo después la volvió a ver, esta vez cerca al Puente de Industriales. Desde entonces la ha visto vagando por la ciudad, vestida igual que el día de su boda, hundida en ella, como si algo muy recóndito estropeara su ser ausentándola del mundo, dejándola ajena a cualquiera de sus realidades, sumándola a una trama única y solo para ella. Siempre vagando por la ciudad, luciendo su vestido blanco, de un blanco sucio y casi desecho. En sus cuencas, sus ojos parecen no ver más allá de un instante detenido en ella, aprehendido solo para ella. Aparece y desaparece a cualquier hora, a la orilla del río cerca al puente San Juan, por la Avenida Oriental, por La Playa o por algún barrio, intacta en su decrepitud, vagando en un olvido o en un presente que alcanzó a rasgarla en lo más hondo de su vida, en los sueños y la realidad de su vida.

Serafín no conoce qué la llevó a vagar así. La familia de ella y todo lo sucedido aquel día parece extinguido, como si un enérgico gesto del tiempo hubiese hecho inexistente ese instante. Han pasado los años y él sigue viéndola aparecer vestida con los harapos

de su traje blanco, llevando en sus manos restos de basura como si fueran flores. Su aparición es impredecible, como una mancha que surge y desaparece de súbito, al borde de las quebradas o perdiéndose entre los peatones de la carrera Bolívar. Serafín no ha dejado de preguntarse si es él el único que la ve, pues la presencia de ella no causa extrañeza, como si para todos ella fuera algo normal en sus rutinas, en el suceder de sus vidas. Lo hierático de sus facciones no perturba ni provoca ninguna sensación. Quienes pasan cerca de ella, no evitan rozarse con su cuerpo y lo desecho de su vestido. Ella pasa como una sombra en los suburbios imaginarios de los habitantes de la ciudad, una sombra que prefieren mantener en los oscuros de sus vidas.

 

 

 

 

 

 

En su decrepitud ella conserva algo del día de su boda. Algo que le pertenece y la hace dueña única de una realidad no penetrable para ningún otro. En su orfandad una fuerza la impulsa a ir por la ciudad en una lentitud como de levedad. Parece no cansarse, no hacer nada distinto a vagar luciendo su traje de bodas. Toda ella evocando la representación de un día feliz sorprendido por el aciago de un suceso que decide deshacerlo, extinguirlo, dejándola a ella suspendida en el aire de un eco que no termina de repetirse.

En la ciudad las costumbres han mudado sus ritmos, al punto que todos parecen vivir en el filo de un inmenso cuchillo oculto en la penumbra de un sueño que no revienta. La ciudad ha crecido en hierro, adobe, asfalto y cemento imponiéndose en la vida de sus habitantes, diseñando sus intimidades y sus ámbitos comunes, esto piensa Serafín mientras cruza la Primero de Mayo con Palacé, justo hacia la esquina del edificio en cuyo primer piso funcionó años atrás la Librería Continental.

Ayer, después de mucho tiempo, Serafín la ha vuelto a ver. Fue cerca al Viejo Puente Guayaquil, la tela y el blanco de su vestido prácticamente han desaparecido, descubriendo su piel arrugada y pegada a sus huesos, de sus ojos solo quedan las cuencas, su hierático rostro parece perdido en el bronce que la contiene y la base que agarra la escultura de su figura es en concreto. Toda ella aparece igual a un nicho vacío a la orilla de una vía donde la lava de la vida se ha endurecido. Al verla en ese pedestal, Serafín recordó las palabras de su abuela cuando le decía que las lágrimas son un eco de los sueños, un eco del despertar de los sueños.

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