Jessica Melo Parra
Mientras miles de personas han sido evacuadas por los incendios forestales que consumen extensas zonas de España, Francia, Portugal, Italia, Grecia y otros países de Europa, Brasil, Argentina y Canadá enfrentan algunas de las temporadas de incendios más intensas de los últimos años. Al mismo tiempo, diferentes regiones de Estados Unidos continúan combatiendo grandes conflagraciones, cuyas dimensiones y propagación se ven favorecidas por el calor extremo y la sequía. Las imágenes que recorren el mundo muestran bosques reducidos a cenizas, comunidades desplazadas, animales silvestres huyendo desesperadamente del fuego, miles de animales muertos y bomberos enfrentando incendios cada vez más extensos, intensos y difíciles de controlar y personas intentando rescatar animales.
El mapa global de incendios activos de Current Wildfires (https://currentwildfires.com/es/) muestra cientos de puntos de calor distribuidos en los continentes, como si el planeta estuviera encendiendo señales de alerta al mismo tiempo, el conjunto revela una realidad innegable, los incendios forestales y las condiciones que los favorecen ya no son problemas de un solo país, sino una expresión de una crisis ambiental que trasciende fronteras y exige respuestas igualmente globales, teniendo en cuenta que una gran parte de los incendios forestales suelen ser provocados por el ser humano de manera intencional o por negligencia.
Las olas de calor también cobran vidas, solo en Europa, según el sistema de vigilancia EuroMOMO, más de 10.000 personas fallecieron a finales de junio como consecuencia de las altas temperaturas. Ahora bien, para Colombia, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) informó que existe un 81 % de probabilidad de que el fenómeno de El Niño alcance una intensidad muy fuerte entre octubre y diciembre de 2026, lo que podría convertirlo en uno de los eventos más intensos registrados desde 1950. Es importante entender que fenómeno del Niño no es una consecuencia del cambio climático, se trata de un fenómeno natural que aparece periódicamente y que suele traer temperaturas más altas, mientras que el calentamiento global, es provocado por la actividad humana y hace que sus efectos sean mucho más severos.
El propósito de compartir estas realidades no es sembrar pesimismo ni resignación, todo lo contrario, se trata de contribuir a la comprensión de los mensajes que la naturaleza nos está enviando para actuar. En este contexto resulta especialmente valiosa la Opinión Consultiva OC-32 de 2025 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, más que un documento jurídico, representa una invitación a cambiar nuestra forma de entender la relación entre el ser humano y la naturaleza, reconoció formalmente el derecho humano a un clima sano, reconoce a la naturaleza como sujeto de derechos y nos recuerda que tenemos una responsabilidad ética y jurídica para proteger los derechos humanos y a la naturaleza en el marco de la crisis climática.
Los estados tienen la responsabilidad de liderar la transformación, no basta con reaccionar cuando se declara una calamidad o cuando los incendios ya han consumido miles de hectáreas, es indispensable la protección de bosques, restaurar ecosistemas, la arborización urbana para reducir las olas de calor, mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero mediante la transición energética justa, impulsar la movilidad sostenible, actuar teniendo como base las evidencias científicas y los saberes tradicionales, locales y ancestrales, entre otras acciones orientadas a evitar que las actividades dentro de su territorio causen daños graves al clima.
Las empresas también tienen una oportunidad histórica para liderar el cambio, la sostenibilidad ya no puede limitarse a informes o campañas de responsabilidad social, implica transformar los modelos de producción y consumo, reducir emisiones, proteger la biodiversidad en toda la cadena de valor e innovar para producir respetando los límites de la naturaleza, porque en un mundo que enfrenta la crisis climática, la verdadera competitividad también se mide por la capacidad de generar bienestar sin comprometer la vida.
La ciudadanía, por su parte, tampoco puede ser una espectadora, cada decisión cotidiana cuenta, evitar las quemas, sembrar y cuidar árboles, reducir el desperdicio de alimentos, consumir de manera responsable, disminuir el uso de plásticos, optar por formas de movilidad más sostenibles, avanzar hacia patrones de alimentación con menor impacto ambiental, privilegiando en mayor medida los alimentos de origen vegetal, proteger a los animales durante las olas de calor y participar activamente en las decisiones ambientales de nuestros territorios. Ninguna de estas acciones, por sí sola, detendrá la crisis climática, sin embargo, la suma de políticas públicas responsables, empresas comprometidas y una ciudadanía consciente puede reducir significativamente sus impactos y fortalecer nuestra capacidad de adaptación. Las evidencias ya son contundentes, ahora el desafío es transformar las advertencias de la naturaleza en decisiones cotidianas, políticas públicas valientes y modelos de desarrollo que protejan la vida en todas sus formas porque la naturaleza nos seguirá hablando, la diferencia estará en si decidimos escucharla y actuar.


